jueves, junio 20, 2019

La literatura dominicana del siglo XXI

El 31 de mayo Frank Moya Pons presentó en el marco de la Feria del Libro de Madrid la conferencia titulada "La República Dominicana: modernización y cambios". El reconocido historiador presentó un recuento minucioso de los avatares del desarrollo de la República Dominicana en el contexto de la modernidad capitalista, parte de su argumento en el libro El gran cambio: la transformación social y política dominicana (1963-2013).

Moya Pons fue puntilloso en su narrativa de ese accidentado periplo, del cual resaltó los indudables avances de la República Dominicana en materia social, política y sobre todo económica. Bien entendida, la narrativa de Moya Pons podría leerse como la historia de la consolidación del capitalismo dominicano, alcanzada a partir de un dilatado rosario de tropiezos que incluyó dos invasiones estadounidenses y una de las más cruentas y prolongadas dictaduras del siglo pasado.


Inicio este comentario sobre las letras dominicanas del siglo XXI haciendo referencia a Moya Pons y su historia del capitalismo dominicano porque entiendo que la literatura dominicana del tercer milenio explota desde diversos ángulos la misma veta, aunque no precisamente para ponderar de manera acrítica la modernidad del Santo Domingo actual. En consecuencia, el abigarrado y colosal archivo de las letras dominicanas puede leerse como el principal barómetro de la pregonada modernidad democrática.

La literatura dominicana del siglo XXI procura registrar la complejidad de ese "gran cambio" en el organigrama social del país. Me refiero a una literatura de gran vitalidad que en sus apuestas ensaya con el abordar con ironía los procesos históricos, toda vez que dimensiona sus estrategias en las prácticas de la vida cotidiana y la producción de subjetividades.

Las letras dominicanas de hoy se preocupan por documentar no solo las nuevas formas y relaciones sociales de la pujante sociedad que le sirve de marco, sino los itinerarios del afecto y los ambivalentes matices de la modernización, tema, este último, que supone por un lado el crecimiento económico más estable de la región del Caribe y buena parte del continente americano al tiempo que se recrudece la desigualdad social.


Asimismo, el archivo literario dominicano del tercer milenio da cuenta de esa entreverada madeja de contactos llamada cultura dominicana, y que incluye el cada vez más intenso intercambio a través del turismo y la inmigración con tradiciones y modos culturales provenientes de Latinoamérica, Europa, Norteamérica y en particular el Caribe que nos hermana con Cuba, Puerto Rico, Venezuela y Haití. Estos contactos son profundos e insoslayables, y en mi opinión constituyen el caldo de cultivo de las mejores propuestas literarias de las últimos años.

En su "Panorámica de la literatura dominicana", conferencia dictada en Casa de América el 4 de junio, José Alcántara Almánzar se esmeró en vincular las letras dominicanas del siglo XXI con lo que identificó como la "cultura de la protesta" en la literatura de los años sesenta y setenta. Hace falta matizar esta interpretación, puesto que se trata de manifestaciones literarias de crisis muy distintas.

La "cultura de la protesta" que Alcántara Almánzar ve en la literatura de ese período se ancla en la coyuntura de una crisis muy específica, y que tiene que ver con la adecuación del sujeto dominicano a un nuevo paradigma de sociedad después de los tres decenios de dictadura, el golpe de Estado a Juan Bosch, la guerra civil y la segunda invasión estadounidense en 1965. Es decir, es una literatura que apunta a la complejidad de ese proceso de reestructuración en todos los renglones. Materia muy distinta es la crisis que sirve de trasfondo a la literatura dominicana del tercer milenio, más orientada a relativizar las marcas de la Historia que obsesionó a buena parte de los autores de la segunda mitad del siglo 20.

Sobresale en el vasto archivo de las letras dominicanas del siglo XXI la producción de Marcio Veloz Maggiolo, Ángela Hernández, Aurora Arias, Junot Díaz, Josefina Báez, Frank Báez, Rita Indiana, Homero Pumarol, Rey Andújar y Miguel Yarull. La literatura de estos autores asedia los modos tradicionales de pensar la cultura a través del cuestionamiento de la mitología que ha contribuido a legitimar una visión edulcorada de la modernidad dominicana.

En su trilogía de la primera década del nuevo siglo, Marcio Veloz Maggiolo sigue marcando la pauta entre los autores dominicanos más intrépidos al producir novelas de singularísima factura, como El hombre del acordeón (2003). También desde la novelística, Ángela Hernández hace lo propio con sus indagaciones en torno al peso del trujillismo en el imaginario dominicano con Mudanza de los sentidos (2001) y Charamicos (2003). Por su parte, Aurora Arias retrata en su formidable Emoticons (2007) los azares de un Santo Domingo que no compagina con la cultura de pompa y boato que adorna los suplementos dominicales.

Otros autores fundamentales de los que permiten señalar el rumbo de la literatura dominicana del nuevo milenio son Josefina Báez y Junot Díaz, cuya obra destaca sujetos reconocidos en su capacidad de autoformación y resiliencia para dibujar los contornos de una pedagogía alternativa del sujeto dominicano. Del mismo modo, la considerable producción de Frank Báez, Rita Indiana Hernández, Homero Pumarol y Rey Andújar reivindica para la literatura cierta dimensión política basada en su carácter emancipador. Es preciso destacar también la impresionante obra de Miguel Yarull, recogida en su libro Bichán (2010, 2018), a la cual la crítica apenas ha prestado atención.

El espacio literario dominicano del siglo XXI es amplio y diverso, señal inequívoca de que se cimenta en una firme tradición conformada por el oficio de varias generaciones de escritores de dentro y fuera de la isla. Es evidente que estamos ante una literatura que goza de muy buena salud. Sus practicantes, repartidos en grupos muy disímiles en términos generacionales, llevan tiempo llamando la atención de la industria editorial en la República Dominicana y el extranjero. Esta industria vive un momento de particular efervescencia de la mano de sellos independientes dominicanos como Cielonaranja, Ediciones De a Poco y Zemí, e internacionales como Isla Negra, Callejón y Aguadulce en Puerto Rico, Corregidor en Argentina, y Siruela, Periférica, Planeta y Amargord en España. NR

sábado, junio 08, 2019

Un humanista dominicano: Silvio Torres-Saillant

Mi primer contacto con el pensamiento de Silvio Torres-Saillant se dio a través de uno de sus artículos en la revista Rumbo a mediados de los años noventa. Me hallaba inmerso en los estudios de postgrado en los Estados Unidos y todo apuntaba a que me especializaría en la literatura vasca. El escrito al que aludo: "La oblicua intelectualidad dominicana", hizo que me volcara en la lectura de toda la obra de este pensador dominicano fundamental al punto de provocar un cambio drástico en mis intereses académicos. 
 
En su artículo, Torres-Saillant interpelaba a esa intelectualidad que no había sabido servir de dique a la tradición autoritaria dominicana. El asedio sin tregua al que sometió la praxis de varias figuras señeras del mundo intelectual, así como el llamado a que esa inteligencia abrazara el dolor de la gente e hiciera con ella causa común, dejaron una profunda huella en mi imaginación de crítico en ciernes. Tenía ante mí el trabajo de un modelo distinto de intelectual, uno que curtido en los más exigentes circuitos académicos y editoriales de Norteamérica no vacilaba en trasladar a un lenguaje llano, sin tecnicismos ni meandros, el arsenal epistemológico adquirido en esas empresas al ruedo del saber dominicano. 

"La oblicua intelectualidad dominicana" es uno de los doce ensayos que integran la nueva edición de El retorno de las yolas: ensayos sobre diáspora, democracia y dominicanidad, obra que marcó un hito en la historia de la crítica dominicana tras su publicación en 1999.

En El retorno de las yolas, Torres-Saillant examina los más urticantes temas de la historia social y cultural de la República Dominicana moderna al tiempo que teoriza sobre la ética del hacer intelectual y su insoslayable dimensión política. 

Es evidente que Torres-Saillant asume el debate de ideas como una forma de pedagogía pública. Cada uno de los ensayos constituye una máquina de indagación infalible que fuerza a la reconsideración de aspectos normalizados al punto de la mitificación en el imaginario social dominicano, a saber: la prevalencia de la cultura del autoritarismo y el machismo, la imagen falseada de la composición racial del dominicano, la xenofobia, la demonización de la diáspora. 

Los planteamientos de Torres-Saillant se encaminan a la definición de un proyecto de utopía política orientado hacia la elaboración de nuevas coordenadas cívicas. Su crítica promueve el asumir la conciencia de la nacionalidad dominicana desde la dimensión aperturista de la ciudadanía, esto es, desde la esfera tangible de un sentido de comunidad afincado en nuevos valores sociales, y que no necesita de la geografía para su legitimación: "la diáspora se caracteriza por el interés en reconciliar el concepto abstracto de nacionalidad con el conjunto de principios que se concretizan en la ciudadanía". La cita es del texto que da título al volumen, el más extenso del conjunto, en el cual el crítico hilvana su ideario en torno a una "dominicanidad democrática" llamada a separar la experiencia del sujeto dominicano de los mitos culturales que ocultan la representación de esa experiencia. 

A los veinte años de la publicación de El retorno de las yolas, la propuesta de Silvio Torres-Saillant en cuanto a la posibilidad de desarrollar una práctica intelectual que contribuya al desarrollo de una verdadera cultura democrática en República Dominicana no puede ser más urgente. 

viernes, mayo 24, 2019


Mapa de la narrativa puertorriqueña del tercer milenio 

A toda costa: narrativa puertorriqueña reciente (2018), volumen compilado por Mara Pastor para la editora mexicana Elefanta Editorial, constituye un importante archivo de la producción narrativa del Puerto Rico actual. Se trata de una propuesta osada que sorprende en múltiples sentidos. 

En el prólogo, Pastor sostiene que la heterogeneidad de la muestra remarca "la costa común de apertura al otro, el deseo de comunicar". Esa pulsión hacia la comunicación con la otredad es una de las señas comunes de los textos incluidos, y lo que hace a cada uno de ellos participar de una dicción marcadamente caribeña. Ciertamente, más que hablar en puertorriqueño, la narrativa por la que apuesta Pastor revela un afán por adelantar un vínculo más estrecho con la literatura que se hace desde otras zonas del Caribe hispano. 

Édouard Glissant emplea el concepto de la "errancia" para adelantar una historia del caribeño como sujeto fraguado en la interacción con la otredad. La errancia se opone a la raíz, a la fijeza de las configuraciones, y activa a partir de esta condición de desarraigo lo que el filósofo martiniqués denomina "poética de la relación". En la muestra de Pastor, el llamado, desde el título mismo, a una productividad inevitable, elaborada a toda costa, es en mi opinión la arena común de las diversas apuestas estéticas que ofrece este cuidado volumen.  

En 1958, María Zambrano escribió desde su exilio en Puerto Rico un lúcido tratado sobre la condición humana titulado Persona y democracia. En él aventura la idea del surgimiento de un nuevo tipo de sujeto marcado por la crisis de la postguerra. Según Zambrano, solo en momentos de crisis puede definirse un horizonte utópico que pueda materializar la “esperanza”. Los veinticinco textos de A toda costa tienen como horizonte una crisis y, aun sin proponérselo, estos relatos registran la coyuntura del colapso de un modelo económico y social particular, toda vez que apuntan a la posibilidad de una salida. 

Como señala Pastor, A toda costa recoge textos publicados a partir de 2004 y algunos inéditos. Es significativa la coincidencia de ese marcador temporal. Justo en 2004, la economía de Puerto Rico empezó a presentar señales de que se encaminaba a una recesión, lo que en efecto ocurrió dos años más tarde con la consabida secuela que ha llevado a la insolvencia actual. La narrativa reunida en A toda costa da cuenta del impacto de esa nueva crisis en el sujeto puertorriqueño y en el modo en que se escribe narrativa en el Puerto Rico de hoy. En ese sentido, la compilación de Pastor entronca con otros importantes proyectos antológicos fraguados bajo el imperativo de la crisis: Apalabramiento, de Efraín Barradas, y Reunión de espejos, de José Luis Vega, publicados en 1983. 

El lector encontrará en las páginas de A toda costa desde la mirada inocente y onírica de Lina Nieves Avilés, de las autoras más jóvenes del volumen, hasta el estilo realista de Marta Aponte Alsina, la mayor del conjunto, pasando por el alucinante cyberpunk de Pedro Cabiya, la portentosa ficción especulativa de Rafael Acevedo, los ribetes fantásticos de los cuentos de Tere Dávila y Jotacé López, la narrativa ciborg de Pabsi Livmar y Luis Othoniel Rosa, entre muchos otros estilos que hablan de la impresionante vitalidad de la narrativa puertorriqueña. 

Llama la atención en el conjunto la preponderancia de personajes femeninos enfrentados a situaciones límite que desembocan en salidas inesperadas. Los textos de Mayra Santos Febres, Sergio Gutiérrez y Christian Ibarra explotan esta cantera temática. Otra importante veta registrada en A toda costa es la narrativa de tema gay, representada en el excelente cuento "Junito", de Luis Negrón, y "Changó", de Yolanda Arroyo Pizarro, aunque este último está mucho menos logrado. 

Mención aparte merecen los cuentos de Janette Becerra y Vanessa Vilches Norat, escritos con una pericia que hace que los conflictos de sus personajes puedan ser experimentados como dilemas que bien pudo haber enfrentado el propio lector. Asimismo, es patente la impronta de Roberto Bolaño en la dicción de los formidables textos de Cezanne Cardona, Alexandra Pagán, Francisco Font y Carlos Fonseca. 

Hay que consignar que la extensa selección de A toda costa presenta historias que sacuden la imaginación del lector con anécdotas hilarantes, trágicas o demenciales escritas con fina destreza. Sin duda estamos ante un archivo importante para tomar el pulso de la narrativa puertorriqueña del tercer milenio.


jueves, mayo 16, 2019


Los itinerarios del desarraigo en América Latina

Desde Andrés Bello y Simón Rodríguez en los albores del siglo XIX hasta José Martí y Rubén Darío a finales de esa centuria, el viaje, manifiesto o furtivo, ha funcionado como eje de las más variopintas narrativas de la cultura en Latinoamérica. La historia cultural de la región puede escribirse examinando los complejos itinerarios del desarraigo cumplidos por la intelectualidad del continente, en particular los escritores afincados en el horizonte decimonónico. 

En Viaje intelectual: migraciones y desplazamientos en América Latina, 1880-1915Beatriz Colombi arroja luz sobre esta cantera de saberes surgidos de la experiencia del desplazamiento del sujeto letrado por la geografía hemisférica y las repercusiones de ese recorrido sobre los modos de teorizar lo cultural latinoamericano de cara a la modernidad.

La académica argentina se preocupa por "la relación entre el desplazamiento y la configuración de un imaginario moderno" en un periodo comprendido entre los años 1880 y 1915. Colombi se interesa por lo que llama una "escritura desterritorializada", esto es, una dicción surgida de la circunstancia de desarraigo del intelectual que conlleva por fuerza un gesto legitimador por parte del escritor "como agente de una cultura" en "una escena pública exterior".

Martí es el autor que más atención recibe en el análisis de Colombi, en particular el Martí cronista de Escenas norteamericanas. Colombi contrasta las visiones del cubano sobre los Estados Unidos con las de otros "observadores" de la época, como Paul Groussac, Miguel Cané, Eduardo Mansilla, Justo Sierra y Domingo Faustino Sarmiento. De este último, por ejemplo, la académica desentierra un escrito en el cual el argentino conmina a Martí a ser menos crítico de la sociedad estadounidense. 

Sarmiento alude específicamente al artículo de Martí titulado "Sobre los Estados Unidos" (1887), que se publicó en La Nación de Buenos Aires. Es interesante que entre los diversos temas que Martí destaca en su escrito Sarmiento se concentre en el de la representación de la mujer  norteamericana. Colombi explica el patente recelo de Martí ante la profesionalización de la mujer en los Estados Unidos en términos de que para él este hecho "pone en peligro el ideal de la nación como 'familia'".

Otro de los puntos interesantes que subraya Colombi es el tratamiento que Martí da al movimiento obrero y sobre todo a las ideas de Henry George sobre la paradoja capitalista del progreso económico a expensas de la pobreza creciente. Colombi señala con sobrada razón que el interés de Martí por la cuestión obrera era un tema apenas tratado por la inteligencia de la época. Asimismo, la crítica sostiene que a Martí le debemos el haber establecido "quizás una de las primeras teorías modernas sobre la traducción en el continente". 

Aparte de Martí, Colombi también privilegia en su análisis las crónicas de Paul Groussac. De este otro "viajero intelectual" se destaca la "mirada orientalista desfasada" con que describe las sociedades del continente y la crudeza que emplea para descalificar el trabajo de  sus  intelectuales. 

Colombi adjudica erróneamente a Groussac haber sido el "primer adaptador y difusor" del 'discurso calibanesco"' en Hispanoamérica cuando el mérito le co­rresponde al Darío del panegírico de Augusto de Armas, publicado en 1894 y recogido en Los raros (1896).

Completa la nómina de viajeros intelectuales de Colombi lecturas muy sugestivas en torno a la obra de fray Servando Teresa de Mier, Darío, Sar­miento, Alfonso Reyes, Manuel Gálvez, Ricardo Rojas, Manuel Ugarte, Augusto de Armas, Horacio Quiroga y el guatemalteco Enrique Gómez Carrillo, a quien la estudiosa caracteriza como "divulgador de la cultura moderna" en Hispanoamérica, y cuya producción sirve de bisagra entre el viaje intelectual de los escritores de finales del siglo XIX y el "turismo literario" de consumo ma­sivo a principios del XX.

Aunque Viaje intelectual deja al margen de la discusión la obra de otros viajeros importantes del periodo que se analiza, como es el caso de Eugenio María de Hostos y el del joven Pedro Henríquez Ureña, hay que reconocer que se trata de un aporte sig­nificativo a la bibliografía crítica en torno a las paradojas de la modernidad en el espacio cultural latinoamericano.

viernes, abril 19, 2019


Higüeral

Higüeral, Rep. Dominicana, 1977
La vieja tienda sigue en pie
ante el polvo de la plaza.
Máquinas y gente
han consagrado
ese espacio con la gravedad
de un ritual
que llamaré la vida.

No entendíamos la lengua
en que el viejo Guelo
discutía con el cliente.
Desde nuestra pequeña humanidad
el abuelo era un dios justiciero
al que todos amaban y temían.
Junto a él,
sujetando nuestras manos
sin decir palabra,
estaba la abuela.
Bastaba una mirada suya,
un simple gesto,
para volver las aguas
a su curso apacible.

Los abuelos se han ido
y el sitio de su descanso
ha de estar descuidado.
El arce que se deshoja
frente a mí
en la ciudad del invierno
es testigo de mil historias,
pero no me conoce.
Yo sigo siendo el niño
que sujeta la mano de la abuela
y mira el polvo de la plaza.

De Limo (2018)


lunes, febrero 18, 2019


Obabakoak: los treinta años de un hito de la literatura 

El 25 de marzo de 1984 apareció en El País un artículo titulado "Un vasco cherokee cuenta su vida". Llevaba la firma de Bernardo Atxaga (1951), autor prácticamente desconocido en ese entonces para la mayoría de los lectores de habla hispana. En su primer escrito en El País, el afamado escritor vasco hace un recuento de los cambios de los que había sido testigo en el panorama político-cultural del País Vasco, proceso que entendía como el paso de la “inexistencia” a la “invisibilidad”, y de ahí a los primeros intentos de hacer visible la cultura vasca.

La aparición de este artículo abrió una enorme brecha en cuanto al tema vasco que no se zanjó hasta la publicación de la versión castellana de Obabakoak, que le valió a Atxaga un insólito Premio Nacional de Narrativa en España en 1989. Se hacía historia: era la primera vez que un autor que escribe en euskera recibía tal distinción.


Obabakoak marcó la consagración literaria de Bernardo Atxaga. La novela cuenta en su edición en castellano con un epílogo titulado “A modo de autobiografía” que no aparece en la versión original de 1988. En el mismo Atxaga destaca la relativa carencia de una lengua literaria vasca debido a la falta del uso literario del euskera. El uso literario al que alude es el lenguaje literario propiamente occidental, que de acuerdo con Atxaga no se ha manifestado en euskera con la misma intensidad que en las demás lenguas.

En ese limitado desarrollo del euskera como lengua literaria estriba su preocupación mayor, puesto que se trata de una lengua minoritaria y periférica. Muy consciente de ello, Atxaga empleará el recurso de la autorreferencialidad narrativa, tan caro a autores como Italo Calvino y Georges Perec, para poner en práctica el proceso de maduración acelerada del euskera como lengua literaria.

Las tres partes que integran Obabakoak: “Infancias”, “Nueve palabras en honor del pueblo de Villamediana” y “En busca de la última palabra”, corresponden a diversas modalidades en la historia literaria de Occidente, a saber: el realismo, la literatura fantástica y la denominada ficción posmoderna. En estos segmentos al parecer formal y temáticamente inconexos, el lenguaje se dilata al ser sometido a un persistente cuestionamiento cuya intensidad aumenta hasta alcanzar su punto álgido en la tercera sección de Obabakoak. Entre las partes de la novela no se desarrolla ninguna forma de vinculación dialéctica, más bien se da una dinámica en la que una gran variedad de textos de las más diversas tradiciones se interrelacionan en una suerte de estética de las combinaciones.

Cristina Ortiz sugiere que a Obabakoak “le corresponde un discurso narrativo que presenta un mundo fragmentado en múltiples historias (infinitas), del cual sólo nos es dado reconocer zonas, territorios (virtuales)”. Si seguimos la precisión de Ortiz, hay que reconocer que la separación entre las secciones es solo aparente, pues se puede hablar de un vínculo entre las partes definido por estatutos de orden espacial. En ese sentido, el pueblo de Obaba funciona como eje al cual van a remitir de forma directa o indirecta todas las historias de la novela, al estilo del Yoknapatawpha County de Faulkner o el Macondo de García Márquez.

Tanto en “Infancias” como en “En busca de la última palabra”, Obaba es un referente pretendidamente real, un espacio que se nombra. En “Nueve palabras en honor del pueblo de Villamediana”, ese espacio hay que desentrañarlo a partir del contraste que la voz narrativa permite entrever con la descripción de sus vivencias en esta comarca de Castilla. Las historias que integran las secciones de Obabakoak no tienen en común más que ese referente espacial que las conjuga, y desde el cual el lenguaje se torna ágil con el paso por diversos estilos de escritura. El pueblo de Obaba funciona así como la plasmación literaria del País Vasco, aun cuando este referente geográfico aparezca desprovisto de cualquier ribete esencialista.

En resumidas cuentas, en Obabakoak la geografía aparece no en su carácter fáctico, referencial, sino como una matriz retórica dentro de la cual se despliega un argumento que nada tiene que ver con la representación de un nacionalismo parroquiano, sino con la certeza de la pluralidad de matices de toda cultura. Ciertamente, para Atxaga la nacionalidad vasca parecería no circunscribirse en modo alguno a moldes homogéneos; de ahí que privilegie la caracterización de personajes marginales en continuo desplazamiento, sujetos nómadas que reafirman la prevalencia de la hibridez y la fragmentación.

La traducción de una novela escrita en una lengua minoritaria como el euskera al castellano, precisamente la lengua con respecto a la cual esta conforma una "literatura menor", esto es, una literatura en la cual todo es ideología en virtud de las condiciones particulares de su forja, al decir de Deleuze y Guatarri, hace de Obabakoak un proyecto tan literario como político.

A treinta años de su publicación original en euskera, Obabakoak sigue cautivando lectores en el mundo entero. Ha sido traducida a más de veinte lenguas, la más reciente el etíope amhárico, y, como todos los clásicos, es un libro al que siempre se vuelve con adoración ritual. NR