viernes, julio 01, 2016


Pedro Henríquez Ureña y la fundación de la crítica latinoamericana

A los ciento treinta y dos años de su natalicio y setenta de su prematuro fallecimiento, la obra de Pedro Henríquez Ureña reafirma el lugar preeminente de este humanista dominicano fundamental en la historia de la crítica latinoamericana.

Nacido en el seno de una familia de escritores, políticos y educadores, Henríquez Ureña principió su carrera como poeta en sus años de juventud, pero luego de la publicación, en Cuba, de su primer libro: Ensayos críticos (1905), abandonaría definitivamente la poesía para desarrollar una rápida e influyente trayectoria como filólogo, lingüista y crítico literario. 

Hijo de la más celebrada poeta del Santo Domingo de aquel entonces: Salomé Ureña, y del que sería en 1916 presidente de la República Dominicana: el médico y político Francisco Henríquez y Carvajal, Pedro Henríquez Ureña pasó breves períodos en La Habana y Nueva York en los primeros años del siglo XX antes de establecerse en México durante dos fecundos ciclos (1906-1913; 1921-1924) en los cuales afianzó su nombradía como una de las más altas luminarias de su tiempo. 

En México Henríquez Ureña laboró como periodista, académico y crítico teatral y operístico. Su colosal influencia entre la intelectualidad mexicana de ese momento ha sido ampliamente estudiada, al punto de que se le considera uno de los principales responsables del desarrollo de la cultura mexicana moderna junto a Alfonso Reyes, José Vasconcelos, Antonio Caso, Martín Luis Guzmán y el pintor Diego Rivera.

Todos ellos fueron miembros del Ateneo de la Juventud, conocido más adelante como el Ateneo de México, institución formada por un nutrido conjunto de intelectuales comprometidos con la crítica frontal a los postulados de la doctrina positivista institucionalizada durante las tres décadas de Porfirio Díaz en el poder.  

Los "ateneístas", como llegaron a ser conocidos, promovían el estudio profundo de la filosofía clásica y abogaban por una ética intelectual cercana a los preceptos establecidos en la antigüedad por Platón y Aristóteles. Los ateneístas tuvieron un relativo éxito en encausar sus ideas en los currículos universitarios del México de aquel entonces, toda vez que ejercieron una profunda influencia en la obra de toda una generación de escritores que empezaba a despuntar a los inicios de la revolución en 1910. 

La revolución mexicana forzó en Henríquez Ureña una nueva mudanza, esta vez a Cuba y, más adelante, a los Estados Unidos, en donde trabajó como corresponsal en Nueva York y Washington. Este período en la trayectoria de Henríquez Ureña estuvo marcado por sus numerosos escritos de tema político.

Su padre se vio impedido de asumir la presidencia de la República Dominicana a raíz de la invasión estadounidense en 1916. Ante esta tesitura, Henríquez Ureña asumió una postura crítica del imperialismo norteamericano que caracterizaría su horizonte ideológico en los años por venir.

Tras varios años en la Universidad de Minnesota y dos breves estancias en el Centro de Estudios Históricos de Madrid, en donde trabajo en sus investigaciones sobre la versificación español bajo la tutela de Ramón Menéndez Pidal, Henríquez Ureña obtuvo un doctorado en letras hispánicas y comenzó su carrera como académico en la misma institución estadounidense que le confirió el grado en 1918.

En medio de este período de acelerado desarrollo profesional en el mundo académico norteamericano, Henríquez Ureña recibe, en 1921, la invitación de José Vasconcelos para colaborar con la restructuración del sistema educativo y universitario del México postrevolucionario.

Este segundo período mexicano se extendió hasta 1924 y estuvo marcado por el creciente reconocimiento de la fama de Henríquez Ureña como académico e intelectual público, particularmente entre jóvenes escritores como Carlos Pellicer, Salvador Novo y Xavier Villaurrutia. Es en estos años que Henríquez Ureña comienza a teorizar sobre Hispanoamérica como unidad cultural. Los primeros indicios de esta idea se hallan en "La utopía de América" (1922) y encuentra su más acabada plasmación en Historia de la cultura en la América hispánica, estudio publicado de manera póstuma en 1947.  

En 1924 Henríquez Ureña se vio en la necesidad de emigrar a Argentina a causa de sus desavenencias con Vasconcelos y otros intelectuales mexicanos. Allí se empleó como maestro de literatura y gramática en el Colegio Nacional de La Plata, a las afueras de Buenos Aires.

En sus años argentinos Henríquez Ureña se codeó con la intelectualidad más granada de esos años: Jorge Luis Borges, Amado Alonso, Victoria Ocampo, Ezequiel Martínez Estrada, Arnaldo Orfila Reynal, Alejandro Korn. Asimismo, en Argentina Henríquez Ureña colaboró con dos revistas literarias que marcaron una época: Martín Fierro y Sur.

Para un intelectual de su estatura, la obra de Henríquez Ureña es relativamente escasa, además de que se encuentra dispersa en revistas de España e Hispanoamérica. Sus dos primeros libros: Ensayos críticos (1905) y Horas de estudio (1910), se fraguaron a partir de compilaciones de ensayos. Lo mismo acaece con la que probablemente sea su contribución más importante a la historia literaria del continente: Seis ensayos en busca de nuestra expresión (1928).

En esta monumental compilación Henríquez Ureña erige una suerte de archivo de la literatura latinoamericana al cartografiar las marcas de un eje cultural propio de la región que se había venido fraguando desde los tiempos de la colonia y que no empieza a consolidar su "expresión perfecta" sino hasta los años convulsos del surgimiento de las primeras repúblicas hispanoamericanas en los albores del siglo XIX.

El catálogo erudito elaborado por Henríquez Ureña en los Seis ensayos en busca de nuestra expresión se convirtió de inmediato en referencia obligada para las sucesivas tentativas de plasmación de un archivo literario latinoamericano. De ahí que el camino trazado por Henríquez Ureña con este libro en la historia de la crítica del continente no haya perdido vigencia a casi noventa años de su publicación original.




viernes, junio 17, 2016


Pedro Henríquez Ureña al sol de hoy

¿Para qué desempolvar un clásico? Pedro Henríquez Ureña es una referencia obligada en los planes de estudio de la carrera de letras hispánicas en los principales centros del saber del continente; con todo, sus textos más emblemáticos (Seis ensayos en busca de nuestra expresión, Las corrientes literarias en la América hispánica, Historia de la cultura en la América hispánica) se recuperan mayormente por su carácter de archivo erudito y no por la vigencia que las ideas allí expuestas puedan tener en los debates actuales en torno a las culturas de Latinoamérica. 

Sin duda, el relativo olvido de Henríquez Ureña en los circuitos del saber académico tiene que ver con la continuidad de la empresa intelectual que el pensador dominicano desarrolló desde sus primeros textos publicados, esto es, un proyecto orientado a definir una cultura integradora para la región basada en la exaltación de la herencia hispana.

Desde la perspectiva de los debates académicos contemporáneos, el intento de uniformidad de Henríquez Ureña es suficiente para activar todas las alarmas. De hecho, si se piensa en su definición pretendidamente inclusiva de cultura, es preciso reconocer que esa intranquilidad se fundamenta en razones más que válidas. Ahora bien, a pesar de las obvias zonas problemáticas de su pensamiento, en la obra de Henríquez Ureña hay aspectos importantes que rescatar, sobre todo en lo tocante al papel del intelectual y la función social de la crítica.

Henríquez Ureña contribuyó de manera significativa a la historia de las ideas en torno a las responsabilidades del intelectual en la sociedad; sin embargo, visto a través del prisma crítico del mundo contemporáneo, modulado como está por la influencia del posestructuralismo de las últimas tres décadas, este aspecto fundamental pasa las más de las veces desapercibido.

En el ámbito intelectual vigente más allá de los corredores de las universidades dominicanas, en el cual se tiende a desconfiar de la referencialidad y de la capacidad del intelectual para hablar de sí mismo o de los demás, Henríquez Ureña no pasa de ser una oscura figura del panteón intelectual latinoamericano, una curiosidad de museo a la que se vuelve con un respeto no exento de cierta indiferencia provocada por ciertos protocolos de lectura que dictaminan cánones y modas teóricas. Sin embargo, hay matices de la prédica humanista de Henríquez Ureña que tienen hoy por hoy una indiscutible vigencia, en particular en lo tocante al lugar del intelectual en el espacio social.

Ciertamente, en los albores del tercer milenio Henríquez Ureña no debería ser estudiado únicamente por sus tratados filológicos. Enfrentarse a su obra implica abordar cuestiones fundamentales en las sociedades de hoy, como lo son: el papel del intelectual en la sociedad; la compleja interrelación entre el ámbito de la producción intelectual y la esfera pública, entre convicción ideológica y práctica intelectual, y, en particular, el reflexionar en torno a la importancia de la existencia de espacios autónomos en donde pueda aflorar la semilla del pensamiento crítico.


La historia de América Latina nos ha enseñado mucho acerca de los peligros de imponer un punto de vista que se disfraza de universal, pero que es a fin de cuentas exclusivista. La experiencia histórica del continente ha sido aleccionadora en cuanto a mostrar que los reclamos de universalidad pueden usarse para silenciar al llamado “otro subalterno”, que a veces esos reclamos no hacen más que enmascarar los intereses de aquellos que controlan los hilos del poder.

Ahora bien, a la par de esa recuperación del conocimiento subalterno, debe haber una suerte de imperativo moral en cuanto a proteger, en la medida de lo posible, la relativa autonomía de los intelectuales frente a la interferencia de intereses políticos y económicos. Para bien o para mal, no es posible abandonar del todo la búsqueda de ideales de universalidad, aunque estos han de estar afincados siempre en la realidad local. A este respecto, resultan reveladoras las palabras de Edward W. Said, consecuente apologista del compromiso intelectual, en Humanismo y crítica democrática (2004):

“No hay contradicción alguna entre la práctica del humanismo y la práctica de la ciudadanía participativa. El humanismo no tiene nada que ver con el alejamiento de la realidad ni con la exclusión. Más bien al contrario: su propósito consiste en someter a escrutinio crítico más temas, como el producto del quehacer humano, las energías humanas orientadas a la emancipación y la ilustración o, lo que es igualmente importante, las erróneas tergiversaciones e interpretaciones humanas del pasado y el presente colectivos”.

Evidentemente, se corren muchos riesgos cuando se abandona la autonomía de la práctica intelectual; Henríquez Ureña lo vivió en carne propia en sus años mexicanos y argentinos. Pero, como también lo entendió el maestro dominicano, es un deber correr esos riesgos y tomarlos en serio.


martes, junio 14, 2016

La masculinidad trujillista en la literatura dominicana

En los últimos diez años la literatura dominicana ha recibido una considerable atención en la academia norteamericana y europea. Lamentablemente, salvo contadas excepciones, estos estudios no han llegado a conocerse en la República Dominicana. 

Entre los libros recientes sobre literatura dominicana producidos desde la academia norteamericana figura Masculinity after Trujillo: The Politics of Gender in Dominican Literature, de Maja Horn, publicado en 2014 por la University Press of Florida, una de las más reconocidas del mundo académico norteamericano por su catálogo dedicado a los estudios del Caribe.

El libro de Maja Horn presenta un acercamiento interdisciplinario a un tema inquietante y de mucha actualidad: la vigencia de cierto discurso dominante de la masculinidad que da forma y sentido a las prácticas políticas y culturales de República Dominicana a partir de los inicios de la dictadura trujillista. Para examinar esta cuestión, la profesora de Barnard College (Nueva York) recurre a herramientas analíticas del campo de la sociología con las que aborda un interesante conjunto de obras literarias dominicanas. 

Una de las hipótesis que la profesora Horn prueba de manera contundente es el modo en que las concepciones de masculinidad propias de la cultura estadounidense han incidido en la formación de las relaciones de género en la cultura dominicana moderna, una afirmación ciertamente provocadora en lo tocante a la interpretación de la historia cultural de nuestro país.   

Otro elemento a destacar del libro de Horn es la selección de textos literarios que sirven de base a sus conjeturas en torno al género y el sujeto en el contexto dominicano. Horn inicia su análisis examinando las novelas De abril en adelante (1975) y Uña y carne (1999), de Marcio Veloz-Maggiolo. En ellas identifica una clara tendencia a perpetuar el patrón de masculinidad asociado históricamente a la época de Trujillo.

Horn también presta atención a la obra de Hilma Contreras, en la cual identifica un alejamiento de las concepciones de género propias del trujillismo para proponer un paradigma alternativo de relaciones sociales basado en la solidaridad y la acción colectiva. A este respecto, su lectura de La tierra está bramando (1986) es particularmente iluminadora.

Los últimos dos capítulos de Masculinity after Trujillo amplían la hipótesis en torno a la manera en que el modelo de masculinidad trujillista estructura las relaciones sociales y políticas en la República Dominicana del tercer milenio, tanto en el contexto de la isla como en la diáspora. Los textos que privilegia en esta parte de su estudio son las novelas Papi (2005), de Rita Indiana, y The Brief and Wondrous Life of Oscar Wao (2008), de Junot Díaz.

Es claro que la profesora Horn está al corriente de los debates actuales de la crítica en los estudios del Caribe; sus diálogos con la obra de Raphael Dalleo, Dara Goldman y Shalini Puri, entre otros, así lo confirman. Con todo, en lo tocante a la teoría cultural su repertorio crítico es limitado. 

En este sentido, el empleo recurrente de las teorías del filósofo argentino Ernesto Laclau sobre la hegemonía, pieza fundamental en el argumento de la profesora Horn, pudo haberse enriquecido con la incorporación de los planteos recientes de otros teóricos que han abordado los modos de intervención imperialista a nivel planetario, como es el caso de Neil Lazarus, Stephen Shapiro y Benita Parry desde la academia inglesa.

Ciertamente, el debate en torno al paradigma de masculinidad dominante en el contexto dominicano que Maja Horn expone en su estudio invita al examen del archivo literario dominicano de la postdictadura en busca de renovadas lecturas.

jueves, junio 09, 2016


Las alarmas del doctor Odalís Pérez

En su artículo del 7 de junio de 2016 en las páginas de Acento, y en las penosas dos entregas que le han sucedido, el doctor Odalís Pérez realiza la asombrosa hazaña de refutar la reseña de un libro que no ha leído. Esta proeza le asegura un lugar destacado en la historia intelectual dominicana del disparate y la infamia. 

El escrito que activó las alarmas del miembro de número de la Academia Dominicana de la Lengua es "Revisita de la obra menos conocida de Pedro Henríquez Ureña". En el mismo comento En busca de la identidad: la obra de Pedro Henríquez Ureña (2015), del lingüista dominicano Juan Valdez, estudio publicado en Argentina por la editorial Katatay, responsable de la edición de la prestigiosa revista de crítica cultural del mismo nombre.   

El estudio de Valdez examina con minucia la producción de Henríquez Ureña que aborda temas relacionados a la lingüística al tiempo que pasa revista a la bibliografía crítica que esa producción ha generado tanto en el contexto dominicano como en el plano hemisférico y europeo.

En su insólito alegato, el doctor Odalís Pérez se concentra en el título de mi reseña para encontrar su pie forzado: "no es cierto como se ha afirmado en diversas ocasiones, que la obra lingüística de Pedro Henríquez Ureña es la menos conocida". Es este detalle ínfimo, y acaso pueril, de un titular lo que genera la andanada sapiencial del dueño del sillón O de la Academia Dominicana de la Lengua.

A partir de su querella por la supuesta falta de precisión en el titular, el doctor Odalís Pérez intenta ejercitar la invectiva. Ahora bien, como carece de solvencia retórica y de la estatura intelectual que hubiera dado a sus palabras alcance de ofensa, el intento no prospera y termina poniéndolo en ridículo.

Para colmo de males, el reputado académico se lanza a desmontar lo que él conjetura son las ideas expuestas en un libro del cual solo ha tenido noticias a través de una reseña. En otras palabras, analiza un texto fantasmal, se enfrasca en una lucha titánica contra su insignificante nombradía entre los comentaristas de la obra de Pedro Henríquez Ureña.

Al leer las tres entregas del doctor Odalís Pérez uno no puede evitar preguntarse por el punto de sus cavilaciones: ¿que no es verdad que la obra de tema lingüístico de Henríquez Ureña sea "la menos conocida"? ¿que es la "más" conocida? ¿que es "medianamente" conocida? ¿Cuál es a fin de cuentas la cuestión? Lo que a todas luces se evidencia es que las réplicas del doctor no son más que el movimiento involuntario de una rodilla ante el insolente que viene a dictar saberes en su capilla.

El incuestionable complejo que la falta de reconocimiento ha ocasionado en el doctor en Filología y Semiótica por la Universidad de Bucarest se manifiesta hasta en la ansiedad que le produce leer en un diario textos que se circunscriban a las ochocientas palabras que las convenciones del ámbito periodístico exigen para los artículos de opinión. "Brevísimo artículo" y "articulillo" son las palabras que usa para referirse a un escrito que se concibió como una reseña y no como un tratado.

Es evidente que el doctor Odalís Pérez no se decanta por la cortedad en el decir; lo suyo es el verbo luengo, el verter sobre la página líneas y líneas de una escritura abstrusa, laberíntica y vacua con la cual intenta autoproclamar su "autoridad" en la crítica en torno a Pedro Henríquez Ureña. Así las cosas, uno no puede evitar el preguntarse cuál es la aportación del doctor Odalís Pérez a dicha crítica. La respuesta podría arrancar alguna carcajada. Lo único que avala su prestigio de aire es la introducción a un volumen de ensayos de Henríquez Ureña publicado en 2010. En la misma se pueden encontrar iluminadoras joyas sintácticas como la que incluyo a continuación:    

"¿De qué manera leyó Pedro Henríquez Ureña lo social mediante la crítica, la historia y la educación? Esa pregunta supone un proyecto de trabajo que recuperaría su hispanística y reclamaría una respuesta en la línea de una sociohistoria fundada en la relación lengua-sociedad, lengua-cultura y sujeto-cultura-lengua. La particularidad que requiere el tratamiento de una concepción postkantiana y posthegeliana de los espacios culturales supone entonces una culturología crítica avalada por contactos y contextos de pensamiento surgidos de una alteridad y una otredad (sic) ligadas a un tiempo de miradas críticas que hoy apuestan por una visión integrada a los diversos campos de la productividad del pensamiento latinoamericano contemporáneo".

Al parecer es preciso soportar estoicamente ese decir dilatado y torpe cuando se trata de un académico de pro como el doctor Odalís Pérez, quien cuenta con una obra crítica que comprende unos quince libros que nunca pasaron por el filtro de ningún comité de expertos a nivel nacional (y mucho menos internacional) que aquilataran su valía antes de llegar a la imprenta.

Amparado en una "obra" labrada sin tener que probarse en circuito académico alguno, el doctor Odalís Pérez reprueba la brevedad del articulista que prefiere ir al grano, minimiza (¡sin haber leído el libro!) la aportación de Juan Valdez a la crítica sobre Pedro Henríquez Ureña y aprovecha el lance para enumerar, como quien separa las aguas del saber en torno al maestro, una bibliografía harto conocida por los especialistas.

No contento con ello, haciendo gala de un provincianismo casi enternecedor, el doctor Odalís Pérez procede a denostar el lugar que sus compatriotas han alcanzado en los más importantes centros del saber del mundo a través de competencias en las que él jamás podría participar dada la insignificancia de sus aportes académicos.

Con todo, hay que reconocer que el doctor Odalís Pérez también tiene arranques de magnanimidad. En uno de esos momentos de altruismo intelectual tiene la buena fe de aconsejar a los investigadores a su juicio poco experimentados (como quien suscribe, como Valdez) hacer acopio de prudencia al investigar el legado de Henríquez Ureña:

"Es importante, al momento de emitir pareceres no debidamente controlados sobre el tema lingüístico en Pedro Henríquez Ureña, ser prudente y someter una opinión contrastada, cardinalmente comparada y empíricamente verificada para no cometer errores lamentables".

El doctor Odalís Pérez debería aplicarse esa misma regla y empezar por leer el bien documentado estudio de Valdez que motivó mi reseña. Hacer esto le permitiría no solo estar bien informado sobre lo más reciente en la parcela del saber que se ufana en dominar, sino entender que las carencias que halla en un libro que no ha leído son el resultado de los palos a ciegas lanzados en la extraña conversación consigo mismo que ha mantenido en sus últimos artículos.

Para concluir, vale la pena destacar unas líneas del tercero de esos artículos, en el cual el connotado profesor sostiene que "[d]edicarse a tomar de pretexto a un autor como el maestro dominicano para buscar 'camorra intelectual' es un síntoma indicador de poca solvencia intelectual". Salta a la vista que el escribiente no se percate de que con esa afirmación se retrata a sí mismo. En efecto, ha sido el doctor Odalís Pérez quien con su irascible reacción a la reseña de un libro sobre Henríquez Ureña que ni siquiera ha tenido en las manos ha desatado un pleito de gallera con la intención de exhibir sus apagadas insignias de académico.