sábado, octubre 01, 2016


Alexis Gómez Rosa: poeta en la "íntima ínsula"

En La significación del lenguaje poético (2012), Francisco José Ramos subraya que "cada época es la obra de su poesía". Con esto se refiere no solo a los orígenes mismos de lo que llamamos literatura, que se manifestó primero a través de la forma poética, sino a que a la poesía le es propio el producir una especie de desprendimiento de lo real, un alumbramiento que proclama eso que el filósofo puertorriqueño denomina "verdad poética":

"La verdad poética es la verdad de la poesía y la poesía se encuentra donde sea, pues ella está en todas partes. La verdad poética es la verdad de una ficción ontológica. Este 'ser' de la poesía, que sin habitar únicamente el lenguaje pasa necesariamente por el lenguaje, es a fin de cuentas la experiencia de lo que ocurre... Vivir poéticamente no significa otra cosa que estar atento a la ocurrencia del momento".

La obra poética de Alexis Gómez Rosa (República Dominicana, 1950), vasta y monumental, anuncia un hablante lírico que logra materializar la tarea de producir esa "verdad poética" que teoriza Ramos, y al hacerlo se convierte en el testador de una época. Desde Oficio de postmuerte, su primer poemario, de 1973, hasta Máquina olandera y otras olas de lava & Lanman (2014), median cuarenta años de poesía contenida en una docena de libros que son registro preciso de una realidad descarnada cuyo eje es el Santo Domingo de entre siglos. 

De esa considerable nómina de libros, La tregua de los mamíferos es tal vez la apuesta en la que la artesanía de Gómez Rosa alcanza su nivel cimero en cuanto a potenciar la capacidad testadora del sujeto, un elemento que se puede rastrear a todo lo largo de su dilatada obra. Ciertamente, en La tregua de los mamíferos esa voz poética afina al máximo su mirada y escucha para captar la más leve insinuación del escenario de la realidad circundante y extraer de allí el sonido de lo inaudito.

En El inconsciente estético, Jacques Rancière sostiene una premisa que puede arrojar luz sobre esta característica prominente del sujeto en la obra de Gómez Rosa. Señala Rancière: "La escritura muda es la palabra portada por las cosas mudas mismas. Es el poder de significación inscripto en el propio cuerpo de éstas. Todo es traza, vestigio o fósil. Toda forma reconocible es elocuente. Cada una porta las huellas de su historia y los signos de su destino. La escritura literaria se presenta, entonces, como desciframiento y reescritura de esos signos de historia escritos en las cosas".

El sujeto poético de La tregua de los mamíferos confirma las visiones teóricas del pensador francés al fijar su mirada en elementos, acciones y escenas de la cotidianidad intramuros de un Santo Domingo en ruinas al nivel físico, producto de la invasión norteamericana del 1965, pero también una ciudad arruinada a nivel moral por causa de este mismo acontecimiento.  Las intuiciones de ese sujeto que se desplaza por la urbe son el hallazgo al que accedemos los lectores.

Ese sujeto que se desplaza por el Santo Domingo intervenido en la poesía de Gómez Rosa fija su atención en los más variopintos héroes de la resistencia contra el ejército invasor, desde los mártires exaltados por la mitología urbana de esos años (Fernández Domínguez, Capozzi, Riviere, Jacques Viau Renaud) hasta esos héroes y heroínas que han quedado fuera de los libros de historia referente a esos años. Es así como la prostituta sin nombre deviene hábil estratega en procura de bajas en el ejército interventor; "Kid Maravilla", el boxeador, asume su parte de gloria al enfrentar al "sargento Norman Taylor" en el tinglado. Incluso las hermanas del poeta: Nancy, Virginia, Jeannette, aparecen retratadas en la cotidianidad de aquel entonces junto con la imagen del padre del poeta, que se transforma en una suerte de emblema del sujeto dominicano de la postguerra al sumar "arrugas en su rostro de piedra". 

La contundencia de estos retratos surgidos del desplazamiento del sujeto por la geografía urbana del 1965 y sus derivas en el presente (el de la escritura del poema, 1977, y el del Santo Domingo del tercer milenio) realzan la certeza del hablante en cuanto a la magnitud del trauma histórico que "cambió en nuestras vidas, hizo penumbra".

La mirada testadora del sujeto en La tregua de los mamíferos recuerda la definición del acto de "migrar" para Antonio Cornejo Polar: "migrar es algo así como nostalgiar desde un presente que es o debería ser pleno las muchas instancias y estancias que se dejaron allá y entonces, un allá y un entonces que de pronto se descubre que son el acá de la memoria insomne, pero fragmentaria".

El sujeto que he identificado en La tregua de los mamíferos asume con su mirada testadora la tarea de cartografiar esa memoria "insomne" y "fragmentaria" que destaca Cornejo Polar. Anclado en el presente de la escritura del poema, a doce años del conflicto bélico, el sujeto poético se desdobla para recuperar los trozos de un 1965 todavía fresco en la memoria de los dominicanos.

El verso con que principia el poema establece esta particular posición enunciativa con líneas que son un verdadero hallazgo: "Sale de mí un cuerpo a hurgar el cuerpo del día". El intento de recuperación de ese pasado será por supuesto caótico, como cualquier tentativa de registrar el devenir de lo que ese acontecimiento ha podido implicar para los individuos que lo atestiguaron.

La fragmentación del sujeto en La tregua de los mamíferos recuerda la dicción del primer Vallejo, la misma a la que el poeta y mártir de la Guerra de Abril Jacques Viau Renaud se adosa en su notable himno "Nada permanece tanto como el llanto". Igualmente, es posible atisbar en La tregua de los mamíferos la huellas indiscutibles del René del Risco Bermúdez de "El viento frío" y del Pedro Mir de "Hay un país en el mundo".

La tregua de los mamíferos es un poema llamado a perdurar tanto como los de estos íconos de la poesía dominicana y continental a los que Alexis Gómez Rosa rinde un fino homenaje. Es asimismo su apuesta estética más ambiciosa y lograda en una obra de por sí admirable.


viernes, julio 01, 2016


Pedro Henríquez Ureña y la fundación de la crítica latinoamericana

A los ciento treinta y dos años de su natalicio y setenta de su prematuro fallecimiento, la obra de Pedro Henríquez Ureña reafirma el lugar preeminente de este humanista dominicano fundamental en la historia de la crítica latinoamericana.

Nacido en el seno de una familia de escritores, políticos y educadores, Henríquez Ureña principió su carrera como poeta en sus años de juventud, pero luego de la publicación, en Cuba, de su primer libro: Ensayos críticos (1905), abandonaría definitivamente la poesía para desarrollar una rápida e influyente trayectoria como filólogo, lingüista y crítico literario. 

Hijo de la más celebrada poeta del Santo Domingo de aquel entonces: Salomé Ureña, y del que sería en 1916 presidente de la República Dominicana: el médico y político Francisco Henríquez y Carvajal, Pedro Henríquez Ureña pasó breves períodos en La Habana y Nueva York en los primeros años del siglo XX antes de establecerse en México durante dos fecundos ciclos (1906-1913; 1921-1924) en los cuales afianzó su nombradía como una de las más altas luminarias de su tiempo. 

En México Henríquez Ureña laboró como periodista, académico y crítico teatral y operístico. Su colosal influencia entre la intelectualidad mexicana de ese momento ha sido ampliamente estudiada, al punto de que se le considera uno de los principales responsables del desarrollo de la cultura mexicana moderna junto a Alfonso Reyes, José Vasconcelos, Antonio Caso, Martín Luis Guzmán y el pintor Diego Rivera.

Todos ellos fueron miembros del Ateneo de la Juventud, conocido más adelante como el Ateneo de México, institución formada por un nutrido conjunto de intelectuales comprometidos con la crítica frontal a los postulados de la doctrina positivista institucionalizada durante las tres décadas de Porfirio Díaz en el poder.  

Los "ateneístas", como llegaron a ser conocidos, promovían el estudio profundo de la filosofía clásica y abogaban por una ética intelectual cercana a los preceptos establecidos en la antigüedad por Platón y Aristóteles. Los ateneístas tuvieron un relativo éxito en encausar sus ideas en los currículos universitarios del México de aquel entonces, toda vez que ejercieron una profunda influencia en la obra de toda una generación de escritores que empezaba a despuntar a los inicios de la revolución en 1910. 

La revolución mexicana forzó en Henríquez Ureña una nueva mudanza, esta vez a Cuba y, más adelante, a los Estados Unidos, en donde trabajó como corresponsal en Nueva York y Washington. Este período en la trayectoria de Henríquez Ureña estuvo marcado por sus numerosos escritos de tema político.

Su padre se vio impedido de asumir la presidencia de la República Dominicana a raíz de la invasión estadounidense en 1916. Ante esta tesitura, Henríquez Ureña asumió una postura crítica del imperialismo norteamericano que caracterizaría su horizonte ideológico en los años por venir.

Tras varios años en la Universidad de Minnesota y dos breves estancias en el Centro de Estudios Históricos de Madrid, en donde trabajo en sus investigaciones sobre la versificación español bajo la tutela de Ramón Menéndez Pidal, Henríquez Ureña obtuvo un doctorado en letras hispánicas y comenzó su carrera como académico en la misma institución estadounidense que le confirió el grado en 1918.

En medio de este período de acelerado desarrollo profesional en el mundo académico norteamericano, Henríquez Ureña recibe, en 1921, la invitación de José Vasconcelos para colaborar con la restructuración del sistema educativo y universitario del México postrevolucionario.

Este segundo período mexicano se extendió hasta 1924 y estuvo marcado por el creciente reconocimiento de la fama de Henríquez Ureña como académico e intelectual público, particularmente entre jóvenes escritores como Carlos Pellicer, Salvador Novo y Xavier Villaurrutia. Es en estos años que Henríquez Ureña comienza a teorizar sobre Hispanoamérica como unidad cultural. Los primeros indicios de esta idea se hallan en "La utopía de América" (1922) y encuentra su más acabada plasmación en Historia de la cultura en la América hispánica, estudio publicado de manera póstuma en 1947.  

En 1924 Henríquez Ureña se vio en la necesidad de emigrar a Argentina a causa de sus desavenencias con Vasconcelos y otros intelectuales mexicanos. Allí se empleó como maestro de literatura y gramática en el Colegio Nacional de La Plata, a las afueras de Buenos Aires.

En sus años argentinos Henríquez Ureña se codeó con la intelectualidad más granada de esos años: Jorge Luis Borges, Amado Alonso, Victoria Ocampo, Ezequiel Martínez Estrada, Arnaldo Orfila Reynal, Alejandro Korn. Asimismo, en Argentina Henríquez Ureña colaboró con dos revistas literarias que marcaron una época: Martín Fierro y Sur.

Para un intelectual de su estatura, la obra de Henríquez Ureña es relativamente escasa, además de que se encuentra dispersa en revistas de España e Hispanoamérica. Sus dos primeros libros: Ensayos críticos (1905) y Horas de estudio (1910), se fraguaron a partir de compilaciones de ensayos. Lo mismo acaece con la que probablemente sea su contribución más importante a la historia literaria del continente: Seis ensayos en busca de nuestra expresión (1928).

En esta monumental compilación Henríquez Ureña erige una suerte de archivo de la literatura latinoamericana al cartografiar las marcas de un eje cultural propio de la región que se había venido fraguando desde los tiempos de la colonia y que no empieza a consolidar su "expresión perfecta" sino hasta los años convulsos del surgimiento de las primeras repúblicas hispanoamericanas en los albores del siglo XIX.

El catálogo erudito elaborado por Henríquez Ureña en los Seis ensayos en busca de nuestra expresión se convirtió de inmediato en referencia obligada para las sucesivas tentativas de plasmación de un archivo literario latinoamericano. De ahí que el camino trazado por Henríquez Ureña con este libro en la historia de la crítica del continente no haya perdido vigencia a casi noventa años de su publicación original.




viernes, junio 17, 2016


Pedro Henríquez Ureña al sol de hoy

¿Para qué desempolvar un clásico? Pedro Henríquez Ureña es una referencia obligada en los planes de estudio de la carrera de letras hispánicas en los principales centros del saber del continente; con todo, sus textos más emblemáticos (Seis ensayos en busca de nuestra expresión, Las corrientes literarias en la América hispánica, Historia de la cultura en la América hispánica) se recuperan mayormente por su carácter de archivo erudito y no por la vigencia que las ideas allí expuestas puedan tener en los debates actuales en torno a las culturas de Latinoamérica. 

Sin duda, el relativo olvido de Henríquez Ureña en los circuitos del saber académico tiene que ver con la continuidad de la empresa intelectual que el pensador dominicano desarrolló desde sus primeros textos publicados, esto es, un proyecto orientado a definir una cultura integradora para la región basada en la exaltación de la herencia hispana.

Desde la perspectiva de los debates académicos contemporáneos, el intento de uniformidad de Henríquez Ureña es suficiente para activar todas las alarmas. De hecho, si se piensa en su definición pretendidamente inclusiva de cultura, es preciso reconocer que esa intranquilidad se fundamenta en razones más que válidas. Ahora bien, a pesar de las obvias zonas problemáticas de su pensamiento, en la obra de Henríquez Ureña hay aspectos importantes que rescatar, sobre todo en lo tocante al papel del intelectual y la función social de la crítica.

Henríquez Ureña contribuyó de manera significativa a la historia de las ideas en torno a las responsabilidades del intelectual en la sociedad; sin embargo, visto a través del prisma crítico del mundo contemporáneo, modulado como está por la influencia del posestructuralismo de las últimas tres décadas, este aspecto fundamental pasa las más de las veces desapercibido.

En el ámbito intelectual vigente más allá de los corredores de las universidades dominicanas, en el cual se tiende a desconfiar de la referencialidad y de la capacidad del intelectual para hablar de sí mismo o de los demás, Henríquez Ureña no pasa de ser una oscura figura del panteón intelectual latinoamericano, una curiosidad de museo a la que se vuelve con un respeto no exento de cierta indiferencia provocada por ciertos protocolos de lectura que dictaminan cánones y modas teóricas. Sin embargo, hay matices de la prédica humanista de Henríquez Ureña que tienen hoy por hoy una indiscutible vigencia, en particular en lo tocante al lugar del intelectual en el espacio social.

Ciertamente, en los albores del tercer milenio Henríquez Ureña no debería ser estudiado únicamente por sus tratados filológicos. Enfrentarse a su obra implica abordar cuestiones fundamentales en las sociedades de hoy, como lo son: el papel del intelectual en la sociedad; la compleja interrelación entre el ámbito de la producción intelectual y la esfera pública, entre convicción ideológica y práctica intelectual, y, en particular, el reflexionar en torno a la importancia de la existencia de espacios autónomos en donde pueda aflorar la semilla del pensamiento crítico.


La historia de América Latina nos ha enseñado mucho acerca de los peligros de imponer un punto de vista que se disfraza de universal, pero que es a fin de cuentas exclusivista. La experiencia histórica del continente ha sido aleccionadora en cuanto a mostrar que los reclamos de universalidad pueden usarse para silenciar al llamado “otro subalterno”, que a veces esos reclamos no hacen más que enmascarar los intereses de aquellos que controlan los hilos del poder.

Ahora bien, a la par de esa recuperación del conocimiento subalterno, debe haber una suerte de imperativo moral en cuanto a proteger, en la medida de lo posible, la relativa autonomía de los intelectuales frente a la interferencia de intereses políticos y económicos. Para bien o para mal, no es posible abandonar del todo la búsqueda de ideales de universalidad, aunque estos han de estar afincados siempre en la realidad local. A este respecto, resultan reveladoras las palabras de Edward W. Said, consecuente apologista del compromiso intelectual, en Humanismo y crítica democrática (2004):

“No hay contradicción alguna entre la práctica del humanismo y la práctica de la ciudadanía participativa. El humanismo no tiene nada que ver con el alejamiento de la realidad ni con la exclusión. Más bien al contrario: su propósito consiste en someter a escrutinio crítico más temas, como el producto del quehacer humano, las energías humanas orientadas a la emancipación y la ilustración o, lo que es igualmente importante, las erróneas tergiversaciones e interpretaciones humanas del pasado y el presente colectivos”.

Evidentemente, se corren muchos riesgos cuando se abandona la autonomía de la práctica intelectual; Henríquez Ureña lo vivió en carne propia en sus años mexicanos y argentinos. Pero, como también lo entendió el maestro dominicano, es un deber correr esos riesgos y tomarlos en serio.


martes, junio 14, 2016

La masculinidad trujillista en la literatura dominicana

En los últimos diez años la literatura dominicana ha recibido una considerable atención en la academia norteamericana y europea. Lamentablemente, salvo contadas excepciones, estos estudios no han llegado a conocerse en la República Dominicana. 

Entre los libros recientes sobre literatura dominicana producidos desde la academia norteamericana figura Masculinity after Trujillo: The Politics of Gender in Dominican Literature, de Maja Horn, publicado en 2014 por la University Press of Florida, una de las más reconocidas del mundo académico norteamericano por su catálogo dedicado a los estudios del Caribe.

El libro de Maja Horn presenta un acercamiento interdisciplinario a un tema inquietante y de mucha actualidad: la vigencia de cierto discurso dominante de la masculinidad que da forma y sentido a las prácticas políticas y culturales de República Dominicana a partir de los inicios de la dictadura trujillista. Para examinar esta cuestión, la profesora de Barnard College (Nueva York) recurre a herramientas analíticas del campo de la sociología con las que aborda un interesante conjunto de obras literarias dominicanas. 

Una de las hipótesis que la profesora Horn prueba de manera contundente es el modo en que las concepciones de masculinidad propias de la cultura estadounidense han incidido en la formación de las relaciones de género en la cultura dominicana moderna, una afirmación ciertamente provocadora en lo tocante a la interpretación de la historia cultural de nuestro país.   

Otro elemento a destacar del libro de Horn es la selección de textos literarios que sirven de base a sus conjeturas en torno al género y el sujeto en el contexto dominicano. Horn inicia su análisis examinando las novelas De abril en adelante (1975) y Uña y carne (1999), de Marcio Veloz-Maggiolo. En ellas identifica una clara tendencia a perpetuar el patrón de masculinidad asociado históricamente a la época de Trujillo.

Horn también presta atención a la obra de Hilma Contreras, en la cual identifica un alejamiento de las concepciones de género propias del trujillismo para proponer un paradigma alternativo de relaciones sociales basado en la solidaridad y la acción colectiva. A este respecto, su lectura de La tierra está bramando (1986) es particularmente iluminadora.

Los últimos dos capítulos de Masculinity after Trujillo amplían la hipótesis en torno a la manera en que el modelo de masculinidad trujillista estructura las relaciones sociales y políticas en la República Dominicana del tercer milenio, tanto en el contexto de la isla como en la diáspora. Los textos que privilegia en esta parte de su estudio son las novelas Papi (2005), de Rita Indiana, y The Brief and Wondrous Life of Oscar Wao (2008), de Junot Díaz.

Es claro que la profesora Horn está al corriente de los debates actuales de la crítica en los estudios del Caribe; sus diálogos con la obra de Raphael Dalleo, Dara Goldman y Shalini Puri, entre otros, así lo confirman. Con todo, en lo tocante a la teoría cultural su repertorio crítico es limitado. 

En este sentido, el empleo recurrente de las teorías del filósofo argentino Ernesto Laclau sobre la hegemonía, pieza fundamental en el argumento de la profesora Horn, pudo haberse enriquecido con la incorporación de los planteos recientes de otros teóricos que han abordado los modos de intervención imperialista a nivel planetario, como es el caso de Neil Lazarus, Stephen Shapiro y Benita Parry desde la academia inglesa.

Ciertamente, el debate en torno al paradigma de masculinidad dominante en el contexto dominicano que Maja Horn expone en su estudio invita al examen del archivo literario dominicano de la postdictadura en busca de renovadas lecturas.