martes, junio 19, 2018


Santo Domingo y Haití en el horizonte decimonónico

A ambos lados de la isla, la narrativa dominante en torno a la historia de Haití y República Dominicana enfatiza las dilatadas tensiones entre los dos países. Si bien es cierto que es posible identificar múltiples patrones de conflicto, hay que señalar también los numerosos ejemplos de relaciones armoniosas y mutuamente favorables. 

El libro de Anne Eller: We Dream Together. Dominican Independence, Haiti, and the Fight for Caribbean Freedom (Duke, 2016), indaga en estos aspectos poco explorados de la historia de la emancipación dominicana.

El estudio, documentado con material del Archivo General de la Nación, abarca un período de cuarenta y tres años que principia con la consolidación del territorio insular por parte de Boyer en 1822. A partir de ese momento, Eller examina el caótico devenir de la nación dominicana para alcanzar su independencia en 1844, explica los meandros de la subsecuente anexión a España en 1861 y culmina su análisis con una puntillosa relación del restablecimiento de la soberanía en 1865.

La profesora de la Universidad de Yale ausculta este período de la historia dominicana recurriendo a un archivo muy particular: recortes de prensa de medios españoles, haitianos y dominicanos; documentos aduanales, comunicados y cartas oficiales de autoridades españoles en Cuba, Puerto Rico y Santo Domingo.   

El recuento de la historiadora parte del trabajo de Pablo Mella en su excelente ensayo Los espejos de Duarte (2013) para arrojar luz sobre las tensiones raciales con las que debieron lidiar los dirigentes de la naciente república para poder hacer viable su proyecto político.      

Asimismo, Eller explora la precaria situación del nuevo estado frente a las maquinaciones imperiales de Francia, Inglaterra, España y Estados Unidos. De ese contexto privilegia el accionar de Pedro Santana y la élite económica de la capital en la reincorporación del territorio nacional a España en 1861.

Eller examina a profundidad los intríngulis de esa transición. Uno de los puntos más sobresalientes de los muchos que aborda tiene que ver con la dificultad que implicó para los españoles el tratar de gobernar la nueva colonia con las leyes de la antigua república. Particularmente complicado era el asunto de la esclavitud, que había sido abolida en la República Dominicana, pero continuaba vigente en los territorios españoles de Cuba y Puerto Rico.

La complejidad de la empresa colonial en Santo Domingo resultaba a todas luces desmedida si se piensa en que España manejaba, al decir de la historiadora, "una jurisdicción sin esclavitud ni distinciones de raza a nivel legislativo", al tiempo que fomentaba un incipiente capitalismo con la ayuda de la élite económica.

El proyecto capitalista español en Santo Domingo se basó principalmente en la inmigración blanca y en menor medida en el trabajo por contrato de peones de otros grupos étnicos. En su tentativa de consolidar su proyecto económico, las autoridades españolas recurrieron a periódicos dominicanos como La Gaceta de Santo Domingo La Razón para diseminar los principios del orden que procuraban establecer en la isla.

El resultado de la implementación de medidas de ajuste al sistema colonial español dio pie al incremento de las tensiones raciales y a la demonización de Haití como adversario político y cultural. Este último aspecto no hay que tomarlo a la ligera, puesto que constituye el eje de la ideología antihaitiana que ha colonizado el imaginario dominicano hasta hoy día.  

En los capítulos finales, Eller describe las complejidades de la Guerra de la Restauración subrayando la importancia de la ayuda del gobierno haitiano a la causa dominicana. Otro aspecto importante destacado por la historiadora es el rol de la mujer en el curso de la contienda dando la voz de alarma a los vecinos atrapados en las zonas de conflicto.

Eller dedica sugerentes páginas a subrayar el carácter popular de las fuerzas rebeldes y la estatura heroica de sus principales dirigentes. También deja bien establecida la idea de que la emancipación dominicana de España fue una empresa que se desarrolló sin la intromisión de las potencias imperiales de la época.

El estudio de Anne Eller, como antes los de Silvio Torres-Saillant, Ernesto Sagás y Eugenio Matibag, examina críticamente la historia dominicana enfocándose en las siempre controvertidas variables de la raza y la nación. Se trata de un libro importante, tanto por la profundidad del análisis como por la lectura singular de la hazaña restauradora y la valoración de Haití como agente positivo al interior de dicha gesta.


martes, junio 05, 2018


Elogio de la amistad

Por años, Arturo Dávila realizó a pie el trayecto de su casa hasta la facultad de Humanidades de la Universidad de Puerto Rico. Lloviera o no, caminaba con un enorme paraguas que lo hacía inmediatamente reconocible en las aceras vacías de Hato Rey y Río Piedras. 

No ha pasado por la universidad un maestro de mayor nobleza. Su formación académica era en Historia del Arte, en la que era un cabal erudito, pero la verdadera medida de su sabiduría se encontraba más allá de los libros, en la devoción por la amistad y la práctica cotidiana del desprendimiento, virtudes tan raras en los tiempos de la prisa.   

Su mordacidad y gracia eran proverbiales. Alguna vez llamó con la mano a uno de esos perros de la calle que se paseaban por los edificios de la facultad y disertó sobre el arte renacentista acariciando al can. Concluida la clase, lo despidió con una célebre sentencia: "Ahora puedes irte, has sido rey por un día". 

No le echaba azúcar al café porque decía que a sus años había tomado tanta que ya parecía "un terrón". Solía esperar en la oficina del Departamento de Arte a que llegara su hora de enseñar; al colega insolente que había teñído su pelo de rubio lo despachó en cierta ocasión con una de sus salidas ingeniosas: "¡Caramba, pero qué policromado andas hoy!". 

Arturo practicaba un altruismo tan inverosímil que solo halla equivalencia en las vidas de santos y en las fábulas. Lo material que obtenía con su trabajo lo repartía sin reservas ayudando a quien le hiciera falta. 

Me dicen que momentos antes de expirar pidió a su cuidadora que lo llevara pronto a Madrid porque ya era de noche y el camino largo. Era el Madrid de sus años universitarios. A Arturo le fue concedida esa extraña suerte de regresar al lugar en donde se ha sido feliz. 

Descansa en paz, viejo amigo; hacía mucho que te habías ganado un lugar en ese cielo de los cristianos que quisiste construir en la Tierra con tu incesante generosidad.


martes, julio 11, 2017


"Aquel fuego de una antorcha a lo lejos"

Siendo estudiante escuché de Rubén Ríos Ávila una sentencia que se me antojó feliz: "La victoria del poeta es siempre una victoria pírrica". El puertorriqueño explicaba las derivas estéticas de una figura importante del modernismo, pero aprovechó para explayarse en conjeturas sobre el hacer poético en general, que lograba describir como de una majestuosidad poco menos que mística. He recordado ese aforismo con la lectura de El piano (Bokeh, 2016) de Reina María Rodríguez. 

En este finísimo asedio a lo que no está, lo no dicho, lo ido, lo transformado, la poesía de Reina sale nuevamente airosa, y lo hace con la poética que le ha conferido un lugar de principalía en las letras del continente: la búsqueda reiterativa del sentido en los objetos, espacios, rituales y estampas de una cotidianidad desgajada. 

En los poemas de El piano, La Habana es un universo que se dilata en su fijeza. La ciudad funciona como el eje desde el cual se registra la amplitud del viaje hacia lo hondo de la vivencia. Se trata de un empeño que atraviesa en mayor o menor medida toda la obra de Reina, y que la poeta ha explicado en múltiples entrevistas recurriendo a una metáfora textil, como en esta respuesta a Julio Ramos: "remendar una vida, una casa, una sintaxis". 

La ausencia es el motivo que predomina en estos textos que a los lectores asiduos de su obra les recordarán una apuesta muy anterior, aquel formidable proyecto narrativo titulado ...te daré de comer como a los pájaros... (Letras Cubanas, 2000), de los libros menos atendidos de la producción de Reina. Los poemas de El piano recuperan el tono especulativo de esa antigua dicción en la cual el sujeto no sosiega en la tentativa de teorización en torno a la propia escritura a partir del registro del azar cotidiano. Estos dos objetivos se conjugan en El piano en un balance perfecto. El resultado es tal vez el libro más personal y estéticamente intrigante de Reina: "Me extiendo sobre el papel como una nota falsa/ entre líneas blancas, negras/ (puntitos atrevidos)".


Así pues, la aflicción por el piano de la infancia destruido, la hija y los amigos que han tenido que dejar la isla, los amantes, la juventud y La Habana de otros tiempos funcionan como la entrada al ámbito en donde el sujeto sospecha la definición de una experiencia poética: "Pregunto a las letras: ¿qué dirán?/ ¿Qué poesía traen a mí/ cansada de tanto poetizar la realidad?".

Para María Zambrano la experiencia poética constituye "un lleno y un vacío de insuficiencia". La máxima de la filósofa española halla un eco preciso en los textos de El piano, pero la medida de la falta en la escritura de Reina implica también un elemento de iluminación. Esta lectura sobresale particularmente en "Morir dos veces", el poema con que abre la colección: "Después del llanto vino una serenidad espectral/de actores que pierden el maquillaje/ que se descorre con la lluvia./ El maquillaje es el dolor, la lluvia va borrándolo,/ descorriéndolo/ y aparece otro rostro, no más real, sino más lúcido".

El piano es la más reciente escala del viaje de Reina María Rodríguez en procura de esa tantálica claridad que encuentra en la poesía, un viaje que le ha dado a la literatura latinoamericana uno de sus más admirables objetos de culto. NR


domingo, marzo 19, 2017


Reinbou: la nueva novela de un escritor de oficio

Cuando en 1990 su nombre empezó a sonar en los corrillos literarios de San Juan al obtener el primer premio del Certamen de Cuentos de la Facultad de Estudios Generales de la Universidad de Puerto Rico, Pedro Cabiya hacía rato que era un escritor con el don y la disciplina de los grandes cultores de la narrativa. No en balde el jurado del reconocido certamen, integrado por autores consagrados, lo sometió a un insólito careo antes de informarle que había merecido el galardón; a ese nivel llegó la sorpresa de los evaluadores al leer “La madre”, escrito por un mozalbete de diecinueve años. 

Desde entonces, sin prisa pero sin pausa, Cabiya no ha dejado de afianzar una de las obras de mayor relieve y vitalidad en el ámbito caribeño. A las dos impresionantes colecciones de cuentos que establecieron su nombradía entre los narradores de la región: Historias tremendas (1999) e Historias atroces (2003), le han seguido las novelas La cabeza (2005), Trance (2007), Saga de Sandulce (2009), Malas hierbas (2011) y María V. (2013). Su última apuesta novelística es Reinbou (2017), puesta a circular recientemente a la par del estreno en Santo Domingo del film homónimo dirigido por Andrés Curbelo y David Maler. 

Si algo distingue a Cabiya en el panorama literario del Caribe hispano, y hasta del Gran Caribe, es la laboriosidad que denota su entramado narrativo, minuciosamente hilvanado. Cabiya es un escritor de plan y bosquejo; de trazar un mapa de la acción antes de escribir la primera línea, de crear situaciones que cautiven al lector, llevándolo de la mano hacia un tercer acto anunciado desde la primera página con pistas, guiños y plantes sutiles. 

Cabiya es uno de esos escritores que se sienta a escribir sabiendo exactamente hacia dónde va: un escritor de oficio, “un buen ebanista”, según su comparación favorita. Enemigo del poema en prosa, del flujo de consciencia, de la escritura automática, el deus ex machina y demás soluciones fáciles con que el escritor inmaduro enmascara su impericia, Cabiya ha pasado de la precoz madurez en su juventud a la maestría en su medianía de edad. En realidad se puede afirmar que nunca exhibió la huella del aprendiz, como bien observara la novelista Marta Aponte en una entrevista que le hiciera al puertorriqueño hace más de veinte años.

En Reinbou, Cabiya indaga en la memoria histórica de República Dominicana, su país de adopción desde hace poco más de dos décadas, específicamente en lo tocante a la Guerra Civil de 1965. Librada por el afán de expulsar al ejército estadounidense y restaurar el orden constitucional que garantizaba la presidencia de Juan Bosch, esta contienda es el eje sobre el cual gravita la educación sentimental de un niño en el Santo Domingo de los años setenta. La imaginación de este niño lo lleva a enredarse en aventuras que rayan en lo fantástico hasta ocasionar pequeñas revoluciones personales en los sujetos con los que interactúa. 

En un tono duro y preciso, pero no exento del humor inteligente que recuerda al más grande de los narradores puertorriqueños: Luis Rafael Sánchez (1936), Cabiya deshilvana la madeja de intrigas de la Guerra de Abril y sus derivas en la sociedad dominicana de hoy, que bien podrían ser las de cualquier país latinoamericano del tercer milenio.

La historia de invasiones de los Estados Unidos en América latina, con todas sus aristas de agresión injustificada, abuso de poder y oportunismo económico y político, se presenta en Reinbou con verdadera crudeza, al punto de que el Santo Domingo del 65 acaba convirtiéndose en arquetipo del accionar intervencionista norteamericano. 

El entramado de la novela está tan estrechamente entretejido que es difícil reseñarla sin revelar las sorpresas y echar a perder el desenlace. Baste con decir que los personajes son fuerzas vitales psicológicamente coherentes y memorables, y que cada cual se traslada a lo largo de un arco clásico que al final lo redime o lo condena. No hay cabos sueltos en las obras de este escritor maníaco y obsesivo.

De los personajes resalta Inma, la mamá de Maceta, figura femenina principal de gran complejidad, en la que Cabiya deposita una carga de cinismo derrotista que no desdice de su ansia de sobrevivencia a prueba de todo. Molina, el testaferro sin escrúpulos, forma con el capitán Horton un binomio trágico; Puro, el idealista al que le cuesta mantener los pies en el suelo, y del que todos se aprovechan, sienta las bases de una utopía posible; y Oviedo, el personaje agónico por excelencia, representa el centro neural de una intriga que abarca una década, desde el golpe de estado que depone a Bosch hasta el apogeo de Balaguer. Pero es Maceta, diez años después de la invasión norteamericana, quien pone en ejecución un legado revolucionario que transforma su entorno. Soñador, pero de mente científica; distraído, pero metódico y maduro para su edad, Maceta lleva en una libreta especial el registro de los artefactos que encuentra tirados por ahí en las calles del barrio, y que adquieren ante su mirada una identidad esencial, mágica: ventanas a una realidad alterna.

La novela se alza también sobre una compleja red de símbolos. En efecto, a medida que se avanza en la lectura, el basurero, la pala, la valija, las garzas y otras cosas alcanzan una densidad que va más allá de lo figurativo. Lo mismo se puede decir del acto de enterrar y desenterrar, que funge como catalítico en una novela que problematiza constantemente la noción de su propia historicidad. Y ni hablar del uso de los nombres propios. En pocas palabras, Reinbou es mitad novela, mitad parábola.

Por conmovedor que sea su desenlace, el peculiar sarcasmo de Cabiya se hace sentir con intensidad en una voz narrativa que, dicho sea de paso, constituye una de las más valiosas sorpresas de la historia.

Como suele ocurrir con las adaptaciones literarias al cine, la versión fílmica de Reinbou no logra recoger la riqueza de la novela. De todas las corrientes que cruzan el delta de Reinbou, los productores de la película, quizá con el objeto de mantener la historia lo más sencilla posible, parecen haber optado por aislar una sola: el afán de Maceta por saber quién era su padre, algo que no aparece en la novela. La liberación de las gemelas: Clarisa y Melisa, de la misma Inma, uno de los segmentos más divertidos y emocionantes del libro; y de Oviedo, una secuencia de acción que ocupa cinco páginas, quedan eliminadas o diluidas. 

En la novela, un pasaje con el que la voz narrativa da fin a una disquisición sobre el sentimiento de culpa de los países desarrollados confiere sentido al título y su grafía no autorizada, episodio ausente en la versión fílmica. La narración, que alterna sucesos de 1965 y 1976, delimita los tiempos históricos fácilmente, pues cada capítulo lleva por nombre uno de esos años. Al film se le hizo cuesta arriba preservar estas transiciones. La gama de “tesoros” rescatados por Maceta, así como sus efectos en el barrio, es reducida a tres. Asimismo, el contenido de la valija revelado en la novela nunca aparece en la película. Por último, sorprende en el film la ausencia de uno de los personajes más alucinantes del relato: la demente y crudelísima teniente McCollum.

Sin embargo, hay que reconocer que Reinbou, el film, logra captar una esencia poética digna de ser presenciada en una sala de cine. La fotografía es espectacular, y el vestuario y decorado precisos y evocativos. La banda sonora, sin embargo, no logra zafarse de un tono algo agridulce y romántico. Pero, por encima de todas las cosas, hay que destacar que Nashla Bogaert deja la piel en su interpretación de Inma al revelar un registro que la posiciona como una actriz del más alto calibre. 

Después de la exitosa apuesta por la combinatoria de ficción especulativa y detectivesca en Malas hierbas (cuya traducción al inglés es finalista de los premios Foreword Indies en el renglón de ciencia ficción), en Reinbou Pedro Cabiya lleva su poética literaria a niveles más altos de osadía y sofisticación sin perder de vista el sesgo lúdico tan caro a su prodigiosa narrativa.




martes, marzo 07, 2017


Los "principios" de Pedro Henríquez Ureña

Entre los comentaristas actuales de la obra de Pedro Henríquez Ureña el aporte de Arcadio Díaz Quiñones ha pasado prácticamente desapercibido. La omisión es inexplicable si se piensa en las aristas que el crítico puertorriqueño pone en evidencia en la biografía intelectual de Henríquez Ureña, y que constituyen aspectos poco atendidos o completamente obviados por sus exégetas.  

La contribución de Díaz Quiñones, contenida en un extenso capítulo de su libro Sobre los principios: los intelectuales caribeños y la tradición (Universidad Nacional de Quilmes, 2006), consiste en rastrear en la vida y obra de Henríquez Ureña las marcas de sus afanes por hacerse de una "tradición" que fuera a la vez prescriptiva de un canon cultural para Latinoamérica. 

La forja de esa tradición implicaba la identificación de lo que Díaz Quiñones denomina, a partir de la terminología del Edward Said de Beginnings (1975), un "principio". Para Said el "principio" implica un acto de voluntad propia por establecer los comienzos de un saber determinado, contrario al "origen", que remite al mito y tiene por ello un cariz colectivo. El principio funciona por tanto como una marca arbitraria cuya función es producir un relato que modifique la tradición precedente al tiempo que legitime lo que cabe o no dentro de ese relato.   

Díaz Quiñones entiende que en Henríquez Ureña el principio comprendía una nueva narrativa de la cultura latinoamericana. A partir de esta premisa el puertorriqueño procura identificar las contradicciones con las que hubo de lidiar Henríquez Ureña para asegurar la coherencia de ese relato.

Uno de los ejes que privilegia Díaz Quiñones al explorar los dilemas retóricos que afloran en el pensamiento de Henríquez Ureña es la construcción de una "tradición nacional dominicana" que "era contraria al mundo afrocaribeño" (p. 174). Este es un filón que también ha explorado, aunque con un dejo de acritud, Fernando Valerio Holguín en "Pedro Henríquez Ureña: utopía del silencio" (2012) y, de modo más ecuánime y con atención al contexto histórico, Juan R. Valdez en Tracing Dominican Identity (2011). 

Díaz Quiñones se cuida de matizar este elemento urticante en la idea de tradición dominicana del maestro aduciendo que "[n]ada de esto constituye una peculiaridad idiosincrática de Henríquez Ureña o de los dominicanos". En efecto, el escamoteo del elemento afrocaribeño en la narrativa nacional se halla por igual en la obra de otros intelectuales antillanos de ese momento, como por ejemplo la del puertorriqueño Antonio S. Pedreira (1899-1939) y la del cubano Fernando Ortiz (1881-1969). De hecho, Díaz Quiñones dedica un capítulo a Ortiz en el que da cuenta del tránsito radical del cubano hacia maneras más inclusivas de teorizar la cultura de su país. Como puede apreciarse en su obra tardía, Pedro Henríquez Ureña experimentó un tránsito similar.

Otra de las variables que privilegia Díaz Quiñones es el papel que la condición de eterno exiliado de Henríquez Ureña jugó en el curso de sus teorizaciones. El exilio convirtió al dominicano en modelo del intelectual moderno no solo en lo tocante a su contacto con los "movimientos artísticos, intelectuales y políticos" (p. 175) de la época, sino en su concepción de la cultura como un archivo que habría de renovarse sin prescindir del todo del pasado, una consideración que lo acerca al pensamiento de otro nostálgico intelectual del exilio: Walter Benjamin.

Las pesquisas de Arcadio Díaz Quiñones en torno a Pedro Henríquez Ureña revelan aspectos de sus derivas intelectuales que van más allá del acendrado hispanismo en el que todavía se detiene la crítica sobre el humanista. Díaz Quiñones retrata en Henríquez Ureña al "gran artífice del concepto moderno de la cultura hispanoamericana" (p. 167), pero tiene el tino de no convertir su lectura en una hagiografía, puesto que ciertamente no hay héroes impolutos. 

  

viernes, marzo 03, 2017


Las Obras completas de Pedro Henríquez Ureña 

Desde 2013, cuando el Ministerio de Cultura publicó los primeros tomos de la más reciente iniciativa de recopilación de las Obras completas de Pedro Henríquez Ureña, hasta 2015, cuando aparecieron los restantes siete tomos, los estudiosos del legado del maestro dominicano cuentan con una herramienta de trabajo cuidada con esmerado rigor por Miguel D. Mena. 

La labor de Mena ha sido verdaderamente hercúlea. Invirtió largos años de trabajo de sabueso literario escarbando en bibliotecas de todo el continente; contactando a los discípulos del maestro, trabajando mano a mano con doña Sonia Henríquez en el inventario de todo lo que su padre había dejado a su muerte en la casa familiar, revisando con lupa las tres cajas de documentos personales del Archivo Pedro Henríquez Ureña en el Colegio de México. 

El camino abierto por Juan Jacobo de Lara en 1976 con el primer intento de recoger toda la obra de Henríquez Ureña apenas marcó un empeño que la iniciativa de 2003 por parte de la Secretaría de Estado de Cultura no pudo mejorar. La de Mena es ciertamente la más exhaustiva tarea de recopilación. A esto hay que agregarle el rigor en cuanto al establecimiento de los textos.

En efecto, Mena se tomó muy seriamente su trabajo editorial. No solo reunió todo lo conocido del maestro, sino que cotejó línea por línea las diferentes versiones de los textos que Henríquez Ureña dio a la imprenta. Las variantes que el gran humanista introdujo en sus textos fueron recurrentes. En las numerosas notas que acompañan cada tomo, Mena las identifica todas, incluso las que Henríquez Ureña realizó de su puño y letra en los manuscritos que se conservan en El Colegio de México. Se trata de un recurso invaluable tanto para el especialista como para el lector curioso por conocer la manera en que funcionaba el taller del filólogo. 

La aparición de los catorce tomos de estas Obras completas no ha sido saludada por ninguno de los especialistas dominicanos; es más, los comentaristas actuales de la obra de Pedro Henríquez Ureña ni siquiera citan a partir de este archivo, sino que recurren a lo recogido por Juan Jacobo de Lara en los años setenta. Justo es celebrar el resultado de un esfuerzo tan encomiable como el de Miguel D. Mena. 

El legado de Pedro Henríquez Ureña está aún lejos de poder considerarse identificado a cabalidad. Hay grandes lagunas, sobre todo en lo tocante a su epistolario de los años argentinos, que solo podrán cubrirse cuando ciertos figurones del mundo intelectual dominicano empiecen a mostrar magnanimidad compartiendo los tesoros que esconden en sus bibliotecas. 

martes, febrero 28, 2017


En defensa de la Universidad de Puerto Rico

Llegué a la Universidad de Puerto Rico en Río Piedras en agosto de 1989. Fui aceptado en la facultad de Administración de Empresas porque, para variar, yo no sabía lo que quería hacer con mi vida. Un año y pico duró mi confusión, hasta que una tarde una buena amiga me invitó al apartamento que compartía con su padre, profesor de la facultad de Educación. 

El facundo catedrático me convidó a sentarme en el balcón, preguntó cómo me iba en las clases, si estaba contento... Algo habrá intuido cuando la conversación se encaminó hacia temas literarios porque me pidió que lo encontrara al otro día frente a la facultad de Humanidades.

De la mano de este peculiar Virgilio que realizó por mí todos los trámites para cambiar a la carrera de Literatura Comparada empezó en verdad mi experiencia como estudiante de la mítica UPR y la vida como hasta hoy día la conozco. A la educación que recibí en ese centro de estudios, y que no fue solo libresca, le debo todo.

La UPR no era la antigua Alejandría, pero aprendí allí de sus sabios; entre ellos Luce López-Baralt, Arturo Echavarría, Susan Homar, Esteban Tollinchi, Arturo Dávila, Aracelis Rodríguez, Ada-Mari Vilar, Rubén Ríos Ávila, Lowel Fiet y Malena Rodríguez Castro. 

El magisterio de estos sabios era clásico en su afán de perfección y teutónico en su amplitud y hondura, como el que preconizaba Pedro Henríquez Ureña. De hecho, la UPR le confirió a nuestro insigne humanista el grado de doctor honoris causa en 1932, y abrió las puertas de sus aulas como educadores a otros dos gigantes de la historia intelectual dominicana: Max Henríquez Ureña y el profesor Juan Bosch.

Son legión los estudiantes dominicanos que han pasado por las aulas de la UPR en busca de formación de excelencia, particularmente en áreas relacionadas a las ciencias, ingeniería y humanidades. Esa cantera del saber especializado se halla en peligro de colapsar a causa de un inminente recorte de 300 millones de dólares a su asignación presupuestaria por parte del gobierno. Esta medida draconiana llega a solicitud de una Junta de Control Fiscal enviada por el congreso estadounidense para supuestamente balancear las finanzas de Puerto Rico, y que funciona con las mismas prerrogativas que aquella que se le impuso a la República Dominicana a principios del siglo pasado.

La crisis económica por la que atraviesa Puerto Rico es severa. Son miles de millones de dólares los que debe su gobierno a acreedores afincados en Wall Street. La receta para semejante endeudamiento es semejante a la que ha caracterizado el accionar de los gobiernos dominicanos de las últimas décadas: el recurrir a empréstitos cuyas condiciones de amortización no se pueden satisfacer sin provocar más endeudamiento.

Este patrón ha tocado fondo para el gobierno de Puerto Rico, que con sus palos a ciegas intenta esquilmar la institución de educación superior que más frutos ha dado al desarrollo de la isla hermana en todos los ámbitos. Los diversos sectores que integran la Universidad de Puerto Rico (estudiantes, profesores, empleados no docentes) y buena parte de la sociedad civil han cerrado filas en defensa de la universidad pública. Con ellos habría que hacer causa común ante los jerarcas que procuran desmantelarla.