lunes, agosto 22, 2005



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Cuando vivía frente a las gemelas tenía un Honda Accord del 84. La vieja se lo compró entero y casi regalado a Joe Brennan, pero en cuestión de pocos meses me encargué de hacer redonda su cuadrada carrocería. El primer choque fue en la Domenech una mañana de domingo en que el tiempo se detuvo. Todavía recuerdo el sonido seco del otro carro estrellándose por el lado del pasajero. Por suerte el afable don que me chocó se encargó de poner el Honda como nuevo. Al mes de eso, mi hermano lo cepilló en la Puerta de San Juan y le dejó tres marcas como de felino prehistórico. Después vino mi coronación como el perfecto imbécil de la familia, mote que hasta el sol de hoy me sigue acompañando no matter how high I go


Una tarde de miércoles al salir de La Merced estaba yo echándole los perros a la hermanita de Eduardo cuando la idiota de Angie me empezó a acosar. –“Polfa, polfa, déjame sacar el carro del parking. Polfa, polfa...”. 

Cuando las cosas están para uno de poco sirve el juicio o la buena educación; vale mejor no pensar en nada y aceptar los azotes odiosos del destino. Tanto insistió la Angie, tanto interpuso su cara redonda entre Pilar y yo, tanto me mostró sus braces de gomitas rosa que para librarme del sonsonete accedí y le di las llaves. 

Angie no sabía guiar standard, y me correspondía a mí, primer morón entre iguales, darle unas ideas vagas de cómo hacerlo antes de que llegara la mamá de Pilar y se llevara a su nena a Monte Albernia. Angie me escuchó con una pizca de atención, tomó las llaves y se dispuso a poner en práctica lo explicado por mí en dos apretados minutos. –“Cloche, riversa y acelerador”, repitió en voz baja. –“Cloche, riversa y acelerador”, repitió nerviosa. –“Cloche, riversa y acelerador”, gritó histérica… BOOOM /&%*$”(/%·!!!!........... 

Tres años me costó enderezar la parte de atrás del Honda y otros dos conseguir un bumper negro de un Accord 86 que no le servía del todo. Lo compré en Manuel A. Pérez por cincuenta dólares. Con un taladro le hice un par de hoyitos a la carrocería en casa de Javier. Le pusimos aquello a la brava y Javier (aka La Rubia) estaba eufórica. 

El Honda me duró todavía tres años más y no volví a maltratarlo. Cuando se lo regalé a mi hermano antes de irme a vivir a Atlanta le pedí que se lo llevara cuando ya yo no estuviera en la casa. Me dijo que en el 97 lo llevó a inspeccionar y el tipo del garaje le preguntó que si estaba jodiendo.


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