miércoles, agosto 24, 2005



Boquetanque

En la Semana Santa del 93 fui con mi grupo de boricuas al Palacio de los Deportes Virgilio Travieso Soto. Era el momento de ver en acción a los grandes del baloncesto dominicano: “Grillo” Vargas, Vinicio la “Pantera Rosa” Muñoz, Iván Mieses y Evaristo Pérez frente al quinteto boricua, liderado por Jerome Mincy, “Quijote” Morales, Fico López y “Piculín” Ortiz. Esa noche auguraba un rato hombruno y deportivo sin igual. La testosterona nacionalista estaba a millón. Una lluvia de chinas masticadas amenazaba con no dejar salir a la escuadra de la Isla del Encanto. Cheo el de Aibonito sacó su banderita puertorriqueña antes de tiempo y un jabao le dijo que estaba jugando "caraquita" y que se iba a sacar. Alberto reaccionó con jaquetonería ante el insulto a su cuate y le ofrecieron dos plomazos. La cosa se estaba poniendo color ají caribe cuando cinco filas más abajo, ya casi al nivel del tabloncillo, se improvisó la más alucinante función. Un corrillo de gente había cercado a un hombrecito regordete y de aspecto andrajoso. Desde arriba parecía un especie de nomo que se aprestaba a hacer malabares. Se oyó a alguien gritar como raptado: -“!Boquetanque, verdugo!”. Lo que pasó después es cosa que raya en los límites de lo narrable. Boquetanque atarazaba una gran piña con los dientes. Caninos e incisivos le facilitaban la labor de desmenuzar fibras, tantear zonas jugosas, escupir flecos, la coraza toda de la piña ahora reducida a casco amorfo forrado de cráteres lunares. La turba vociferaba frenética ante el prodigio. Pero aún faltaba el verdadero espectáculo. En cuestión de unos segundos pude entender el porqué del pantagruélico apelativo. Como si se tratara de palillos de dientes, el hombrecito acomodaba en su boca, una por una y sin aparente esfuerzo, una docena de botellas de Presidente de las pequeñas. La muchedumbre se extasió. El tiempo se detuvo. Esa noche, mientras regresábamos a casa del viejo mío en la Mitsubishi de Lissette, los muchachos no dejaban de preguntarme que qué rayos había sido aquello, que si yo estaba loco, que qué cosa más cabrona.

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