viernes, agosto 19, 2005


Crónica de una feria

Llegaron los escritores a la Feria Internacional del Libro de Santo Domingo y la Plaza de la Cultura trepidaba. Llegaron los escritores y Basilio Belliard, cartapacio en mano, las aceras fatigaba. Llegaron los escritores y el Museo de Arte Moderno los esperaba. Llegaron los escritores, pero uno de los invitados de honor, el italiano Danilo Manera, no daba señales de vida. Dijeron en Alitalia que con ellos no se había montado. Se armó un salpafuera. A Pedro Antonio Valdez le bajó el azúcar; Basilio sudaba nervioso. La noticia volaba y Avelino Stanley subía las escaleras por dupleta para llamar a Emergencias Médicas. No hizo falta la ambulancia porque de la mariconera del insigne babalao José Fernández Pequeño apareció un potecito de alcoholado. Se lo untó a Pedro Antonio en las narices, le aflojó la corbata, le zarandeó la entrepierna; acto seguido, el desmayado reaccionó, se incorporó todavía un poco atolondrado e iluminó uno de sus sobacos con el programa de la noche.

Llegaron los escritores y en el quiosco de Isla Negra se armó un rumbón; Carlos Roberto el hielo rompió meneándole las guaretas a la novelista argentina Mónica Volonteri, quien aceptó el convite con rioplatense bizarría. "La vida es una cosa fenomenal", berreaba Ana María Fuster, desmelenada, mientras Rey Andújar la atajaba de un estrujón. Yara Liceaga quiso sonsacar para el guateque a Miguel Ángel Fornerín, quien se negó con galanura; mala decisión la suya. La poeta infló las narices y le espepitó una dupleta de sambenitos tan hirientes e innovadores que hizo que Miguel Ángel escupiera el trago. A Pedro Cabiya se le apretaron las nalgas, Mario Cancel mal disimuló unos ojos repentinamente aguarapados. La poeta dominicana Taty Hernández se persignó y juró no beber con boricuas por el resto de la noche. Entretanto, desde un rincón bucólico, borracho de taciturnidad, José Mármol oteaba la algazara pensando en Blanchot y los místicos orientales.

Llegaron los escritores y la Secretaría de Cultura se vistió de letras. El tiempo apremiaba y los pasillos eran un fracaso de encomiendas condimentadas con exquisiteces de todo tipo. Vicente Rodríguez Nietszche arribó el primero al banquete protocolar escoltado por Fernando Cabrera, manager de los poetas de Guajana en Santo Domingo. El almuerzo era una delirio de la buena cocina cibaeña, quizás era por eso que nadie se acercaba a probar bocado. Vicente, sin bañar y engrandecido por ese ímpetu que sólo da el afán libertario de un prócer, inició el ataque con una lapidaria que lanzó a la cara del bardo dominicano Alexis Gómez Rosa: "la luh de alante eh la que alumbra, ¡mete mano!". Y, dicho esto, se atragantó unas arañitas. Alexis secundó la iniciativa con quisqueyano arrojo, lo que atrajo la atención de un corrillo de poetas que poco a poco se fue acercando para practicar el antiquísimo arte del cacheteo. Sólo Alberto Martínez Márquez aguardaba sentado en un canapé de mimbre pensando en la literatura de los 80 y la mañana. En el hormigueo del bufet no se podía distinguir más que la voz aflautada de Sergio Pitol, quien disertaba con vehemencia sobre los valores afrodisiacos de las fajitas de salmón. En oyendo esto, Alberto despertó de su letargo. Por el escozor en las axilas y el cosquilleo del bajo vientre supo que él también tenía un cuerpo que gobernar, necesidades que satisfacer, y se asombró. Lo que pasó después no lo puedo relatar porque mi amiga Etnairis Rivera después de ahí ya no recuerda nada más.

Foto cortesía de Alberto Martínez-Márquez

1 comentario:

  1. Hermano, ese bonche estuvo muy bueno en la vida, ay!, espero ver más fotos de la Feria y a ver si a Basilio le da la gana de invitarme el año que viene

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