miércoles, marzo 01, 2006


Reina María Rodríguez,
un coágulo, una mancha

¿Cómo intentar siquiera, en apenas dos o tres páginas, dar cuenta de la trayectoria poética que ha hecho de Reina María Rodríguez (La Habana, 1952), al menos en mi opinión, la voz más importante de la poesía cubana más reciente? [1] Dada la dificultad que ello implica, me limitaré aquí a proponer espacios de lectura a partir de los cuales acercarnos a Reina, al coágulo de su escritura.

Quizá el rasgo más persistente en la poesía de Reina ha sido la obsesión con el cuerpo; mejor, la vivencia privada de su cuerpo, el lanzaso de su cuerpo privado en el espacio público del libro. Ninguna otra poeta cubana ha logrado tal densidad, tal concentración, ni ha mirado con tanta obstinación la vacija, la temperatura, la humedad, las cavidades de su propio cuerpo. Esto es algo que nos sale al paso desde sus primeros textos y que, con el paso del tiempo, se ha vuelto más sobrecogedor, yo diría que más urgente. Sí, hay una poderosa voz confesional en Reina, pero esa voz resuena siempre entre las cuatro paredes del cuerpo. Aún lo cotidiano – tan importante en su poesía – está atravesado por la experiencia física, por la manera en que refracta y rearticula el tiempo, las ruinas del cuerpo: “frente al espejo, un rostro serio de mujer madura me observa (escasez de los vellos del pubis, antes muy negros). muslos unidos, separados; unidos, separados, senos con bolas oscuras en las puntas (separados) como los de tía Adelfa” (“Ídolo del crepúsculo”, Páramos) La cotidianidad, se diría, está en el encuentro con el cuerpo, en ese tropezón con él en el espejo: “cuando me lavo la cara / el agua limpia y borra a la vez / las azucenas que van descuajándose / del tallo […] sé que mi cara es el resumen de todas las / caras donde existí y existiré el resumen / de una sustancia que concentra / mi comunicación posible” (“Mi cara,” Para un cordero blanco).
Allí donde el discurso político ha insistido, por más de cuarenta años, en la homogeneidad de la Nación – a pesar de sus dramáticas fracturas – y de la ideología, y donde el discurso mismo, característicamente falocentrista, ha reclamado ser el repositorio de la verdad, la poesía de Reina se erige como un movimiento de resistencia a esas pretensiones y las cuestiona. Es necesario considerar ese contexto, sobre todo porque a partir de Páramos (1995) se vuelve más obvia su necesidad de replantearse, también, los límites y discontinuidades de la escritura. Cuerpo y escritura: articulaciones, desórdenes, rajaduras, máscaras, superposición de la metáfora y el desodorante. La experiencia cotidiana, la del lenguaje, la del cuerpo, y, en síntesis, la de la verdad, son, por encima de cualquier otra cosa, la experiencia del descosido, del desencuentro, de las fugas. El poema “ – al menos así lo veía a contra luz – ” (La foto del invernadero, 1998) sugiere, desde su título mismo, una duda frente a la rotunda “verdad” – y aquí reside la fuerza de su movimiento irónico – de la imagen fotográfica. [2] La voz no parte, pues, de la verdad de la imagen – o proyectada en la imagen por el discurso político – sino del ángulo de la visión personal, o, incluso, de la visión sugerida por una iluminación particular (a contraluz). De este modo otra instantánea fotográfica (corrida, en movimiento) se superpone a la foto fija, enmarcada, congelada por la épica revolucionaria. Se trata, pues, de la competencia entre dos encuadres de la imagen histórica, sólo que el encuadre de Reina, lejos de oponer una “verdad,” cuestiona – como ya hemos dicho – la permanencia, la inmutabilidad de la foto, es decir, de la historia:
un simple clic del disparador, una tachuela roja
y los granos de plata que germinan
(su inmortalidad)
anuncian que la foto también ha sido atacada
por la luz; que la foto también morirá
por la humedad del mar, la duración;
el contacto, la devoción, la obsesión
fatal de repetir tantas veces que seríamos como él.
Entre el sudario de Turin y la cúpula de la utopía, se balancea “el fantasma de árbol del Parque Central, / su fuente seca,” y cuelgan el hijo y la amante del héroe, sus cuerpos ninguneados. Entre el clic del disparador del poema y la imagen rajada por el desencuentro con su propia mortalidad, persiste la
pregunta del texto: “y tú me exiges todavía alguna fe?).”
No quiero terminar sin comentar, siquiera de pasada, un hermosísimo poema – “Celine y las mujeres” – en el que Reina mira a su madre como una vela que se derrite: “Es la llama de mi madre, y con ella, / toda mi vida desciende.” Esa íntima solidaridad es, sobre todo, una solidaridad entre mujeres, entre zurzidoras: “[c]ada mancha en los brazos / -- pobre sabiduría de marcar / los espacios (la enormidad) / de esas zonas pegajosas, / embadurnadas de pasado y desconfianza.” Ambas son criaturas “de esperma que se va derritiendo / en sílabas primero.” Así llega la muerte, en vela que se derrite, en sílabas, residuos y nacimientos de lenguajes. La puntada, el coágulo de la escritura, el hilo, la esperma: toda la poesía de Reina constituye un denodado esfuerzo por marcar los espacios, por zurzirlos. Es un trabajo que, para regocijo de los que la queremos, ha realizado por más de veinte años, sílaba a sílaba. Mientras tanto, su cuerpo va adquiriendo la forma, el sentido de sus páramos, de su azotea, y de sus gatos.
Francisco Morán
Arlington, 8 de junio, 2002

***

Deudas

Hoy quisiera escribir lo que me falta
no gastar las horas
ni echar palabras al abismo:
bajar a mis profundidades
sola y desnuda.

qué pruebas puedo dar de mi mortalidad
soy sencillamente fea
con pecas sueños y dolores.
tengo dos hijos
otro nacerá el próximo septiembre.
no soy un buen negocio
-enseguida quedo embarazada-.
soy el número 338 123 del carnet de identidad
sin foto ­los niños la rompieron-
ni sanción ­porque no poseo antecedentes penales
mayores ni menores-
trabajo como redactora de programas
un sueldo de 163 pesos
una literatura de carrera
muchos poemas sueltos
y amigos en cuatro categorías:
regulares buenos muy malos y tristes.
una casa ajena
un ventilador un peine
la balalaica que me trajo mi hermano
el piano de los conciertos infantiles
una lupa para ver mejor la realidad
las fotos de Martí y Hemingway
reproducciones
libros que aún no me han robado
mapas ampliando la pared
cartas de antiguos amantes
un reloj una mariposa azul un corazón.

y muchas deudas
infinitas deudas con la vida.


Ya no

ya no voy a tener 28 años
no voy a ser bella y distante
no tendré nunca los pies derechos
la cara sin manchas
ni las lenguas que dejé de aprender.
ya no voy a tener una hoja de hiedra
buena salud y serenidad
y no seré jamás María Egipcíaca
ni la primera mujer de nadie
ni voy a patinar y quitarme defectos
como se quita uno mariposas.
ya de verdad no voy a tener estos domingos
sus lunas menguantes
ni la velocidad al caminar en los paisajes:
ni buena vista ni corazón ardiente
ni mi padre y mi hermano volverán.
yo no voy a tener tus cartas con lluvia
ni premoniciones ni saltos en el vientre.
no voy a tener un ombligo pequeño
donde nos sentábamos a mirar.
no aprenderé los nombres de los árboles
dónde me queda el sur la inmensidad
ya no sabré jamás las estratégicas
cómo poner los rumbos en la brújula
ya nadie me va a quitar las equivocaciones
ni las cosas que amé
ya no
pero.


-al menos así lo veía a contra luz-
Para Fernando García

he prendido sobre la foto una tachuela roja.
-sobre la foto famosa y legendaria-
el ectoplasma de lo que ha sido,
lo que se ve en el papel es tan seguro
como lo que se toca. la fotografía
tiene algo que ver con la resurrección.
-quizás ya estaba allí
en lo real en el pasado
con aquel que veo ahora en el retrato.
los bizantinos decían que la imagen de Cristo
en el sudario de Turín no estaba hecha
por la mano del hombre.
he deportado ese real hacia el pasado;
he prendido sobre la foto una tachuela roja.
a través de esa imagen (en la pared, en la foto)
somos otra vez contemporáneos.
la reserva del cuerpo en el aire de un rostro,
esa anímula, tal como él mismo,
aquel a quien veo ahora en el retrato
algo moral, algo frío.

era a finales de siglo y no había escapatoria.
la cúpula había caído, la utopía
de una bóveda inmensa sujeta a mi cabeza,
había caído.
el Cristo negro de la Iglesia del Cristo
-al menos así lo veía a contra luz-
reflejando su alma en pleno mediodía.
podía aún fotografiar al Cristo aquel;
tener esa resignación casual
para recuperar la fe.
también volver los ojos para mirar las hojas amarillas,
el fantasma de árbol del Parque Central,
su fuente seca.
(y tú me exiges todavía alguna fe).

mi amigo era el hijo supuesto o real.
traía los poemas en el bolsillo
del pantalón escolar.
siempre fue un muchacho poco común
al que no pude amar
porque tal vez, lo amé. la madre (su madre),
fue su amante (mental?)
y es a lo que más le temen.
qué importa si alguna vez se conocieron
en un plano más real.
en la casa frente al Malecón, tenía aquel
viejo libro de Neruda dedicado por él.
no conozco su letra, ni tampoco la certeza.
no sé si algo pueda volver a ser real.
su hijo era mi amigo,
entre la curva azul y amarilla del mar.
lo que se ve en el papel es tan seguro
como lo que se toca. (aprieto la tachuela roja,
el clic del disparador lo que se ve no es
la llama de la pólvora, sino el minúsculo relámpago
de una foto).
el hijo, (su hijo) vive en una casa amarilla
frente al Malecón ­nadie lo sabe, él tampoco lo sabe-
es poeta y carpintero.
desde niño le ponían la boina
para que nadie le robara la ilusión de ser,
algún día, como él.
algo en la cuenca del ojo, cierta irritación;
algo en el silencio y en la voluntad
se le parece. entre la curva azul
y amarilla del mar.
-dicen que aparecieron en la llanura
y que no estaba hecha por la mano del hombre-
quizás ya estaba allí, esperándonos.
la verosimilitud de la existencia es lo que importa,
pura arqueología de la foto, de la razón.
(y tú que me exiges todavía alguna fe)

el Cristo negro de la Isla del Cristo sigue intocable,
a pesar de la falsificación que han hecho
de su carne en la restauración;
la amante sigue intocable
y asiste a los homenajes en los aniversarios;
(su hijo), mi amigo, el poeta, el carpintero de Malecón,
pisa con sus sandalias cuarteadas
las calles de La Habana;
los bares donde venden un ron barato a granel
y vive en una casa amarilla
entre la curva azul y oscurecida del mar.
qué importancia tiene haber vivido
por más de quince años tan cerca del espíritu de aquel,
de su rasgo más puro, de su ilusión genética,
debajo de la sombra corrompida
del árbol único del verano treinta años después?
si él ha muerto, si él también va a morir?

no me atrevo a poner la foto legendaria sobre la pared.
un simple clic del disparador, una tachuela roja
y los granos de plata que germinan
(su inmortalidad)
anuncian que la foto también ha sido atacada
por la luz; que la foto también morirá
por la humedad del mar, la duración;
el contacto, la devoción, la obsesión
fatal de repetir tantas veces que seríamos como él.
en fin, por el miedo a la resurreción,
porque a la resurrección toca también la muerte.

sólo me queda saber que se fue, que se es
la amante imaginaria de un hombre imaginario
(laberíntico)
la amiga real del poeta de Malecón,
con el deseo insuficiente del ojo que captó
su muerte literal, fotografiando cosas
para ahuyentarlas del espíritu después;
al encontrarse allí, en lo real en el pasado
en lo que ha sido
por haber sido hecha para ser como él;
en la muerte real de un pasado imaginario
-en la muerte imaginaria de un pasado real-
donde no existe esta fábula, ni la importancia
o la impotencia de esta fábula,
sin el derecho a develarla
(un poema nos da el derecho a ser ilegítimos en algo más
que su trascendencia y su corruptibilidad).
Un simple clic del disparador
Y la historia regresa como una protesta de amor
(Michelet)
pero vacía y seca. como la fuente del Parque Central
o el fantasma de hojas caídas que fuera su árbol protector.
ha sido atrapada por la luz (la historia, la verdad)
la que fue o quiso ser como él,
la amistad del que será no será jamás su hijo,
la mujer que lo amó desde su casa abierta,
anónima, en la página cerrada de Malecón;
debajo de la sombra del clic del disparador
abierto muchas veces
en los ojos insistentes del muchacho
cuya almendra oscurecida
aprendió a mirar
a callar
como elegido.
(y tú me exiges todavía alguna fe?)

[1] En 1976 obtuvo el premio «13 de Marzo» convocado por la Universidad de La Habana con el libro La gente de mi barrio. Ese mismo año ganó mención en el concurso UNEAC con Una casa de Ánimas. Cuatro años más tarde su libro Cuando una mujer no duerme se hace acreedor del premio UNEAC, y en 1984 conquista el Premio Casa de las Américas con el poemario Para un cordero blanco. Luego de recibir en 1992 el premio de la revista Plural (México) y el Premio Nacional de la Crítica por En la arena de Padua, su libro Páramos recibe, al año siguiente, el Premio Nacional de la Crítica. En 1998 obtuvo su segundo Premio Casa de las Américas, esta vez con La foto del invernadero. Publicó en el 2000 su libro Te daré de comer como a los pájaros, el cual ganó le valió otro Premio de la Crítica. A estos premios y reconocimientos deben agregarse la Distinción por la Cultura Nacional (1988) y la Orden de Artes y Letras de Francia, con grado de Caballero (1999). A todo esto deben agregarse las numerosas invitaciones recibidas para hacer presentaciones en universidades norteamericanas, así como en diversas instituciones culturales europeas.

[2] El poema está inspirado en la famosa foto del Che Guevara – conocida como “El Guerrillero Heroico” – de Alberto Korda (1928 – 2001).
foto: Emilio Winter

2 comentarios:

  1. "libros que aún no me han robado
    mapas ampliando la pared
    cartas de antiguos amantes
    un reloj una mariposa azul un corazón"
    Sin desperdicio, gracias por los posts...

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  2. Roberto Sablon12:10 a. m.

    Muy buena poesia.Hace falta que Reina Maria se comprometa con su pueblo sufriente para que pueda pasar inmaculada a las paginas de la verdadera historia de su pais y del mundo!!!

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