domingo, agosto 13, 2006

Nueva visita a José Luis González

La modernidad latinoamericana es pródiga en narrativas de interpretación cultural que privilegian la visión del exilio como espacio idóneo para el decir intelectual. En el caso de Puerto Rico, José Luis González (1926-1996) puede que sea el pensador que mejor encarne esta valoración positiva de la condición exílica en tanto espacio de enunciación. José Luis González: el intelectual nómada (Puerto Rico, Ediciones Callejón, 2006), de Guillermo B. Irizarry, tiene la virtud de estudiar a fondo el alcance del exilio en la producción literaria y el pensamiento político de González, quien vivió a partir de 1953 en México, en donde falleció. Labor encomiable y harto necesaria la de Irizarry dada la prolijidad del autor bajo escrutinio y la ausencia de estudios integrales en torno a su obra.

Irizarry desarrolla la genealogía de la poética literaria y la moral política de González destacando su “nomadismo” (19) a la vez físico y metafórico. El crítico se cuida de no caer en el camino fácil de la biografía literaria y por eso presta mucho más atención a lo que entiende como la calidad metafórica del nomadismo de González, ese posicionarse ideológicamente en las afueras de la ciudad letrada puertorriqueña “y haber podido desde su lugar de enunciación retornar por sus textos e ideas” (36).

El eje argumental de este estudio se ancla también en el análisis de la obra de González como “una propuesta de hibridez cultural que involucra un proyecto estético-literario moderno, evidente en el código cultural” (43). Irizarry explota esa veta interpretativa con la lectura de la narrativa de González, pasando por su producción ensayística hasta culminar con el examen de la novelística y las memorias de infancia del autor en cuestión. El escrúpulo cronológico que caracteriza el análisis de Irizarry se basa en la continuidad que éste identifica en González en cuanto al planteamiento de un pensamiento favorable a la innovación en el plano de las identidades: “Su proyecto estético-literario reflexiona, en última instancia, sobre una problemática epistemológica y ética que apunta a la hibridez y a la identidad como horizontes de su pensamiento histórico y político” (95).

En lo que concierne a la narrativa temprana de González, Irizarry destaca su carácter heterodoxo en un momento en que el costumbrismo ruralista primaba como derrotero estético. Asimismo, el crítico subraya el cambio temático evidenciado en la cuentística de González a partir de su contacto directo con la diáspora puertorriqueña en Nueva York. Curiosamente, esa diáspora que en la conocida entrevista con Arcadio Díaz Quiñones el propio González define como “un aspecto importante de la experiencia nacional puertorriqueña” queda fuera de los cuatro sustratos históricos que el autor teoriza en su más conocido ensayo: “El país de cuatro pisos: notas para una definición de la cultura puertorriqueña”. En este polémico escrito, González lanza su tesis en torno a los cuatro “pisos” que se han superpuesto en la conformación de la cultura puertorriqueña, a saber: la herencia afrocaribeña, el flujo inmigratorio proveniente de Suramérica y la Europa mediterránea en el siglo 19, el cambio de poder colonial en 1898 y la industrialización acelerada de la isla a partir de la década de 1940.

Irizarry confiere a “El país de cuatro pisos” la centralidad que merece dentro del corpus literario de González. Responsablemente, el crítico pasa revista al debate público que desató la publicación de este escrito y sopesa las reacciones de apologistas y detractores antes de adelantar su propia lectura. La misma consiste en ver en el “El país de cuatro pisos”, así como en el resto de los ensayos que completan la colección homónima y en textos narrativos como Balada de otro tiempo y La llegada, un aparato retórico cuya “capacidad interpelativa” (168) potencia una “propuesta contrahegemónica” (185) del establishment cultural puertorriqueño.

Si algo hubiera que objetarle al estudio de Irizarry sería el haber recurrido al pensamiento europeo y norteamericano para apuntalar una lectura que habría sido mucho más enriquecedora vista a través del diálogo con la intelectualidad antillana que ha indagado en cuestiones similares a las que recorren la obra de González de principio a fin. Glissant, Brathwaite, Confiant, Bernabé, Walcott, Chamoiseau y Mir son algunos de estos notorios interlocutores cuya ausencia resalta si se toma en cuenta el marcado impulso caribeñista del pensamiento de José Luis González. NR

3 comentarios:

  1. Gracias por la reseña, habrá que agregarlo a la lista, jejeje

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  2. creo entonces, estoy convencido, de que la persona ideal para hacer ese estudio y ensayo con las alternativas teóricas caribeñas se llama Néstor Rodríguez, sobre todo si se considera su último libro de crítica literaria, premiado por el ICP. lo compraría enseguida.

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