jueves, noviembre 16, 2006

Air India
 

K vive a 4000 kilómetros de aquí, en un pueblecito perdido de la medianía inglesa con nombre pío: Coventry. Hace un mes me vino a ver a Toronto y yo juré que le pagaría con creces ese detalle aunque tuviera que cruzar en yola el mismísimo Atlántico. Encontré un pasaje baratísimo, “casi dao”, viajando por Air India, y heme aquí sentado con mi típico atolondramiento (“taciturnidad” diría mi vieja amiga Sophie, siempre magisterial).

El aeropuerto es un fracaso de caras expectantes. Veinte minutos atrás la colombiana que atiende el mostrador de Air India se rio a mandíbula batiente cuando le mostré mi pasaporte. Según ella, en los seis meses que llevaba trabajando allí jamás había visto un apellido latino en la lista de pasajeros. –No te creo, ¿ni siquiera un Rodríguez?

Estoy frente al Gate 27 del terminal 3 esperando el sí del flaco que chequea los tickets. A mi alrededor hay indios: indios con turbante, indios de batola, indios de gala, indios Maharishi, indios de civil. Justo al lado se me ha sentado un tipo que es la viva imagen de mi primo Reinaldo; por un momento me ha picado la curiosidad por saber si habrá indios en Guaymate, indios de la India, quiero decir.

El flaco de los tickets está llamando por filas, así que me alineo buscando acomodo. En la puerta del Airbus una hierática azafata vestida bellamente de verde y morado inclina la cabeza y me dice “namasté”. Nervioso, devuelvo el saludo mientras me pierdo pasillo abajo. Apuesto a que soy el único que no sabe cómo suena el bengalí. NR

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