jueves, noviembre 09, 2006

La patria portátil
 

En la imaginación literaria de la diáspora dominicana, la construcción de un sujeto del exilio implica a su vez la fragua de una geografía imaginaria dentro de la cual ese proceso puede llevarse a cabo. Se trata, ante todo, de un proceso marcado por la delimitación de un espacio a partir de la ausencia, lugares que existen justamente en virtud de la capacidad del sujeto de “hablar” de ellos.

En Mitologías, Roland Barthes define el mito como una “forma de comunicación”. Michel de Certeau se hace eco de esta idea al destacar que “los lugares vividos son como presencias de ausencias. Lo que se muestra señala lo que ya no está”.

Hablar de un espacio que es ausencia es hacerlo presente en el acto de habla. La literatura de la diáspora, al referir un espacio (la nación) existente sólo como objeto de rememoración, lo hacen presente en el acto de escritura. Se puede postular que la remembranza en los personajes de la literatura de la diáspora activa un doble movimiento: por un lado, la producción del espacio como tal, y, por otro, la instalación de su propia identidad como sujetos históricos.

Para James Clifford, las culturas de la diáspora “negocian, en tensión constante, experiencias de desarraigo y dificultad, del vivir aquí y el recordar/desear otro lugar”. La literatura de la diáspora dominicana da cuenta de esta “tensión” propia de las comunidades aglutinadas en el afuera geográfico de un espacio abandonado bajo presión, y al que se sienten indefectiblemente vinculadas por lazos de diversa índole. La producción literaria domínico-americana retrata vívidamente el contraste entre espacios culturales distintos. Esta manera de representar la experiencia de la comunidad emigrante por lo general toma la forma de un intercambio entre el aquí real del territorio huésped y el allá imaginario de la isla que se evoca. Una de las posibilidades críticas que presenta esta dinámica contrapuntística es la posibilidad de un escape a las encerronas teóricas del discurso intelectual dominicano a la hora de pensar la identidad cultural.

Hace algunos años, Julia Álvarez fue objeto de un comentado debate en el mundillo intelectual del país. La discusión, publicada en la revista Pasiones, se centró en la valoración de la dominicanidad de Álvarez y los demás autores de origen dominicano que escriben en lengua inglesa. La autora publicó una réplica en la que reivindicaba el espacio ambiguo dentro del cual el escritor de la diáspora reparte sus lealtades: “Nosotros, los escritores con dobles culturas y tradiciones ¿quiénes somos? ¿qué lugar nos reclama? Nuestro lugar de descanso es la página; la imaginación es nuestra patria portátil”.

Álvarez eleva al plano especulativo la fórmula que ha elaborado consecuentemente en buena parte de su producción desde que irrumpiera en el mercado editorial norteamericano con su poemario Homecoming. Sin embargo, la elaboración más audaz de esa idea de “la imaginación como patria portátil” que me interesa destacar aquí proviene de su narrativa temprana, específicamente de How the García Girls Lost Their Accents. Atisbo en esta novela la presencia de una nueva dicción que desestabiliza positivamente las formas tradicionales de pensar la cultura nacional.

Podría argüirse que How the García Girls, como la mayoría de los textos de la producción narrativa de la diáspora dominicana escritos en inglés, constituye una propuesta de plasmación de las complejidades experimentadas por el sujeto que se ve forzado a desplazarse de su lugar de origen para establecerse en un espacio cultural que le es ajeno. La novela de Álvarez explota la condición del desarraigo en su dimensión de ambivalencia para el individuo que la experimenta. Hablo de una ambigüedad surgida de la tensión entre los dominios culturales distintos con los que el sujeto que emigró se ve forzado a negociar.

En How the García Girls la experiencia del sujeto de la diáspora en su condición de habitante de espacios culturales divergentes está representada en las tribulaciones de la familia García, exiliada en New York a principios de la década del sesenta por motivos políticos. Carlos García, el patriarca de la familia, su esposa y sus cuatro hijas, abandonan precipitadamente el país huyendo de la represión trujillista. Se establecen en Nueva York, adonde la familia se sostiene con el exiguo estipendio que recibe el padre producto de una beca, pero también de las remesas que envía desde la isla el abuelo paterno, un diplomático al servicio de Trujillo. En poco tiempo la familia García recupera mucho del nivel económico y social que habían disfrutado en la isla. Las hermanas García se educan primero en un colegio católico y luego en una escuela para niñas en las afueras de Boston; todo porque su madre Laura, educada en un colegio bilingüe como es tradición entre la clase pudiente, quería que sus hijas se asimilaran rápidamente a la sociedad norteamericana a través de la interacción con representantes de la clase alta.

La novela de Álvarez comporta una configuración singular; está organizada en tres partes de cinco secciones cada una que siguen un patrón narrativo no cronológico. Las secciones remiten a episodios de la vida de la familia García acaecidos a partir de 1989 hacia atrás en el tiempo, específicamente hasta un período marcado por el año 1956 en la capital dominicana. Con todo, a pesar de la narración en retroceso de los eventos el texto termina con una intervención de Yolanda—la tercera de las hermanas García y a todas luces el álter ego de la autora—desde el presente histórico: 1989, peripecia que asegura un efecto de circularidad. Aun cuando una pluralidad de voces se alterna en la novela de Álvarez, es el personaje de Yolanda el que engloba las diversas historias de la familia García. Yolanda recurre a la escritura con la intención de afincar en un espacio que le brinde asidero; en efecto, el territorio de la letra, alcanzado a través de la condición de melancolía del personaje, parece resolver la incertidumbre del sujeto al proveer ese espacio definidor.

Otros textos de la producción cultural de la diáspora despliegan tácticas de representación de los sujetos regidas por parámetros similares al que permea en How the García Girls; es el caso de la mayoría de los relatos que integran, de Junot Díaz, y de novelas como Geographies of Home, de Loida Maritza Pérez; Soledad, de Angie Cruz, y Song of the Water Saints, de Nellie Rosario. En ellas se aborda el tema de la ambivalencia cultural inherente a la construcción de sujetos del exilio desde la perspectiva del descendiente de inmigrantes dominicanos, cuyo único vínculo con la isla proviene de la rememoración y los hábitos familiares. Una propuesta aún más osada desde el punto de vista conceptual es la que propone la artista romanense Josefina Báez en su celebrada pieza teatral Dominicanish, en la cual desde el título mismo se sugiere la hibridez como marca definitoria del proyecto estético en cuestión. La música de Billy Holiday, los Isley Brothers y la filosofía y la narrativa de la tradición hindú sirven para activar en la protagonista poética un proceso de conocimiento interior destinado a la perpetua irresolución.

La producción cultural de la diáspora ofrece una salida audaz al sempiterno debate sobre la dominicanidad al abrir las puertas a la posibilidad de un comienzo sin antecedentes a la hora de teorizar lo dominicano, un comienzo en el cual la geografía deja de ser la marca definitoria de la nacionalidad.

1 comentario:

  1. Nestor!!! Le acabo de escribir a Violeta para preguntar acerca de como le va todo por Toronto...y tb para decirle que te mandase un saludo de mi parte....i know I've been ghosting...tantos cambios en la vida...pero para que sepas te echo de menos amigo y siempre te estoy deseando lo mejor...y claro, tengo muchas ganas de verte y hablar de todo todito!! hay tanto para contar Nestor, no sabes!!!
    Cuando te vas para PR...estaras en Toronto en diciembre??? If so, charlaremos verdad!!?! Y te contare todas mis historietas de Atlanta!!! va?!!! Ojala verte pronto...que estes bien, y cuidamela a la Violeta vale?!!
    Un besote!
    Kate

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