martes, marzo 27, 2007

El otro viaje del Almirante

En 1506, enfermo y humillado por la misma sociedad que antes lo había encumbrado concediéndole títulos de nobleza, Cristóbal Colón muere en la ciudad de Valladolid. Dejó pendiente un último viaje a las Indias que acaso lo hubiese reivindicado ante esos mismos funcionarios que cuestionaban su integridad en la administración de La Española. La historia, según la entienden Ricoeur, De Certeau y White contra la incomodidad de muchos historiadores de carrera, es un rejuego de opiniones que se organiza con la coherencia de una fábula; irónicamente, la historia que el Almirante ayuda a escribir quinientos años después de muerto tiene como marco el relato de viajes. Se trata del viaje de sus restos, que se han visto aparentemente zarandeados por dos continentes a cuenta de ciertas contingencias históricas y mucho fervor cívico por parte de los gobiernos de España y República Dominicana.

La versión ibérica sobre la odisea de los restos colombinos establece que éstos fueron trasladados en 1509 al monasterio sevillano de La Cartuja. Allí permanecieron hasta 1544, cuando fueron ubicados en la Catedral de Santo Domingo a instancias de María de Toledo, nuera de Colón, en respeto a la voluntad del navegante, que no concebía la idea de ser sepultado fuera de la tierra que le había regalado su grandeza. La primera catedral del Nuevo Mundo resguardó por más de dos siglos aquellos huesos, hasta que la coyuntura política que puso en manos de Francia la totalidad de la isla de Santo Domingo en 1795 forzó una nueva mudanza, esta vez a la Catedral de La Habana. Según los estudiosos españoles, el último tramo de la peregrinación de los restos del Almirante acaeció en el 1898 del “desastre”. Al parecer, junto con el contingente de soldados españoles que retornaba vencido a bordo del vapor “Giralda” regresaba también la famosa osamenta, la cual ha permanecido desde entonces en la nave principal de la Catedral de Sevilla para regocijo de los turistas.

La teoría española sobre el paradero de los restos de Colón parecería perfectamente coherente a no ser por un detalle. Los historiadores dominicanos aseguran que en 1877, mientras se remozaba parte de la Catedral de Santo Domingo, se encontró una pequeña urna de plomo identificada con el nombre de Colón. El hallazgo logró activar el entusiasmo patriótico de las clases dirigentes en un momento en que se inoculaba en los dominicanos el ideal de pertenencia a una nación castiza, católica y de raíz ibérica. Insólitamente, esta manera de entender la cultura es la que prevalece en la República Dominicana de hoy; de ahí la suspicacia con que las autoridades de RD han recibido la noticia de la exhumación y análisis en Sevilla de los supuestos restos de Colón que allí se conservan. Los profesores de la Universidad de Granada responsables del proyecto han compararado el resultado de ese examen genético con el que arrojó en el 2003 el mismo tipo de análisis de los huesos de Hernando, hijo ilegítimo de Colón sepultado en la catedral sevillana, y los de Diego, otro de los hijos del Almirante.

La conclusión de ese estudio comparativo ha resuelto en parte la incógnita sobre la autenticidad de los restos de Colón conservados en la ciudad andaluza, que según las pruebas genéticas corresponden a Diego. Queda por resolver el enigma de las 41 piezas óseas encontradas en la Catedral de Santo Domingo, y que en la actualidad se veneran como pertenecientes a Colón en el ostentoso faro-mausoleo construido en 1992 para honrar su memoria. No es difícil vaticinar que al equipo de científicos españoles se le hará sumamente trabajoso, sino imposible, obtener la autorización del gobierno para examinar los restos del Colón de Quisqueya. En un país como la República Dominicana, donde el establishment cultural está regido por comunicadores que defienden a ultranza la ilusión de una herencia hispánica invariable desde los tiempos de la Colonia, Colón ha venido a encabezar el panteón de próceres encargados de dar forma al cuerpo de la nación. Exaltada su figura histórica a la condición de mito, Colón se ubica más allá del bien y el mal en la imaginación de los dominicanos; por lo tanto, lo que queda de su esqueleto representa nada más y nada menos que la génesis del ideal patrio. Es por eso que, aun si se piensa en la situación hipótetica de que el poder ejecutivo dé su aval a la realización de pruebas genéticas, pase lo que pase, las reliquias resguardadas en el Faro a Colón de la capital dominicana seguirán siendo consideradas auténticas a pesar de la objetividad de la ciencia. NR

2 comentarios:

  1. Anónimo3:07 p. m.

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  2. Anónimo3:20 p. m.

    Nah, that's not the guy...


    Runaway Gargoyles

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