lunes, marzo 26, 2007

Mario Meléndez (Linares, Chile, 1971) es autor de “Autocultura y juicio”, “Apuntes para una leyenda” y “Vuelo subterráneo”. Parte de su obra se encuentra traducida al italiano, inglés, francés, portugués, holandés, alemán, rumano, persa y catalán. Lo conocí hace ya muchos años, por allá por el 2002, cuando El Mono Adivino era el niño querido de Yvette Nevares; para entonces me hizo llegar un texto luctuoso sobre gusanos que consumían los restos de un poeta joven que resultó ser el mismísimo Mario Meléndez. Lo que sigue me llegó sin avisar como aquel texto de antaño. Como diría el intachable Jorge Gómez: ¡Salud! NR

Voces del jardín

Un par de versos le bastaron a la hormiga para ganarse el respeto del auditorio. Eran versos alegres, regados con vino y miel, con avellanas y risas de niños. La mosca no corrió la misma suerte. Su acto fue silbado por la multitud en una suerte de complot bochornoso y malintencionado. La pausa y el romanticismo brillaron por cuenta del grillo, cuya voz melodiosa y gastada hizo evocar lejanas canciones de tiempos no menos lejanos. Por su parte el matapiojos, haciendo gala de un histrionismo digno de imitar, arrancó gritos y aplausos, y uno que otro suspiro de entre sus fieles admiradoras. La nota extraña del día estuvo a cargo de la pulga, que entre salto y salto murmuraba un sólo coro interminable: Cada perro es mi hogar. Cada perro es mi hogar. Y así contaron su historia los unos y los otros. Y a la pulga siguió la abeja, y a la abeja el gusano, y al gusano el ciempiés, con versos lentos y embarrados. Y visto al último concursante y finalizado el certamen, el jurado declaró como vencedor a la hormiga. Entre las razones del fallo resaltaron la voluntad, el oficio e imaginación en la construcción de artesanías verbales y juegos de palabras. Un viaje a Isla Negra coronó la actuación de la ganadora. Y qué decir del gusano, quien obtuvo la única mención honrosa y dos pasajes para visitar la tumba de su poeta preferido. Vaya premio. Pero la cosa no se detuvo allí, porque una hermosa fiesta puso la guinda de la torta. Y el zancudo tomó la guitarra, y la hormiga sacó a bailar, y la araña corrió con los tragos, y la abeja pidió recitar el poema premiado. Y hubo risas y lágrimas e infidencias de los más habladores, y todo fue de amanecida y sin censura. Hasta que alguien dio la voz de alerta: Van a regar el jardín, gritó a todo pulmón. Y cada cual buscó un refugio para escapar del diluvio, o mejor aún, para escribir un nuevo poema y así volver por la revancha.

Mario Meléndez

4 comentarios:

  1. Anónimo1:27 p. m.

    Esa estatua no tendrá tetas, pero qué flor de culo!

    Flor

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  2. Anónimo11:05 a. m.

    Aún recuerdo aquella tertulia que conpartimos , la poesia invadia el ambiente calido de aquella noche de diciembre .
    Te felicito una vez más , Quijotes de Poesias son los que faltan para este mundo .

    un beso

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  3. Anónimo12:44 p. m.

    COMO OLVIDAR TUS PALABRAS , TUS LETRAS AL VIENTO
    RECORRIENDOME LENTAMENTE
    COMO OLVIDARTE
    A TI MARIO
    FELICITADES POR REGALARME LA POESIA EN MI CUERPO

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