miércoles, julio 23, 2008

Memoria suburbana:
la cultura hip hop en Cuba


Difícil sería para un amateur como yo en materia de hip hop intentar una definición erudita de esta cultura que ha venido sacudiendo las sociedades del llamado mundo globalizado. Mi intención con estas notas es más bien llamar la atención sobre el indiscutible valor de las manifestaciones del hip hop en la manera de entender ciertas zonas de la cultura caribeña actual. Es más, me atrevo a sugerir que la historia cultural de las Antillas de hoy no puede narrarse a cabalidad sin tomar en cuenta la producción simbólica derivada de la cultura hip hop, ya sea en la forma del grafitti, el baile o en la letra de las canciones. Hablo, por supuesto, del hip hop como espacio de resistencia y negociación de identidades, como esa zona de encuentros y desencuentros que tiene su génesis a principios de los años setenta en New York y que tiene como uno de sus mayores atributos el carácter multiétnico y transnacional de sus elementos. Es esa producción cultural de índole reivindicativa y comprometida con la tarea de dar voz a ciertos actores sociales históricamente invisibilizados por el establishment cultural, la que fertiliza la afluencia de proyectos artísticos que vienen a conformar lo que hoy se conoce como cultura hip hop. La contundencia de sus artefactos es lo que hace que desde la academia, con algo de retraso, se valore su estudio con cada vez menos perplejidad.

Por una contingencia reciente, quisiera enfocar mis impresiones en el contexto de la Cuba actual। Hablar del devenir de la cultura hip hop en la mayor de las Antillas supone, como todo lo cubano, el asumir un necesario dramatismo. Piénsese, por ejemplo, en la manera en que el rap se cuela en la isla a través de las pocas emisoras de la Florida que se aventuraban a incluirlo en su programación para finales de los años ochenta. Eran esas transmisiones llegadas desde estaciones de radio de Cayo Hueso las que llegaban en progresión rizomática hasta Alamar, un apartado sector residencial de La Habana construido para albergar técnicos rusos en los años dorados del internacionalismo proletario, y que hoy día alberga a decenas de familias apiñadas en edificios idénticos. La onda expansiva generada por este contacto en Alamar tocó otros sectores de La Habana. Hoy son unas 200 las agrupaciones de hip hop de la capital y más de 300 están desperdigadas por el resto de la geografía insular. Entre las más conocidas y de mayor relieve se encuentra el colectivo La Fábri_K, iniciativa de los grupos Doble Filo y Obsesión. Hace poco pude compartir con los integrantes de este último previo a un concierto en el Lula Lounge de Toronto. Sus integrantes, Magia López, Alexei Rodríguez y Yelandi Playa, además de ser poetas y cantantes, ejercitan una intensa labor como trabajadores sociales en sus respectivas comunidades de origen y conciben su arte como un instrumento de integración social basado en la ética de la no-violencia. Obsesión ha llevado su trabajo a diversos escenarios en Francia, Inglaterra y los Estados Unidos con excelente acogida tanto del público como de la crítica periodística. A Canadá llegaron de la mano del colectivo de hip hop Nomadic Massive, de Montreal, otro deslumbrante grupo conformado por raperos de origen francés, chino, haitiano, iraquí y chileno.

Los miembros de Obsesión son cubanos facundos (¿será esto un pleonasmo?) y en una hora intermitente entre canción y canción me ofrecieron un detallado recuento del desarrollo del hip hop entre la juventud desde finales de la década del ochenta hasta el presente. Una de las cosas que más me impactó de todo lo contado fue el saber que el auge de la cultura hip hop en Cuba ha sido tal que el gobierno se vio en la curiosa tesitura de tener que legitimar las manifestaciones del hip hop dentro del proyecto cultural revolucionario. Para normalizar esta efervescente muestra de la creatividad juvenil, el Ministerio de Cultura fundó la Agencia Cubana del Rap, institución que se encarga de manejar una decena de grupos de rap, además de dirigir un estudio de grabación y editar una revista dedicada al género. Entre risas y digresiones, pregunté a mis amigos de Obsesión por su parecer en torno a esta clara adecuación de la norma revolucionaria al movimiento de los tiempos que corren. Me detuvieron con una frase que tronó como un lema: “Asere, atiéndeme, nosotros somos revolucionarios de la cultura. Quédate pa’l cierre”.

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