martes, agosto 19, 2008

Derek Walcott (Santa Lucía, 1930)

De la serie “Seis ficciones”
(The Bounty, 1997)


ii.

Pensó que para entonces los dolores del exilio habrían desaparecido,
había dejado de contar los días, los meses y las estaciones
por aquella promesa de que nada puede durar toda una vida,
y mucho menos para siempre, que si hemos sufrido
una vez, pero profundamente, una pérdida singular, no la sufriremos
de nuevo de la misma forma, así que lo que hizo fue calcular años
que no repetía en voz alta, pero sabía que si la lluvia llegaba a caer,
y después de la lluvia el viento barría las plazas, sus lágrimas
vendrían a secarse con tanta celeridad como las planchas de concreto
orientadas hacia el parque nacional con sus veredas para ciclistas y el rumor
como de llovizna de las ruedas, sabía que el calor del verano en una
de las ciudades más cálidas de Europa no era nada comparado
con el agosto endemoniado de la isla.
Se decía a sí mismo todo esto en su viejo acento colonial
mientras descubría que aún susurraba la palabra hogar no tanto por apaciguar
la esperanza de estar allí pronto, sino porque con ello volvía a la cubierta
del buque y atisbaba los áridos riscos que lo habían esperado,
los techos ferruginosos, incluso al buitre basculando
sobre los aleros ardientes del edificio de aduanas. Él viste de negro,
pelo encanecido, y ha dejado su bastón sobre un banco del parque.
No hay tal sujeto. Yo mismo soy una ficción que recuerda
las montañas de la isla mientras oscurece.

Versión de Néstor E. Rodríguez

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