miércoles, agosto 06, 2008

Juan Carlos Quintero Herencia:
El cuerpo del milagro

Retrato del autor adobando codornices

Hasta las muñecas como guantes el aceite
endiablado ya con su ajo
reparte pedazos de orégano, sales y pequeños vinos,
la receta había sido el sedimento de un mortero
que ahora reposa en el fregadero ciego,
inútil anotar para el futuro los detalles y el procedimiento,
aturdido en su detención el autor desvela el ave
esparce sus patas y
le confía al arroz su gandul,
mientras sereno penetra una resurrección posible
donde naufragaran las entrañas de la codorniz,
el vacío de una muerte sostenido allí instala,
bulto granulado que quisiera nueva vida regalada
máquina blanda expansiva.

El ojo descubre en las manos al nuevo embalsamador
que no diseca membranas o las abrillanta,
su pirámide se refugia entre los pliegues,
el autor abre pieles para sustituirlas con las de esta resina
que quisiera detener la presa en su transformación,
el adobo o la derretida botella que supura la posibilidad
de reconstituir un piélago para la evaporación de lo orgánico.

Entre los labios, sobre la lengua, se detiene el sabor crudo y
avispa los nervios que se tornan hacia la alacena
en búsqueda de las carencias que son las especies,
caen los frascos, los envases y la muselina,
es inevitable la ansiedad de su lujuria que convida al reloj,
una cuchara tachona los inocentes decapitados,
el fuego es un fantasma
que escribe su misión en la condensación de las ventanas.
La cocina parece desocuparse mientras la bombilla no pestañea.

1ero de enero de 1999, Providence, Rhode Island


Ochún en la tierra I

Ella es un atarse con el color de la risa,
una relación con los atributos de la carne
con sus modos saltarines temblorosos compactos,
una campanilla de peces que luego es panal y menstruo,
pavo real que se descompone en las azoteas,
con permiso de la máquina el río que en la ira cobra su forma
consume su abanico entre trompas y tilapias.

En ella el naufragio es visitar un pliegue en el tiempo de la fiesta
el espejo donde el gozo y el ardor repujan los cuerpos.

17 de octubre de 1995, 14 de septiembre de 1996 y 6 de diciembre de
1997, Río Piedras.


Ochún en la tierra II

Mis dioses no son el afuera del paisaje
donde un pájaro se aleja de la ola,
sino esta pareja que bajo el sol esplendente
figuran una sombría cadena de besos,
quieren río y maquinita,
augurio gago entonces la liana que no fue sus cuerpos
procesión de pavos, gallos y cotorras bajo sus mejillas
olerse como una forma de apuntar hacia el vaivén de las palmas son.

Pues mis dioses no son la estampa,
ni bizcochuelo de artesanías ni tarjas municipales,
un vacío a su alrededor los enjambra de penetraciones,
no hay rodaje en las cuencas zumbidos en las carreteras.

Mis dioses un sol negro a cuestas
secretando su bahía derramada,
manchas sobre la piel un rayo de escamas bajo los pelos,
brillo que te ausentas en la camisa despedido,
leche seca esperanzada en su espesor son,
mis dioses un reptil húmedo bajo el vientre,
mis dioses entre el pálpito y el hinchamiento guarnecidos.

11 y 12 de mayo y 6 de diciembre de 1997, 12 de julio de 2002, Río
Piedras y Silver Spring.


Tarifa doble

Un gato se desfigura sobre la hoja predeciblemente
cuando un velero remeda en sus bigotes el buque
que lo olvidara en la bahía de San Juan.

Los colores nunca fueron en su devenir
sino las barras y las ondulaciones de un petróleo
que maridado con un molusco serpea bajo la luz.

Me aburro en vez de…—quizás—mi doble se acoquina
mientras escucho dos transeúntes olvidando sus penurias
al consumir la miseria de un periódico que también deshace
sus bisagras en esta guagua improcedente.

29 de abril de 1998, Río Piedras.


Un día claro: superficie dos

La luz de este día es inevitable y
nada desubicada ante la geografía de la Isla,
la geografía no es su relación,
nada tiene que ver en sus accidentes y autopistas,
nada le sirve a la luz,
no se relaciona con los matices que llevamos en la piel los que
deambulan por ella,
esta luz hace de la hoja un espejo sin escrúpulos
irresponsable que no revela ningún cuerpo ningún vidrio,
inacabada y golosa
la hoja decide cegarse volviéndose enervada hacia la luz,
descortés con el árbol lo niega traicionera,
la luz, muchacha sucia que abruma el tejido de los muebles.

Olorun observa al espuelado, silencioso.

13 de septiembre de 1995, 19 de julio de 1996 y 6 de diciembre de 1997,
Río Piedras.


Del diario de Olokun: superficie tres

Este cuerpo que hoy recibo se despliega en rotación
como el pulpo que desciende hacia el coral que lo imanta,
anémona sonriente
que de cuando en vez en su descenso de mantel
un tentáculo se le adhiere a las mandíbulas que lo rompen,
de cuando en vez estrella fulminada por su transparencia
este cuerpo quisiera sobrevivirse y
un chorro de tinta le exprime su luz
nébula que se recibe,
ofrenda.

5 de octubre de 1995 y 12 de julio de 1996, Río Piedras.

juan carlos quintero herencia (Santurce, Puerto Rico, 1963). Poeta, crítico y profesor de literatura hispanoamericana. En 1996 publicó su poemario La caja negra (Isla Negra), y en el 2002 sus libros de juventud: El hilo para el marisco y Cuaderno de los envíos (Editorial del Instituto de Cultura Puertorriqueña). Fue miembro del colectivo Nómada. Como profesor ha enseñado en las Universidades de Puerto Rico, Brown y Maryland, College Park. A su faceta de ensayista le debemos dos importantes estudios: Fulguración del espacio: letras e imaginario institucional de la Revolución Cubana (Rosario, Argentina: Beatriz Viterbo, 2002) y La máquina de la salsa. Tránsitos del sabor (San Juan: Ediciones Vértigo, 2005). Es también santero y conocedor del arte del pico y las espuelas. Los textos aquí incluidos pertenecen a El cuerpo del milagro. NR

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