domingo, agosto 17, 2008

Los avatares de la crítica paternalista dominicana

Reconocer el carácter paternalista presente en buena parte de la crítica literaria que se produce en la República Dominicana no es algo que active la sorpresa. Lo verdaderamente insólito es aceptar que nadie haya reparado en dicha tendencia para denunciarla desde el espacio periodístico que le sirve de marco. Los casos más dramáticos a los que puedo recurrir para demostrar el paternalismo de nuestros letrados tienen como protagonistas a figuras de sobrada presencia en los suplementos culturales que dan cabida a la crítica especializada en RD. Por ejemplo, en “Bachata y novela”, publicado en el desaparecido suplemento cultural del periódico El Siglo correspondiente al 24 de junio de 2000, Giovanni Di Pietro reseña la novela Bachata del ángel caído (Isla Negra, 2000), del conocido autor vegano Pedro Antonio Valdez.

A juzgar por el membrete de “crítico literario” que acompaña al nombre del articulista, uno tiende a pensar de forma ingenua que leerá precisamente un escrito de crítica literaria, es decir, un comentario incisivo y bien elaborado que resulte edificante para el lector. Sin embargo, lo que revela la mencionada recensión es la profunda carga paternalista, clasista y condescendiente de una crítica literaria que no parece tal cosa.

Más que crítico literario, Giovanni Di Pietro parecería personificar el ideal del antropólogo en las primeras décadas del siglo 20, esto es, el científico que se posicionaba a una distancia prudente de su objeto de estudio para desde allí ejecutar su análisis pretendidamente infalible. Y es que la lectura de Di Pietro dice más sobre él como “crítico” que de la propia novela que intenta comentar. Nada mejor para ilustrar lo dicho que la siguiente cita (para mí antológica) del texto en cuestión:

“Continuando con el análisis de la novela de Pedro Antonio Valdez podemos agregar que no existe hombre o mujer en la vellonera que no tenga escondido dentro de sí el fragmento de un sueño de dejar atrás la sordidez de ese tipo de vida. En ese bajo peldaño de la sociedad dominicana, es común el sueño de atravesar el canal de la Mona o, de alguna manera, internarse en la selva neuyorquina. Los cueros que viajan a Europa, ¿de dónde provienen, si no de ese ambiente? Y no van a Europa sólo a "cuerear"; siempre llevan en sus adentros la esperanza de salir de esa vida amarga, de contradecir ese destino sórdido que les tocó vivir. Por eso, el amargue de la bachata tiene una especial carga libertadora. "!Coño, qué vida me ha tocado vivir!", diría uno de esos marginados. "Pero tengo que salir de esta vaina." Y lo hace mediante el sexo fácil, la borrachera, la cuchillada, el robo, el viaje en yola, etc.”

Aparte de la torpeza de su escritura, sorprende el que el autor utilice palabras como “ambiente” y frases como “esa vida” o “esos marginados”. Lejos de remarcar las complejidades sociales que la novela de Valdez pone en evidencia tan contundentemente, Di Pietro se dedica a pontificar, desde la lejanía de su gabinete de crítico, sobre la realidad social dominicana. La distancia crítica que exhibe al utilizar los demostrativos para describir el “ambiente” en que sobrevive “ese bajo peldaño de la sociedad dominicana” hermana el escrito de Di Pietro con el determinismo de la corriente literaria naturalista del siglo 19. Quiero decir con esto que para Di Pietro los “hombres y mujeres en la vellonera” (se refiere a los marginados, la gran mayoría de la población dominicana), por el “ambiente” que les rodea, están abocados indefectiblemente a terminar en el “sexo fácil, la borrachera, la cuchillada, el robo, el viaje en yola, etc.”.

Cabe preguntarse si en efecto la lectura de la novela de Valdez da pie a ese tipo de interpretación sobre la realidad social dominicana, si para esa difícil realidad que la novela describe en detalle las únicas salidas son las descritas por el canadiense en su artículo. Pero lo anterior no es lo único que el escrito de Di Pietro revela sobre su solvencia como crítico literario; el carácter clasista de su discurso va secundado del paternalismo de muchos de sus juicios:

“…Entonces esta realidad nos pone en relación con el contenido "filosófico" de la novela de Pedro Antonio. Todo ese cuento acerca del Santo Grial, por ejemplo, a lo mejor proviene del medievalismo puesto en boga por Eco, pero no importa.”

Si, como dice el articulista, la utilización de la leyenda del Santo Grial en la novela de Valdez “no importa”, ¿para qué mencionar ese detalle? Si se sigue con cuidado el argumento de Di Pietro se puede inferir que la mención del Grial en su escrito está en función del puro alarde, es decir, por esa referencia el lector llega a saber que Di Pietro ha leído a Umberto Eco.

Por si fuera poco, a los ribetes paternalistas, clasistas y de un racismo velado de la reseña en cuestión habrá que reconocerle otra desalentadora característica. Me refiero a la palmaria homofobia que rezuma su discurso al describir el personaje de El Machote: “El Machote, farsante de la sexualidad sin límites, un posible pato reprimido, lleva dentro de sí la luz divina de su sacrificio por su madre.” Hay que consignar el hecho de que no hay en Bachata del ángel caído ni una sola línea en que se aluda a la homosexualidad (“patería” en el lenguaje que Di Pietro toma prestado del argot puertorriqueño) del personaje de El Machote; ese atributo que el articulista le adjudica es más bien la proyección de sus propios prejuicios que algo que el texto analizado evidencie. Sin embargo, lo que resalta en el escrito de Di Pietro mucho más que la retórica clasista, paternalista y homofóbica, es su condescendencia hacia Pedro Antonio Valdez como escritor, a quien aconseja como padre a hijo sobre su futuro en las letras dominicanas:

“Pedro Antonio se nos presenta como un novelista que promete mucho en el futuro. Que piense, pues, en ese futuro, aceptando con humildad y con paciencia los elogios y hasta las críticas adversas que puedan surgir de esta primera publicación. Porque, en efecto, lo que cuenta no es exactamente lo que ha realizado en Bachata del ángel caído, sino lo que esperamos que realice en ese futuro.”

El paternalismo del escrito de Giovanni Di Pietro no es un caso aislado, más bien se trata de la norma en una porción mayoritaria de la crítica literaria dominicana. Críticos de carrera, como es el caso de Diógenes Céspedes, en ocasiones también incurren en esa forma peculiar de comentar la literatura nativa. Quién no recuerda las 24 páginas que Céspedes dedica en su Antología del cuento dominicano (Editora de Colores, 1996) a demostrar “frase a frase” cómo la narradora Aglae Echavarría supuestamente plagiaba un relato del escritor inglés Saki. Céspedes justifica su decisión editorial en los siguientes términos:

“Hemos mantenido el criterio de dejar en esta antología ambos cuentos en sus respectivos idiomas, más la traducción en español, como un revelador permanente de la imposibilidad de hacer estos fraudes intelectuales sin que se sepan y conlleven la sanción correspondiente.”

La labor de sabueso que ejercita Céspedes en su afán por denunciar el “crimen” de la narradora puertoplateña lo lleva a elaborar todo un catálogo de plagiarios en la historia literaria dominicana. Hay que insistir en el hecho de que quien emite juicios de semejante factura es quizás el crítico literario más reconocido del país, a juzgar por la proyección de la que disfruta en el ámbito cultural dominicano. A las razones de Céspedes en relación al plagio habría que anteponerle la pregunta en torno al significado de la originalidad en la literatura, esa falacia que empezó a cuajar en la imaginación del siglo 18 y que luego es elevada a la categoría de dogma en el periodo romántico. Si se acepta como válida la argumentación de Céspedes, sería posible hallar evidencias de plagio hasta en la "imitatio" de los antiguos. Pero lo importante aquí es señalar que el auto de fe desarrollado por Céspedes como coda a su antología bien pudo quedar fuera del texto (el propio autor destaca que el asunto había sido ampliamente discutido en la prensa) para incluir los relatos de otros escritores. El hecho es que pesó más la retórica de la altisonancia y la carga admonitaria que la apuesta por la literatura:

“Si no quieres que una cosa se sepa, no la hagas. No hay crimen perfecto. El más perfecto de los crímenes deja siempre una huella. Los policías y los críticos literarios no tienen prisa”.

Hace poco, al mencionar este hecho a una amiga escritora, ésta me comentó algo resignada: “Diógenes es Diógenes”. Meses antes, un conocido ensayista dominicano me silenció con esta otra sentencia: “a Diógenes nadie lo va a cambiar a estas alturas”. Yo prefiero pensar, no sé si demasiado inocentemente, que la crítica literaria de corte paternalista ejercitada por individuos como Giovanni Di Pietro y Diógenes Céspedes puede ser superada como paradigma en la República Dominicana. NR

2 comentarios:

  1. Muy interesante, y bien fundamentado.

    Los necesarios críticos cuando se convierten en narcisistas endiosados en su propia aura de poder, hacen mas mal que bien. Crean tramas, que fustran, sin querer o quien sabe que otros fines, las carreras de grandes talentos emergentes.

    No sé si éstos sean los casos, pero......... deja mucho que desear, hablándose de "Arte y cultura".

    Saludos

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  2. Buena sacudida para Di Pietro. La crítica de la crítica, excelente reflexión, Néstor.

    FaustoLH

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