lunes, enero 12, 2009

El sueño de la nación produce monstruos

El más conocido de los ochenta “caprichos” en los que Goya retrató la decadencia española de finales del siglo XVIII presenta la patética imagen del letrado durmiendo sobre su mesa de trabajo. El filósofo ha acomodado la cabeza entre los brazos al parecer rendido por el cansancio. Un ejército de lechuzas y murciélagos se le abalanza dispuesto a mortificar su sueño. Con aire de amenaza, una de las lechuzas ha blandido entre sus garras la pluma del ilustrado, gesto que destaca la indefensión de éste ante los monstruos que pueblan su universo intelectivo una vez ausente la aparente transparencia de la vigilia. Goya corona este “capricho” con un inquietante apotegma: El sueño de la razón produce monstruos. La estampa del genial artista puede servir de metáfora a una crítica del nacionalismo dominicano, tal y como se expresa en el discurso intelectual más reciente. Me refiero a la curiosa pervivencia en autores contemporáneos del saber que cuajó como narrativa dominante de la nación en la época de la dictadura de Trujillo de la mano de Manuel Arturo Peña Batlle, Emilio Rodríguez Demorizi y Joaquín Balaguer.

La segunda edición de El ocaso de la nación dominicana (Santo Domingo: Letra Gráfica, 2001) reivindica el lugar de preeminencia que ostenta Manuel Núñez entre los más ruidosos arcontes del nacionalismo dominicano en la actualidad. La obra de Núñez refuerza punto por punto la gran narrativa de la nación imaginada por la intelectualidad colaboracionista en la época de Trujillo. Su estrategia consiste en rescatar el tropo fundamental de la teoría sobre lo dominicano urdida por esa intelligentsia nacionalista que le precede: el espectro de Haití como elemento desestabilizador del cuerpo antiséptico de la nación dominicana. Con todo, para revigorizar este anquilosado saber, Núñez precisa afinar esa narrativa fundamental para así adecuarla mejor al presente histórico, es decir, para asegurar la fijeza de esta particular interpretación de la historia dominicana hace falta retocar sus lineamientos básicos. En On Belief, Slajov Zizek describe esta maniobra de perpetuación ideológica del modo siguiente:

...para que un edificio ideológico ocupe un lugar hegemónico y legitime las relaciones de poder existentes tiene que adecuar su mensaje fundamental --y los máximos “heresiarcas” son aquellos que, empecinados en el mensaje fundacional, rechazan ese ajuste.

Núñez combina ambas posturas en su obra. Mientras modifica ligeramente ese “mensaje fundamental” de la narrativa nacionalista de la historia patria al agregar nuevos fundamentos al entramado que sostiene su supuesta supremacía, galvaniza los elementos ya existentes.

El autor establece como eje de su ensayo la reflexión en torno a “la preservación del Estado nación fundado en 1844”. En la lógica de Núñez, la integridad de la República Dominicana se encuentra amenazada tanto por la “implantación” en su territorio de los haitianos ilegales como por el reflujo migratorio de la comunidad dominicana radicada en el exterior. Ambos grupos resultan demonizados en el texto como agentes patógenos cuyos esquemas mentales deforman el cuerpo de la nación:

Todo apunta hacia el ocaso de la Nación que conocimos. Las emigraciones, la cultura, la lengua, los valores, lo que fue ayer la frontera espiritual… ha sido arropado por mudanzas en el ser nacional que transforman nuestra cultura campesina y el semblante espiritual de las ciudades. Mientras más nos alejamos de lo que hemos sido, va naciendo sobre la ruina de lo que fuimos, otra nación cuyo entronque con la haitianidad del campo y la americanidad de las ciudades constituidas ambas en fuerzas históricas desnacionalizantes, fraguará nuevos modos de vida, nuevas formas de cultura, y una nueva historia.

Como se ve, para Núñez la dominicanidad constituye una especie de monolito que debe ser protegido de toda influencia considerada extraña. Este razonamiento tiene el efecto de justificar cualquier tipo de agresión en la custodia del sentimiento de pueblo: el sentimiento de unidad nacional no se manifiesta como agresividad, sino como defensa de la Independencia, de la cohesión cultural; como preservación de la homogeneidad de la nación y el Estado, de la población y el territorio.

El crítico puertorriqueño Rubén Ríos Ávila afirma con sobrada razón que de la efemérides lo que sigue insistiendo es lo efímero; Núñez se decanta por lo contrario. Según su interpretación, la intelligentsia postrujillista ha desvirtuado la historia de la nación al desmerecer la magnitud de la gesta independentista decimonónica y lo que ésta implica en tanto afirmación de una conciencia nacional: el objetivo de estos historiadores... no es preservar la memoria colectiva, respetando el monumental pasado, sino sustituirla con vulgaridades económicas y sociológicas. Ese “monumental pasado” que en opinión de Núñez debe ser reverenciado es indicativo de su ansiedad por legitimar compulsivamente el origen del Estado-nación. El resaltar este fundamento se convierte en el motivo que sostiene toda su argumentación en torno a la “crisis” nacional contemporánea como consecuencia de la incapacidad para interpretar el conjunto de consecuencias de la inmigración haitiana.

Recurriendo al pensamiento de Ernest Renan, Núñez reitera la necesidad de recuperar la “conciencia histórica” al nivel de lo cotidiano como única garantía de sobrevivencia para la cultura dominicana en el momento actual. En otras palabras, el autor considera que la dominicanidad es una realidad… intrínseca, intransferible que precisa ser reafirmada en un plano interior por los individuos que la ostentan. Esta idea de de la “conciencia histórica” nacional queda matizada en los siguientes términos:

…se trata de una interpretación histórica. Credos y valores que han de transmitirse de generación en generación. Convivencia común. Lucha contra toda injerencia extranjera. Proyectos colectivos, memoria de una vida vivida, todo ello actúa, como un valladar contra la imposición de nuevos valores, pero también como un estímulo para la creatividad”.

La dimensión creativa que Núñez relaciona a esa manifestación de la “conciencia histórica” constituye uno de los pilares del pensamiento nacionalista. En “Nacionalidad y nacionalismo filosófico”, Jacques Derrida examina esta característica partiendo del análisis minucioso del “Discurso a la Nación Alemana” de J. G. Fichte. Derrida describe la circularidad propia al “principio nacional” en la filosofía para destacar el hecho de que todo nacionalismo es “esencialmente” filosófico en el sentido de que al mismo le corresponde enunciar un origen con el cual llevar a la claridad del concepto lo que ya existía, el sentimiento de pueblo. Por supuesto, para que ese fundamento persista como tal necesita ser adecuado a las contingencias del presente histórico, es decir, la vigencia de este origen depende precisamente de la capacidad de ser reinscrito en la praxis cotidiana como novedad. En palabras de Derrida: La figura del círculo se impone, pues se trata… de volver a un origen que no consiste por otra parte sino en un principio de lo originario y de la creatividad. La creatividad es circular, la creación de lo nuevo… no es sino un recurso, un remedio, una vuelta circular a la fuente. En el argumento de Núñez la independencia de 1844 conforma esa “fuente” cohesiva a la que hay que regresar en aras del mantenimiento de la cultura dominicana; de ahí la tendencia repetitiva del autor de remarcar elementos como la soberanía política, el estado de derecho, la geografía y la Constitución, entre otros, para caracterizar la supuesta precariedad de la cultura dominicana ante la “colonización permanente” de los haitianos.

Se puede apreciar fácilmente que El ocaso de la nación dominicana responde a la misma modalidad retórica que marca la obra nacionalista de sus predecesores. Ahora bien, la particularidad de la interpretación de Núñez con respecto a las de Peña Batlle y Balaguer estriba en que éste privilegia variables de índole cultural y legal más que el recurso de la “raza” para establecer la distinción entre Haití y la República Dominicana. En efecto, en el modelo de identidad nacional preconizado por Núñez la raza se describe como un aspecto superado en la discusión sobre “lo dominicano”: lo dominicano agrupa a todas las razas, y las trasciende. Porque es la concreción de una mentalidad y de un modo de vida fraguado en varios siglos de convivencia entre negros, blancos y mulatos. El autor parece aludir con esto a que los dominicanos han llegado a constituir una especie de “raza cósmica”, una raza universal, aunque de raigambre latina, en la que desaparecen las diferencias, tal y como teorizara José Vasconcelos a principios del siglo XX.

La retórica del desastre patente en El ocaso de la nación dominicana confirma el desasosiego que invade actualmente a los arcontes del nacionalismo dominicano al verse incapacitados de dominar como antes el debate en torno a la identidad nacional. La inquietud de Núñez refleja de forma contundente cómo la historia de la nación articulada por la intelectualidad trujillista empieza a perder vigencia en tanto monumento. Sus apologistas presienten la quiebra de esta gran narrativa como discurso preponderante. Es precisamente esta condición de precariedad lo que hace que la idea de una dominicanidad invariable aumente significativamente en su valor simbólico, generando en autores como Núñez ese renacimiento de posturas nacionalistas propias de épocas anteriores en la historia dominicana. Lo que se les escapa a estos guardianes es que el espacio de la nación está cada vez menos sujeto a la preceptiva funcionalista que dio legitimidad a la teoría de una dominicanidad homogénea en la época de la dictadura. Hoy por hoy, el ámbito de la nación es inaprensible para este tipo de modelo. Lo que antes garantizaba el lugar privilegiado del intelectual nacionalista en el cuerpo social, la codificación del espacio nacional de acuerdo a una normativa irrefutable, pierde su validez frente a la cantidad de discursos que se disputan la cotidianidad social dominicana. En La invención de lo cotidiano, Michel de Certeau utiliza la metáfora de la ciudad para ilustrar este tipo de encrucijada ideológica:

...el lenguaje del poder "se urbaniza", pero la ciudad está a merced de los movimientos contradictorios que se compensan y combinan fuera del poder panóptico. La Ciudad se convierte en el tema dominante de los legendarios políticos, pero ya no es un campo de operaciones programadas y controladas. Bajo los discursos que la ideologizan, proliferan los ardides y las combinaciones de poderes sin identidad legible, sin asideros, sin transparencia racional: imposibles de manejar.

Es justamente en la contingencia de estas combinatorias en donde habría que empezar a identificar "lo dominicano" en la historia cultural del Santo Domingo de hoy. Sólo a partir del reconocimiento de estas variables el sueño de la nación podría resultar en una actividad provechosa de cara a la construcción de una sociedad más tolerante. NR


2 comentarios:

  1. Anónimo9:56 p. m.

    No se de donde sale la insistencia en que "la narrativa dominante de la nacion" es de origen trujillista. Basta con leer a Pena Batlle y Balaguer para saber las fuentes en las abrevan. El nacionalismo dominicano como lo conocemos cuajo con la llegada al poder del Partido Azul en el ultimo cuarto del siglo XIX.

    ¡Patria desventurada! ¿Qué anatema
    cayó sobre tu frente?
    Levanta ya de tu indolencia extrema:
    la hora sonó de redención suprema
    y ¡ay, si desmayas en la lid presente!

    Pero vano temor: ya decidida
    hacia el futuro avanzas;
    ya del sueño despiertas a la vista,
    y a la gloria te vas engrandecida
    en alas de risueñas esperanzas.


    Ademas se sugiere que lo "dominicano" se definiria a partir de las combinaciones de poderes de Michel de Certeau. Sin embargo, de Certeau dice que estas no tienen "identidad legible". Ninguna nacionalidad puede existir sin tener identidad legible, o si?

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  2. Tiene razón Anónimo. Debo seguir los consejos de gente sabia como Ud., todo un adalid del pensamiento crítico...

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