jueves, octubre 28, 2010

Canto XIX

Las vísceras de todo regalo engañoso
(considere usted por un momento
el caballo de Troya) acuden al espacio
desde una frontera que no es espacio,
emergen del tiempo resbalando
entre divergencias y asociaciones
desde una zona que no es tiempo.
No es un abismo conyugal,
no es una dialéctica,
no es una noche oscura del idioma,
es tan solo una gravedad
que nos empuja al centro.
Los ojos del poeta escudriñan vísceras
como quien desmantela un artificio.
Los pies del poeta desgajan el torso
en cuyas extremidades laterales
dos manos adiestradas tantean
como si considerasen
que la realidad es un telar
de amplias costuras a ser descubiertas.
Y cuando el cuerpo entero de los poetas
pende de un último hilo y una oscura
sensación de voz imperativa dice: “¡salta!”,
ellos quisieran haber llegado a tales extremos
siendo creyentes, para así olvidar el temor
que les asalta como un calambre.
Solo el amor acumulado
en horas de paciente cultivo tiene allí la palabra.
Solo la confianza en lo que conocimos
durante la vida tiene, allí donde la vida
empieza a ser otra cosa, la palabra.
No hay lugar para el miedo:
nos hundiríamos cayendo y resbalando
mojados de barro y plasma en dolor espiral.
Todo lo aparente de nuestro mundo
corresponde al equino de Troya.
Mejor dudemos, para luego creer,
que dudar para siempre.
Como el sabio que mira las cosas dos veces
y asoma sus ojos escudriñando vísceras,
uno solo de estos en Troya hubiera bastado
para redimir la calamidad,
uno solo de estos que en tu corazón hablase
adicionaría tus vísceras a las mías para que juntas
pendieran sobre el abismo, sin ocupación
ni destino, con la libertad asomada al rostro.

De la segunda parte de Exodus, titulada “Iconoclasta”.


J. P. Emmanuel (Puerto Rico, 1971). Su obra continúa inexplicablemente inédita. Lo único que ha dado a la imprenta son dos textos para la Antología de la poesía latinoamericana del siglo XXI (México, 1997) y uno para la desaparecida revista electrónica El fémur de tu padre.

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