sábado, diciembre 04, 2010

Riqueza y educación democrática

Uno de los mayores problemas del desarrollo de la República Dominicana moderna ha sido la poca originalidad de los gobiernos para echar a andar proyectos de nación que se ajusten a las necesidades propias de la sociedad. Los cerebros que asesoran al Ejecutivo en las diversas áreas de importancia para la administración de la política pública han tenido como norma el intentar a aplicar modelos de desarrollo que han tenido una suerte variable en la sociedad estadounidense que les sirve de paradigma a emular. No se necesita tener un título de una institución europea o norteamericana de prestigio para darse cuenta de lo equivocadas que suelen ser las apuestas de avance en los diversos renglones de interés nacional. Basta con fijar la mirada en cualquier esquina de la ciudad capital o en el más recóndito paraje campesino para caer en cuenta de que se han confundido terriblemente las prioridades.

Tan temprano como 1891, José Martí advertía sobre el peligro de que se imitara demasiado, de que los líderes procuraran “gobernar un pueblo que no conocen” armados de “antiparras yanquis o francesas”. Pedro Mir estaba en la misma página que el cubano cuando en 1949 señalaba con desgarradora sinceridad que la tierra que más amaba era más bien un “país inverosímil” producto de la cruenta tiranía vigente, pero en mayor medida por la injerencia extranjera y su control de los medios de producción. Eran otras las circunstancias históricas, pero el retrato de una sociedad que da la espalda a sus ciudadanos no es una imagen que diste mucho de los tiempos que corren. Cuando el presidente se vanagloria de que la República Dominicana ha experimentado un crecimiento económico significativo, hay que convenir en que nuestros líderes siguen mirando el mundo con lentes foráneos.

Cabe preguntarse, ¿a qué precio se ha obtenido ese supuesto avance en los indicadores económicos? Desde los años ochenta, pero sobre todo en los noventa, la República Dominicana ha abrazado los postulados económicos del ahora totalmente desacreditado modelo neoliberal, ése que propugna la relajación de los controles fiscales a las iniciativas de la empresa privada. Sus efectos han sido nefastos. La larga lista de consecuencias incluye 1) la virtual desaparición de la clase media y el consecuente aumento de la pobreza, 2) la pérdida del patrimonio nacional, en particular las grandes zonas costeras que han pasado a manos de consorcios privados, mayormente extranjeros; 3) la corrupción a niveles alarmantes en numerosas áreas del gobierno, sobre todo la judicatura y la policía, que ha llevado al país a recibir la vergonzosa categoría de “narcoestado” a los ojos de la prensa internacional, y 4) el potencial daño ecológico irreversible a la hidrografía del país como resultado de la actividad de consorcios mineros de una mala reputación documentada, como es el caso de la empresa canadiense Barrick Gold. A esta macabra lista hay que agregar un tema fundamental que ha copado los medios de comunicación en las pasadas semanas. Me refiero al reclamo por parte de amplios sectores de la sociedad del 4% del PBI para la educación. Se trata de un reclamo más que justo, particularmente si se piensa en que lo que se pide está amparado por la ley. Pero, la verdad sea dicha, la Constitución parece seguir siendo, como se catalogó con desparpajo en tiempos aun más oscuros de nuestra vida democrática, “un pedazo de papel”.

En un estudio reciente en torno al sistema educativo de los Estados Unidos, Not For Profit: Why Democracy Needs the Humanities (2010), la filósofa Martha Nussbaum señala que el modelo de desarrollo imperante en dicha sociedad en las últimas décadas se ha basado en asegurar a toda costa el crecimiento económico con la idea de que el éxito en ese renglón se reflejaría por fuerza en las demás áreas susceptibles de atención, como la educación, por ejemplo. Nussbaum sostiene sin ambages que esta visión ha sido desmentida contundentemente en la práctica y que “producir crecimiento económico no significa producir democracia”. Esta opinión, proveniente de una de las intelectuales norteamericanas más respetadas, podría trasladarse sin problemas al contexto dominicano. Las cifras relativas a la situación del sistema educativo dominicano están ahí como la más clara evidencia de ello.

A propósito de la idea de nación, G. K. Chesterton apuntaba a principios del siglo pasado que “si nos jactamos de lo mejor, debemos arrepentirnos de lo peor. De otro modo, el patriotismo será una pobre cosa”. Con esta misma franqueza hay que reclamar buen seso cuando la nave parece vagar sin rumbo. Esa puede que sea la forma más elemental y provechosa de hacer patria. NR

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