sábado, mayo 21, 2011

La desesperación de los intelectuales dominicanos

Las páginas culturales de los diarios dominicanos puede que sean el mejor barómetro del estado actual de la crítica. En un país en donde las revistas culturales son una rareza y las especializadas poco menos que un milagro, los suplementos periodísticos constituyen el espacio en donde se ejercita cierto pensamiento crítico. Ahora bien, el examen detenido de la producción de ese saber deja mucho qué desear. Es cierto que en ocasiones se publica uno que otro texto bien pensado e incisivo (ahí está como muestra la producción de José Alcántara Almánzar, Amparo Chantada, Fidel Munnigh, Bernardo Vega), pero la escena sigue basculando entre la escritura paternalista y admonitoria al mejor estilo decimonónico, y aquella que se decanta por una ironía zafia y pretendidamente mordaz. El mejor ejemplo del primer tipo de dicción son los escritos de Diógenes Céspedes, quien en sus columnas sabatinas siempre encuentra la manera de autolegitimarse como voz magisterial de criterios inapelables. Si esta postura se asumiera con fundamentos, no habría por qué objetarle su anacronismo, pero lo cierto es que la levita de estudioso de Céspedes disimula la más tajante vacuidad. En una entrega reciente, titulada “La raza: el fracaso de las cinco repúblicas” (Hoy, 15 de enero de 2011), Céspedes lanza la siguiente hipótesis: “¿Por qué cuando la República Dominicana adquiere a partir del 27 de febrero de 1844 su estatuto de país independiente, libre, sin vasallaje de ninguna especie, fracasan todos los proyectos políticos, económicos, sociales y culturales orientados a crear una nación?”. Ante el planteo de una problemática como ésa el lector no puede menos que prepararse para una lectura que se vislumbra tan urgente como edificante; sin embargo, como a menudo sucede con los atropellados escritos de Céspedes, la pregunta se pierde en el autoenaltecimiento y las continuas digresiones. Así pues, lejos de adelantar un argumento preciso, el crítico lanza perlas como ésta: “El oficio de escritor es un asunto muy serio. No es una frivolidad. El escritor es quien transforma, en su cultura, las ideologías de época, el lenguaje, la historia, el sujeto y la literatura.”

En las antípodas del lugar que reivindica Céspedes como intelectual público, que vendría a ser algo así como el de un Pedro Henríquez Ureña sin sustancia, se atisba la silueta del pensador que abomina la academia y sus titulares. Este tipo de intelectual no es de menos cuidado que la vieja escuela que representa Céspedes. La versión criolla del intelectual antiacadémico es tan dogmática en sus planteamientos como aquella que pretende tener en todo la última palabra. En su desesperación por simular sapiencia, el intelectual antiacadémico criollo echa mano de los arsenales conceptuales más heteróclitos y prodiga un conocimiento nominal de los teóricos de moda, pero en lo que más se destaca es en el abuso de la ironía, de la cual se considera un maestro consumado. De este curioso tipo de intelectual nadie rutila más que Miguel D. Mena, quien comparte con Céspedes las páginas de uno de los suplementos más leídos del país.

Una de las columnas que mejor encarna su antiacademicismo pueril se titula “Dominicanos postcoloniales, postmodernos, ¿postdominicanos? (Hoy, 16 de octubre 2010). En las líneas introductorias, Mena hace gala de la desmañada mordacidad que le caracteriza: “Por una de esas extrañas elipsis de la vida vuelvo a la Academia y redescubro aquellos viejos gustos por los lechos de Procusto a la hora de valorar las categorías, los conceptos y los paradigmas. En los años 80 no hablar de ‘lucha de clases’ y ‘penetración cultural’ era como mandar a un ciego a correr el maratón. En la actualidad, quien no cita a Babha (sic), Spivak, Rorty y García Canclini o descuida hablar de sociedades ‘postcoloniales’ mejor que ponga su barba en remojo”. La mención de estas figuras que Mena encuentra en su incursión peregrina por el archivo teórico contemporáneo da la impresión de cierta competencia en el saber al que alude, pero en seguida se aprecia que es un completo desconocedor de los debates en torno al poscolonialismo: “Cuando oigo hablar de “sociedad postcolonial dominicana” me pregunto por el alfa y omega de tal formulación. A menos que sea una fórmula para seguirle el juego a los sabios académicos norteamericanos que son por ahora los grandes empleadores de los jóvenes pensadores que en nuestro país tal vez estarían condenados a magras aulas universitarias en algún extensión (sic) regional de Azua –con perdón de Azua-, pienso que hay que aligerar el peso de esos trajes (sic)”.

Si hay un paradigma digno de tomarse en serio a la hora de pensar lo cultural dominicano, ése sería la teoría poscolonial; pero entendida no con la superficialidad con que la procesa Mena, sino en su indiscutible vigencia a la hora de estudiar los procesos históricos que perfilan la singular modernidad dominicana. En este sentido, los hallazgos del poscolonialismo podrían contribuir a contestar la cuestión que se plantea Céspedes en torno al fracaso de los proyectos de nación en el contexto quisqueyano; sí, porque hay que destacar que el poscolonialismo con lo que batalla más abiertamente es con el legado sombrío del orden colonial que pervive en sociedades como la nuestra. Con todo, mientras la crítica dominicana continúe oscilando entre la dicción imperativa y la charlatanería, el fruto seguirá siendo descarnado. NR        

Crítica para tiempos de poco fervor (2009)

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