sábado, julio 23, 2011


El Pedro Henríquez Ureña de Odalís Pérez

La publicación de un libro que recupere parte del legado de Pedro Henríquez Ureña con la idea de acercarlo a las nuevas generaciones es sin duda un gesto encomiable. La más reciente empresa difusora de la obra del maestro dominicano se la debemos a otra importante iniciativa del Archivo General de la Nación, institución responsable de la publicación de Pedro Henríquez Ureña. Historia cultural, historiografía y crítica literaria (2010). El compilador de este volumen es el reconocido investigador Odalís G. Pérez, egresado de la Universidad de Bucarest y autor de una docena de libros, entre los que figuran La ideología rota (2002) y Joaquín Balaguer. La filología, la historia y el pensamiento (2010). 



Pérez hace una curiosa selección de la obra de Henríquez Ureña. Incluye textos seminales del latinoamericanismo, como lo son “La utopía de América”, “Patria de la justicia”, “El descontento y la promesa” y “Ciudadano de América”. Reproduce también “La cultura de las humanidades” y “La Universidad”, escritos de indiscutible vigencia en estos tiempos en que las disciplinas humanísticas se encuentran cada vez más amenazadas por el pragmatismo infame de los consejos universitarios. Asimismo, la compilación contiene una selección amplia de textos relativos al tema específicamente dominicano, entre los que se cuentan los fundamentales: “Vida intelectual en Santo Domingo”, “La República Dominicana desde 1873 hasta nuestros días” y “Memorandum sobre Santo Domingo”. Otro acierto en la selección de Pérez es el haber incorporado al conjunto un texto poco conocido de Henríquez Ureña: “Aspectos de la enseñanza literaria en la escuela común”, el cual constituye una suerte de programa en torno al desarrollo de las destrezas de lectura y escritura en los grados primarios y secundarios, y que ciertamente ostenta una innegable actualidad. 

En cuanto a la organización del volumen, hay que señalar que la misma no se rige por un criterio cronológico. Tampoco hay uniformidad en cuanto a los ejes temáticos que se privilegian en la selección. Si bien es cierto que el compilador incluye el importante estudio de Henríquez Ureña sobre la música popular en Hispanoamérica, ejemplo de una de las facetas poco estudiadas de su obra, no deja de llamar la atención que se queden fuera del conjunto muestras del amplio tratamiento que Henríquez Ureña dio a la pintura, al teatro y a la ópera. Pero la omisión que más resalta en un volumen que se define como una propuesta de lectura del legado de Henríquez Ureña “encaminada a reconocer el campo de la investigación lingüística, histórica, literaria, cultural y social que propicia su obra en el contexto del sentido tendiente a servir de guía para nuestra juventud en la realidad de una visión crítica de su producción intelectual [sic]” (p. 36) es la de los estudios lingüísticos que Henríquez Ureña diseminó a lo largo de sus años argentinos.

Los estudios lingüísticos de Henríquez Ureña comprenden uno de esos puntos sombríos de su obra. Y no es para menos; el insigne maestro se empeñó a toda costa en minimizar la influencia africana en el desarrollo de la lengua que nos caracteriza como pueblo. “El español en Santo Domingo” sería a este respecto el ejemplo más llamativo. Recientemente, el académico dominicano Juan R. Valdez publicó un valiosísimo estudio sobre esta problemática en la obra Henríquez Ureña: Tracing Dominican Identity: The Writings of Pedro Henríquez Ureña (Palgrave-Macmillan, 2011). Lecturas como la de Valdez, que abordan con rigor la parte menos disculpable de la producción de Henríquez Ureña, contribuyen a apuntalar esa necesaria “visión crítica” de su pensamiento que Pérez procura ofrecer, con mediano éxito, a la juventud dominicana de hoy.

A propósito de ese afán pedagógico con que Pérez caracteriza su empresa de divulgación del pensamiento de Henríquez Ureña, es notable cómo la sintaxis atropellada y abstrusa del compilador en su estudio introductorio se convierte, frente a la claridad y concisión que caracteriza la prosa de Henríquez Ureña, en toda una lección de escritura. Ensayemos un ejercicio escolar. Tómese cualquier fragmento de los escritos de Henríquez Ureña incluidos en el volumen que nos ocupa y confróntesele con uno de la introducción de Pérez, por ejemplo éste que cito a continuación:  “¿De qué manera leyó Pedro Henríquez Ureña lo social mediante la crítica, la historia y la educación? Esa pregunta supone un proyecto de trabajo que recuperaría su hispanística y reclamaría una respuesta en la línea de una sociohistoria fundada en la relación lengua-sociedad, lengua-cultura y sujeto-cultura-lengua. La particularidad que requiere el tratamiento de una concepción postkantiana y posthegeliana de los espacios culturales supone entonces una culturología crítica avalada por contactos y contextos de pensamiento surgidos de una alteridad y una otredad [sic] ligadas a un tiempo de miradas críticas que hoy apuestan por una visión integrada a los diversos campos de la productividad del pensamiento latinoamericano contemporáneo...” (p. 32). Considérese este otro fragmento, cargado de la misma impenetrabilidad: “Historia, lengua y literatura marcan la tradición como concepto-continente y como espacio-huella de una evolución poético-textual que se pronuncia en la relación escritura-sociedad y lengua-historia” (p. 34). 

El carácter ininteligible del estudio preliminar de Pérez se convierte así en modelo de la crítica que Henríquez Ureña siempre abominó, a saber, la escritura pretenciosa, cargada de tecnicismos, poco elegante y vacua. Como pontifica el Henríquez Ureña de “El descontento y la promesa”, incluido en el volumen examinado, “el público ha de ser exigente” (p. 191). La advertencia del maestro no debería ser ignorada.
          

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