lunes, agosto 22, 2011

El panteón rayano 
de Marcio Veloz Maggiolo

El hombre del acordeón, de Marcio Veloz Maggiolo, es la segunda novela de una trilogía del conocido autor dominicano que la editorial Siruela reeditó en España a principios de la presente década. Como es habitual en la extensísima obra de Veloz Maggiolo, en El hombre del acordeón se privilegia la temática histórica, en particular un período que cuenta con un dilatado tratamiento por parte de autores dominicanos y haitianos. Me refiero, claro está, a la masacre de 1937. El hombre del acordeón aborda este funesto evento amparándose en la tradición de la novelística latinoamericana comprometida con la forja de un nuevo texto histórico. Es evidente el intento del autor por regresar al escenario de la masacre para proponer, en clave alegórica, una morfología alternativa de la cultura dominicana.

Los motivos que Veloz Maggiolo privilegia para adelantar semejante proyecto son el perico ripiao en tanto memoria social y al ejecutante de este ritmo como testador y a la vez conciencia de una clase campesina presumiblemente iletrada. La centralidad que tienen estos motivos en El hombre del acordeón se afinca en dos temas ancilares que en sí mismos van a contracorriente de la pedagogía nacionalista dominicana: la religión vudú y, en particular, el sujeto rayano que reparte sus lealtades entre las múltiples culturas que integran “lo haitiano” y “lo dominicano”. La confluencia de estos ejes temáticos revela un espacio social en donde se atisban evidentes políticas de la resistencia en el período trujillista. Con todo, estas líneas de disconformidad se vuelven ilusorias cuando se examina con detenimiento el modo en que en la novela la cultura patriarcal y autoritaria, que ha sido el santo y seña del Santo Domingo moderno, permanece a fin de cuentas inalterada.

En términos amplios, El hombre del acordeón narra la historia de Honorio Lora, reputado como el mejor merenguero de isla. Honorio también era conocido por su destreza en la crianza de gallos y por sus numerosas conquistas amorosas. A partir de los sucesos del 1937, en los cuales dos de sus mejores amigos fueron asesinados, Honorio experimenta una transformación ideológica que le hace denunciar en sus merengues los excesos del trujillismo. Esta actitud le cuesta la vida cuando dos de sus antiguos compañeros de parranda lo envenenan y le roban su legendario acordeón. La muerte de Honorio desatará una venganza orquestada por dos de las mujeres vinculadas sentimentalmente al músico. Con la ayuda de una “bruja haitiana” de nombre Polysona, Ignacia y Remigia logran que a Honorio se le practique lo que en la religión vudú se denomina “desunén”, esto es, la separación de la energía vital que habitó el cuerpo de una persona. Al morir el individuo, esa energía vital necesita ser restituida al cosmos. A Honorio, sin embargo, le es permitido encarnar en varios cuerpos hasta que se consuma la venganza de su muerte. Alcanzado este propósito, se entiende que el balance cósmico ha sido restituido. Honorio deviene entonces un loá o “misterio”, es decir, se transforma de allí en adelante en un espíritu protector.   

El recurso de los ritos vudú en esta novela puede parecer epigonal si se piensa en el Carpentier de El reino de este mundo (1949), pero en lo que concierne a la historia literaria dominicana, el tratamiento positivo de la religión vudú constituye no sólo una novedad, sino una verdadera osadía. Ciertamente, el vudú que el saber oficial oblitera como relativo a la “barbarie” se presenta en la novela de Veloz Maggiolo como un elemento de valor innegable en la cultura dominicana. Para alcanzar este audaz propósito, el autor recurre a la figura antes mencionada del rayano. La importancia del rayano para el proyecto de Veloz Maggiolo es capital, como se evidencia en el protagonismo que este actor social adquiere en los momentos clave de la novela. Por ejemplo, Honorio comienza a denunciar en sus merengues la vena sanguinaria de Trujillo sólo cuando los soldados matan a Tocay y Ma Misién, sus compadres rayanos. Pero más significativo aún es que el narrador haga claro que Honorio, quintaesencia de la dominicanidad campesina, adquiere de pronto la condición de rayano: “Aunque Honorio jamás fue practicante de estas creencias [el vudú], el hecho de haber muerto por criticar las medidas del llamado ‘corte’, donde murieron haitianos y rayanos, le daba oportunidad y derecho de ser tratado como uno de ellos” (p. 85). Nótese la fluidez que las categorías gentilicias adquieren en boca del narrador. Haitiano y dominicano se emplean aquí casi como escalas intercambiables cuando se les presenta en concomitancia con la categoría de rayano.

Otro aspecto que merece comentario al examinar la caracterización positiva del rayano es la metamorfosis que sufre el narrador a medida que entra en contacto con las múltiples versiones de la historia de Honorio Lora. El narrador se autodenomina en dos ocasiones como “periodista”, y como tal va recopilando detalles sobre la vida del hombre del acordeón. A la manera de William Faulkner, Veloz Maggiolo recurre a la técnica de las múltiples voces que dan cuenta de un mismo hecho, en este caso las circunstancias que llevan a la muerte de Honorio. Desde las líneas iniciales de la novela, el narrador que hace uso de este archivo, en su mayoría oral, advierte que el material que ha manejado no se puede entender sin recurrir a saberes que se contraponen a la lógica empírica: “Si me hubiera puesto a escribir queriendo discernir lo verdadero de lo falso, jamás habría logrado un relato más o menos coherente, por lo que el lector deberá estar de acuerdo conmigo en que use a veces voces fuera de tiempo, frases que, imagino, eran lógicas en un momento, cuentos de camino que me llegaron por varias vías, y que no puedo justificar sin hacer referencia a las etapas de una magia común que todavía se practica” (p. 11). Esta exhortación temprana del narrador a “estar de acuerdo” con su uso de modos heterodoxos de sustentar la historia de Honorio sólo se comprenderá en las páginas finales, cuando se aprecia cómo el narrador sucumbe al orden del panteón rayano.

Es posible leer la valoración positiva del rayano y su centralidad en el proyecto estético de Veloz Maggiolo en términos de lo que el Giorgio Agamben de Signatura Rerum (2010) denomina “paradigma”. Para el filófoso italiano, el paradigma implica necesariamente una lógica que vuelve inefectivo cualquier afán de síntesis entre los elementos de una dicotomía. En otras palabras, entendido como paradigma, el rayano hace de las categorías de haitiano y dominicano elementos imposibles de diferenciar entre sí. La siguiente cita, en la que el narrador comenta sobre el panteón de dioses rayanos, es ilustrativa de esta dinámica: “Todavía, y luego del ‘corte’ donde murieron rayanos y haitianos en cantidades brumosas, viven brujos dominico-haitianos y se desarrolla un vudú calenturiento en el que las divisiones de loá, petrós o dioses materiales tienen seres espirituales surgidos a ambos lados del territorio isleño, seres híbridos que hablan los dos idiomas y los dialectos más allá de la muerte” (p. 75).

Antes mencioné como la mitificación de Honorio como loá del panteón rayano tiene su origen en la tragedia de su muerte a causa de la letra de sus merengues en contra de Trujillo. El cariz reivindicativo de los últimos merengues de Honorio remeda el origen campesino de este ritmo que, antes de ser elevado a símbolo nacional y convertido así en mercancía en los años de la dictadura, se caracterizaba por su mensaje de desconfianza ante el avance de los proyectos de modernización en la zona norte de la isla, adonde había surgido. Ciertamente, Veloz Maggiolo procura rescatar el merengue como ritmo que canaliza sentimientos de inconformidad social. El ambientar su novela en una época en la que las manifestaciones de disidencia implicaban la invisibilidad social o, en el peor de los casos, la desaparición física, ayuda a la efectiva mitificación del personaje de Honorio como héroe campesino.

La caracterización mítica de este personaje se hace aun más contundente al vincular a Honorio con el sujeto rayano y emplear motivos propios de la religión vudú. Con todo, el cariz crítico de esta novela se viene abajo cuando se identifica en el personaje de Honorio las mismas taras que el régimen de Trujillo elevó a leyes no escritas, y que el Santo Domingo de la posdictadura no ha podido debilitar en lo más mínimo: el autoritarismo y la cultura patriarcal. La siguiente cita, puesta en boca de Remigia, es ilustrativa de este aspecto de la novela: “Hombre, caballo y acordeón eran un todo; estatua en movimiento eran, y era además como si la sangre entrara por las patas alazanas y penetrando el instrumento saltara hacia el bigote casi rosado. ¡Era tan bello! Tenía el bigote color de tuna y sus botas de montar eran finas. Su acordeón colgaba sobre su espalda como una mochila en bandolera cargada de melodías aún no escuchadas, de merengues explosivos... Acordeón que en lo político se iría transformando casi en una carabina calibre 30-30, o en un revólver Mágnum 44” (29). Honorio se presenta aquí como la encarnación misma del caudillo, a caballo y armado de su acordeón. No falta la alusión a su magnetismo hacia las mujeres de la zona, a las que se toma a voluntad. A fin de cuentas, la figura de Honorio como paladín de la causa campesina y loá del panteón rayano, al dejar intacto el orden patriarcal y abusivo de la sociedad dominicana retratada en la novela, termina siendo una especie de antihéroe. NR

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