martes, mayo 08, 2012


Para atizar el fuego del beato   

Floración, fuga de qué. Torsos tórridos (2001), volumen con que culmina un ciclo en la obra de León Félix Batista, bien entendido, no clausura nada; más bien complica y renueva las coordenadas que en Negro Eterno (1997) y Vicio (1999) acechan la solicitud del lector. Me refiero a esa excepcional estética en la cual el cuerpo persiste como eje de transformación del lenguaje poético, médula del exceso y la diseminación: “Manto, el cuerpo entero es manto, vocación  de  velamiento. Y sin embargo elude que adensen ciertos rasgos respirando desde el vórtice”. Implicada queda por fuerza una erótica, los pliegues de una dicción despiadada en sus hallazgos dibujando el augurio de una continuidad.

Édouard Glissant explica la “errancia” del sujeto caribeño como producto de la interacción, tirante o positiva, con la otredad. Igualmente, la errancia supone el escapar de la fijeza de las configuraciones para activar a partir del desarraigo eso que Glissant denomina “poética de la relación”. En una entrevista con Carlos Rodríguez, Batista teoriza el oficio de poeta con precisiones que colindan con la noción de errancia del escritor martiniqueño: “el poeta es el exiliado por definición, el poeta acarrea su extranjería como un fardo ligero, como se carga un carcaj: ahí está el arma”. La verdad es que la poética literaria de León Félix Batista se puede leer como una continua peregrinación a lo largo de una obra en la cual el sujeto poético, sobre todo en Torsos tórridos, tiende a fragmentarse y volverse a organizar en una dinámica tantálica de invención y ruina.

Otro tanto puede decirse de la contingencia, que parecería constituir otro de los ejes principales de esta poesía en la cual el lenguaje se muestra exento de toda intencionalidad que no remita al eterno presente del ritual, al gasto estéril, al comercio que, como el erotismo al decir de Georges Bataille, no genera acumulación: “Convertir un escenario de partículas dispersas/ y de estímulos aislados en un brote”.

Reticente ante las corrientes estéticas de su Santo Domingo natal, León Félix Batista ha sabido armonizar una singularísima poética en conversación con otras tendencias escriturales afincadas en el espacio más amplio de lo latinoamericano, ámbito al que accede tras una prolongada estancia en Brooklyn. Sin duda, las casi dos décadas de exilio en Nueva York, en diálogo directo con poetas como José Kozer, Roberto Echevarren, Eduardo Espina y el dominicano Carlos Rodríguez, entre muchos otros, facultaron a León Félix Batista para afinar su marca de fábrica, ese decir poético lábil que define su asombrosa actividad creadora. NR

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