martes, diciembre 11, 2012


La tambora 
de Fernando Casado

Recientemente, en el suplemento Areito del periódico Hoy se publicó el artículo “La tambora no es africana… ¡es aborigen! (I)”, de la autoría de Fernando Casado. En este escrito, el reconocido músico e investigador dominicano adelanta la tesis del supuesto origen exclusivamente taíno de la tambora.

De entrada, la tesis de Casado es sumamente polémica, pero más controversial aún resulta el argumento que usa para defenderla y que hizo que este lector levantara el trasero de la silla más de una vez.

Es impresionante el empeño con que Casado justifica la idea de la raíz exclusivamente indígena de la tambora remontándose hasta el Pedro Mártir de Anglería de las Décadas del Nuevo Mundo. Para preparar el camino de esta mistificación, Casado presenta una apasionada apología de la cultura taína recurriendo a la caracterización del conquistador español como un sujeto plagado de taras y aprensiones:

“El español que llega con el Descubrimiento desde aquel pretensioso (sic) “mundo” de aberraciones lamentables viene aturdido en esa viscosa maraña de prejuicios culturales y cerrazón religiosa, donde moraban solo “selectos” antediluvianos descendientes de Adán y Eva. La aparición súbita de un continente inconocido (sic) trastornó los equívocos epocales y desarmó sus arcaicos argumentos.”

La intención de Casado con aseveraciones como ésta es preparar el camino para la glorificación de la herencia indígena como quintaesencia de lo dominicano; de ahí su interés por destacar la grandeza en la humanidad de Guacanagarix y la bravura en Enriquillo.

Exaltada la dimensión de la cultura indígena, Casado entra a saco con el desarrollo de la tesis de los orígenes pretendidamente taínos de la tambora. Como el lector se podrá imaginar, es fácil vislumbrar el camino que seguirá su argumento. Sospechó bien. La retórica con que Casado expone sus puntos de ahí en adelante hace que su discurso se hunda en las deleznables aguas del nacionalismo parroquial, más cercano a la pasión del devoto que a los rigores de la investigación intelectual seria. Casado principia esa segunda parte de su exposición con esta joya:

“La tambora no es africana, viene ya insertada en la cultura aborigen. Su presencia histórica es remotamente anterior a la aparición de las negritudes en América. De haberlo sido, tendría que haber estado presente en la cultura instrumental haitiana o cubana, por citar, dada la desproporcionada incidencia africanoide en ambas.”

Negar cualquier vestigio africano en la confección de la tambora es de por sí un proyecto peliagudo y se podría decir que hasta siniestro; máxime cuando se justifica esa idea con señalamientos en torno a la “desproporcionada incidencia africanoide” de la cultura musical de Haití y Cuba en comparación con la de República Dominicana. Ciertamente, para Casado nuestro acervo musical a todas luces se aparta de los procesos históricos no sólo de la nación con la que compartimos la geografía, sino de toda la región antillana.

Por si esto fuera poco, para referirse a la influencia africana, Casado emplea el funesto término “africanoide”. El sufijo oide es de origen griego e indica forma o semejanza, pero su uso en la formación de vocablos en español tiene un claro matiz despectivo.

Casado recurre a otra cuestionable estratagema retórica en su empeño por realzar el grado de influencia de la herencia taína en la cultura musical dominicana. En efecto, al destacar la huella del componente aborigen en la “cultura y ritualidad esclavista” de La Española, Casado se refiere al vuduismo como una “emblemática y estridente expresión de la ritualidad negroide”.

Hablar del vuduismo en estos términos es una irresponsabilidad crasa a la luz de las investigaciones más serias del ámbito académico internacional, particularmente en las áreas de las religiones comparadas, la antropología, la historia del arte y, como no, la musicología. Dicho con toda claridad,  como el brahmanismo, el budismo o el catolicismo, el vuduismo es una religión de gran complejidad ritual y amplia riqueza iconográfica.

Casado concluye su argumentación en torno a los supuestos orígenes exclusivamente taínos de la tambora amparándose en el archivo de la crónica colonial. Allí encuentra relaciones de los instrumentos musicales taínos que a su juicio permiten demostrar “la presencia objetiva de un virginal antecedente básico en el arsenal instrumental aborigen en el origen de nuestra emblemática tambora, culturalmente inobviable (sic)”.

Nótese el uso del adjetivo “virginal”, que remite a un tronco prístino resguardado en el espacio arcádico del mundo aborigen, para referirse a la pretendida procedencia de “nuestra emblemática tambora”. Como se puede apreciar, Casado suscribe plenamente el discurso más arcaico en el debate de la nacionalidad dominicana, ése que identifica en la herencia taína el elemento constitutivo preponderante de nuestra identidad de pueblo.  Esta manera de explicar los símbolos de la cultura patria es lo que hace que la República Dominicana aparente vivir de espaldas al Caribe del que indudablemente forma parte. NR





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