martes, febrero 19, 2013


Si esta tierra da pa lo do: entrevista a Néstor Rodríguez

por Teresa Basile (Universidad Nacional de la Plata)

Tomado de la revista argentina Katatay, Vol. VIII, No. 10 (Septiembre 2012)
 

TB: ¿Cómo describirías los conflictos culturales de la frontera entre Haití y República Dominicana que tienen una larga historia?

NR: En efecto, se trata de conflictos de larga data. Incluso anteriores a la formación de las repúblicas que comparten la isla. Esos conflictos ya estaban presentes en el siglo XVIII con la tensión constante entre colonos franceses y españoles. Unos se empeñaban en acrecentar las ganancias de sus plantaciones y otros procuraban negociar bien la venta de ganado que movía una parte importante de ese sistema. Estos conflictos, en principio puramente económicos, produjeron, por supuesto, otros de tipo cultural que se manifestaban en enfatizar diferencias, como por ejemplo el idioma y las tradiciones. Cuando Haití alcanza su soberanía vienen tiempos de grandes fluctuaciones en la manera en que los habitantes del Santo Domingo español se relacionaban con sus vecinos, pero ya para la época de la independencia dominicana en 1844 había empezado a cuajar ese nacionalismo a ultranza que se exacerba en los años de Trujillo y llega con variados matices hasta nuestros días. Lo curioso del caso es que cuando escarbas un poco en la historia dominicana del siglo XIX notas que la memoria histórica recoge tanto episodios execrables, como por ejemplo las masacres de Dessalines en la zona norte del país, como también muestras de extrema solidaridad por parte de Haití, como acaeció cuando la élite terrateniente de Santo Domingo entregó la recién nacida república otra vez a España en 1861 y estalló una guerra para recuperar la soberanía. Esos conflictos culturales, aunque tienen una raíz histórica que se pierde en los tiempos de la colonia, hoy día sobreviven gracias a la retórica militante de intelectuales ultranacionalistas que persisten en perpetuar el mito de un Haití perturbador de la pretendida pureza de la cultura dominicana. En ese sentido, todavía no se ha modificado el texto histórico. Todavía los niños dominicanos crecen pensando que los haitianos comen gente. Esto a pesar del trabajo serio de académicos, artistas, gestores culturales y organizaciones no gubernamentales que han asumido la tarea titánica de intentar cambiar esa percepción equivocada del vecino de al lado.   

TB: ¿Cuáles han sido las políticas culturales (educativas, lingüísticas, letradas, etc.) proyectadas por los estados nacionales respecto a las diferencias culturales? Hubo cambios, giros en estas políticas?

NR: Ignoro las políticas culturales del gobierno haitiano con respecto a las diferencias culturales, pero sé de iniciativas oficiales que han surgido desde el lado dominicano y que se pueden interpretar como positivas en cuanto a que muestran al menos un gesto de acercamiento a un debate que debería ser más profundo. Me refiero a los intercambios sobre todo de índole académica y artística entre Haití y República Dominicana, algunos incluso orientados específicamente al tema de la frontera. Se trata de iniciativas tímidas por parte de gobiernos de diversa denominación, pero no dejan de ser gestos dignos de tomarse en cuenta. Hay todavía mucho por hacer para modificar la mitología anti haitiana. Todavía el imaginario popular dominicano piensa que el vudú es una práctica demoníaca cuando en realidad se trata de una religión de gran complejidad y riqueza. Todavía se escucha a académicos dominicanos hablar del criollo haitiano como un dialecto y no como una lengua más, una de las lenguas oficiales de Haití. 

TB: Hablaste del mito en torno al Haití perturbador. Me gustaría que me describas un poco más ese imaginario que se fue articulando en la República Dominicana sobre Haití desde políticas culturales de corte nacionalista. ¿Qué mitologemas emplean, qué “tipos” sociales enfocan, qué relatos arman?

NR: El mito del Haití perturbador viene de los años convulsos que siguieron a la proclamación de la independencia dominicana. Hubo muchas intentonas de reocupación por parte de Haití que generaron grandes matanzas y eso cuajó en el imaginario popular dominicano de modo muy agudo. Cuando Trujillo alcanza el poder esa mitología deja de ser parte de la memoria oral para convertirse en política de estado, es decir, la demonización de todo lo relacionado con Haití se institucionaliza. Así surge la nefasta política de “dominicanización de la frontera” a principios de la década del 40, que venía precedida del genocidio de 1937. En el plano intelectual, esta política de estado estuvo afincada en la diligencia de intelectuales que tuvieron a su cargo su legitimación, como es el caso de Manuel Peña Batlle y Joaquín Balaguer, por mencionar a los dos más activos en ese sentido. En los discursos y obras de Peña Batlle y Balaguer Haití se describe como un agente nocivo para el desarrollo de la República Dominicana a nivel cultural, racial y hasta moral. Por ejemplo, en la obra de Peña Batlle se justifica el uso de cualquier medida para detener la “invasión” haitiana al territorio dominicano, y en Balaguer se encuentran argumentos en torno a la capacidad reproductiva del haitiano; Balaguer llega al extremo de decir que los haitianos se reproducen a un ritmo “vegetal”. Esto lo dice en un libro de los años cuarenta que se reeditó prácticamente íntegro en 1983, y que desde entonces es libro de texto en escuelas secundarias y universidades. Ese tipo de retórica, responsable del recrudecimiento y perpetuación de la violencia simbólica y fáctica en contra del haitiano y los descendientes de haitianos en República Dominicana, sobrevive prácticamente intacta en la obra de intelectuales de hoy. Uno en particular, Manuel Núñez, es un pensador de verbo fogoso que defiende la integridad de una cultura dominicana monolítica vistiendo la levita decimonónica. Nunca ha dejado de conmoverme la pasión con que defiende posturas ultranacionalistas de defensa de la “dominicanidad” con argumentos propios del siglo XIX. Me sorprende lo anacrónico de su prédica tanto como la pasión con que defiende una uniformidad que la cultura dominicana no puede tener, puesto que la cultura no es un monolito.

TB: ¿Y cuál es la imagen o el imaginario que la cultura de Haití elaboró sobre República Dominicana como respuesta a esa violencia simbólica?

NR: A nivel del imaginario popular lo que pervive del lado haitiano de la isla es la imagen de las mujeres dominicanas como prostitutas y los hombres como haraganes y abusones. El nacionalismo a uno y otro lado de la frontera lo único que engendra es violencia.

TB: ¿Cómo impactó el paradigma de la “diferencia”, la atención a las alteridades, los debates en torno al multiculturalismo y las investigaciones en torno a la frontera en el caso de la frontera Haití/ República Dominicana? ¿Ha habido cambios políticos, legales y/ o culturales en la cuestión de la frontera?

NR: Los debates en torno al paradigma de la diferencia, el multiculturalismo y la frontera han encontrado eco en un sector adelantado de la academia dominicana, pero no es una discusión que haya logrado trascender los corrillos universitarios. Haití sigue siendo en el imaginario social dominicano un espacio de otredad non grata. Yo te diría que en ciertos aspectos incluso se ha caminado hacia atrás, como es el caso de la reciente modificación de la Carta Magna para eliminar el jus soli, el derecho de toda persona nacida en suelo dominicano a tener la nacionalidad del país en que nació. Esta medida ha llevado a miles de dominicanos descendientes de haitianos a vivir hoy día en un limbo jurídico, puesto que el estado niega validez a sus partidas de nacimiento y ni siquiera les permite obtener documentos de identidad. Este tipo de medida que supuestamente procura enfrentar la emigración haitiana ilegal se alinea con otras de índole militar, como la creación, en 2006, del Cuerpo Especializado en Seguridad Fronteriza (CESFRONT), institución asesorada directamente por el Department of Homeland Security de los Estados Unidos. Pero se trata de medidas hasta cierto punto contradictorias porque se le quiere poner freno a un flujo de inmigrantes que constituye la base de grandes fortunas en la agricultura, particularmente la industria del azúcar; la construcción y hasta el turismo. El empresariado que se lucra de la mano de obra barata de los haitianos no tiene ninguna intención de que el flujo migratorio se regularice.

TB: ¿Qué sucede con la literatura que se escribe en, desde y sobre la frontera?

NR: La literatura dominicana tiene una amplia tradición de obras que tratan el tema de la frontera, desde aquellas que se ajustan a la narrativa nacionalista tradicional, como es el caso de El Masacre se pasa a pie, de Freddy Prestol Castillo, y de Compadre Mon, de Manuel del Cabral, hasta aquellas que abordan el tema de la frontera y sus sujetos desde una óptica más crítica. En este renglón habría que ubicar los cuentos de Juan Bosch, pero sobre todo obras de publicación reciente como la novela Marassá y la nada, de Alanna Lockward, los cuentos de Aurora Arias en su excelente Emoticons y la novela El hombre del acordeón, de Marcio Veloz Maggiolo, una de las mejores propuestas que he leído en torno a la frontera y sus alrededores. En ella se le da principalía a la figura del “rayano”, el sujeto de la frontera, siempre a medio camino entre “lo haitiano” y “lo dominicano”. De hecho, antes de Veloz Maggiolo un grandioso escritor dominicano sorprendentemente poco estudiado, Manuel Rueda, había fatigado el tema desde la poesía. Mención aparte merece la novela Malas hierbas, del puertorriqueño Pedro Cabiya, quien reside desde hace años en Santo Domingo. Me parece que Cabiya dilucida mejor que nadie los diversos matices del tropo de la frontera al presentar con fina ironía la ruindad del capitalismo dominicano que “zombifica” al haitiano para garantizar su dominio.

TB: ¿Se puede hablar de una cultura de la frontera? ¿Una cultura de frontería que exhiba marcas propias, que se diferencie tanto de las marcas características de la cultura de Haití como de República Dominicana? ¿Con lenguas, relatos y tradiciones culturales particulares?
 
NR: Silvio Torres-Saillant, pionero de los estudios dominicanos en Norteamérica, encontró un término feliz para designar eso que identificas como “cultura de la frontera”. Torres-Saillant la denomina la “condición rayana”. Con esto se refiere a los necesarios “cruces” que vive la sociedad dominicana a distintos niveles, cruces que convierten la experiencia de “lo dominicano” en un espacio lábil que se enriquece a través de contactos de todo tipo y que apuntan a la primacía de lo diverso en el debate sobre lo cultural. Lamentablemente, esta dinámica que describe Torres-Saillant, cotidiana en la zona de la frontera y también en la interacción de compatriotas ubicados en la isla y en los enclaves dominicanos en Norteamérica, Europa y Puerto Rico, no es reconocida por la intelectualidad rancia, heredera del trujillismo, que aún domina el debate sobre la nacionalidad en República Dominicana. Pero esto a la larga tendrá que cambiar. En algún momento se entenderá el mensaje que la talentosa Rita Indiana Hernández lanza en una de sus canciones al hacer referencia a los pueblos que comparten la isla: Da pa’ lo’ do’

TB: Sí, vale la pena quedarnos con esa letra de Rita... gracias, Néstor. 


Teresa Basile es profesora de Literatura Latinoamericana II, Investigadora del Centro de Teoría y Crítica Literaria (CTCL) y miembro del Comité de la Maestría en Historia y Memoria de la Universidad Nacional de La Plata (Argentina). Es directora, junto con Enrique Foffani, de Katatay: revista crítica de literatura latinoamericana

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