jueves, marzo 21, 2013


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Cuando vivía en la calle Cáceres tenía un Honda Accord del 84. La vieja se lo había comprado como nuevo y casi regalado a un banquero de apellido Brennan, pero en cuestión de pocos meses me encargué de hacer redonda su cuadrada carrocería.

El primer choque ocurrió en la Domenech una mañana de domingo en que el tiempo se detuvo. Todavía recuerdo el sonido seco del otro carro estrellándose por el lado del pasajero. Por suerte el que me chocó se encargó de todo el arreglo y el carro terminó luciendo mejor que antes.

Pero al mes de eso mi hermano lo cepilló en la Puerta de San Juan y le dejó tres marcas como de felino prehistórico. Después vino mi coronación como el perfecto imbécil de la familia, mote que hasta el sol de hoy me sigue acompañando no matter how high I go.

Una tarde de miércoles al salir de La Merced estaba yo echándole los perros a la hermanita de Eduardo cuando la idiota de Angélica me empezó a acosar. –“Polfa, polfa, déjame sacar el carro del parking”.

Cuando las cosas están para uno de poco sirve el juicio o la buena educación. Vale mejor no pensar en nada y aceptar los azotes odiosos del destino. Tanto insistió la Angélica; tanto interpuso su cara redonda entre Pilar y yo, tanto me mostró sus dientes de gomitas rosa que para librarme del sonsonete accedí y le di las llaves.

Angélica no sabía guiar carros de cambios, y me correspondía a mí, primer burro entre iguales, darle unas ideas vagas de cómo hacerlo antes de que llegara la mamá de Pilar y se llevara a la niña a Monte Albernia.

Angélica me escuchó con una pizca de atención, tomó las llaves y se dispuso a poner en práctica lo explicado por mí en dos apretados minutos. –“Cloche, riversa y acelerador”, repitió en voz baja; –“Cloche, riversa y acelerador”, repitió nerviosa, –“Cloche, riversa y acelerador”, gritó histérica… BOOOM /&%*$”/%·!!!!

 Tres años me costó enderezar la tapa del baúl y otros dos conseguir un bumper negro de un Accord 86 que no le servía del todo. Lo compré en Manuel A. Pérez por cincuenta dólares. Con un taladro le hice un par de hoyos a la carrocería en casa de Javier “La Rubia” Torres. Le colgamos aquello como se pudo y La Rubia estaba eufórica.

El Honda me duró todavía tres años más y no volví a maltratarlo. Cuando se lo regalé a mi hermano antes de irme a vivir a Atlanta le pedí que se lo llevara cuando ya yo no estuviera en la casa para así evitar mi segura muestra de sensiblería al despedirme de ese fiel compañero de andanzas. El brother me dijo que en el 97 lo llevó a inspeccionar y el mecánico soltó una carcajada.


1 comentario:

  1. Muy entretenido. Yo también me apego a mis carros y llego a pensar que, tras tantos momentos de ida y venida, son casi seres vivos. Tal vez por eso los manejo hasta que se mueren, y más de uno me ha dejado al lado de alguna carretera.

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