miércoles, marzo 20, 2013


La Perla

Salíamos del Café Berlín hablando de la escena punk local cuando nos cruzamos con Selene. —¡Dichosos los ojos…! —gritó, al tiempo que me sacaba el aire con un abrazo. Le presenté a la bella Ika, tan bella con esos ojos ocre intenso que asemejaba una visitación. Selene nos invitó a su mesa y pidió unos tragos. Sin despegar la vista del rostro risueño de mi invitada, dijo por lo bajo: —Oye, ¿pero de dónde sacaste a esa amazona?... sólo falta que le quites el top y le falte una… ya tú sabes—. Yo me ruboricé. Cuando llegaron los tragos, ya un poco más relajados, empezamos a hablar de la película que acabábamos de ver. A Ika le había gustado mucho a pesar de que el final le parecía demasiado didáctico. —Es verdad —apuntó Selene simulando gravedad—, ese final molesta tanto como un pendejo pegado a la franela.
             Con todo y que la sabia espontaneidad de mi amiga invitaba a un debate ligero, Ika se fue en un trance teórico. Yo trataba afanosamente de seguirla, pero aquello era imposible, como tratar de separar las aguas o caminar desnudo por un sembradío de piñas. Comenzaba a desesperarme cuando alcancé a ver a Tania haciéndome señas desde la barra. No la veía desde el 92.
— Dos hijos, ¿tú cuántos? —me espepitó con desenfado antes de darle un último sorbo al Vodka-tonic. Medio pasmado, traté de ponerla al día sobre el hiato de una década entre nosotros. Me pagó un Malibú en las rocas en lo que le contaba mis andanzas por El Norte y los estudios. Me emocionaba poder hablarle después de tanto tiempo. Entre toda la gente que conocí en la universidad Tania tenía siempre un lugar especial en las tierras de la memoria. Quise contarle de todas las veces que la había recordado en los últimos años; cuántas veces maldije mi estupidez de no haberla acompañado a aquel concierto, el haber dejado pasar el tren por más que ella me repetía, en broma y en serio, El tren se va—, pero ya Ika me tiraba de la camisa aupándome hacia la calle. Apenas tuve tiempo de lanzar un tímido adiós con la mano.
       —Tu amiga está más loca que una cabra, pero me cae bien—balbuceó Ika repentinamente alegre. Entre risas me anunció que nos íbamos al Newyorican Cafe con dos de sus compinches y, por supuesto, con Selene. Enfilamos calle abajo. Tres minutos me tomó el darme cuenta que Mariel y Didi estaban más locas que Ika y mi vieja amiga, y, créanme, eso es mucho decir. Vaya combinación: cuatro desquiciadas y un tipo exponencialmente atolondrado. El junte no auguraba nada bueno, como se verá.
       El Newyorican estaba desolado. Sólo un par de borrachines se disputaban la penumbra del callejón. Adentro estaba la gente de PVC poniendo cables y afinando instrumentos. Hablé un rato con Amed y por un momento sentí que el tiempo se había detenido en algún pliegue de mediados de los 90.
La noche avanzaba a un ritmo planetario y no auguraba cosas mejores. Fue entonces cuando Ika tuvo la brillante idea de peregrinar hacia La Perla. —Este lugar está muerto, poeta. Nos vamos de aquí ipso facto—. Yo me quedé embelesado mirando el mechón de pelo que cortaba en dos hemisferios perfectos la cuenca de uno de sus ojos. Me apuré lo que quedaba de la cerveza y arranqué escoltado por mi cuadrilla de bacantes.
       Nunca había puesto un pie en La Perla. Es más, ni siquiera podía imaginar por dónde se entraba a ese territorio proscrito. No tardé mucho en descubrirlo. Bordeamos la muralla hasta llegar a una pequeña abertura que descubrió una estrechísima vereda en declive. Todo estaba muy oscuro. Me aferré a la cintura de Ika para no perder el equilibrio. Grande fue mi sorpresa cuando ella giró a medias la cabeza en un gesto que imaginé de asentimiento y posó ambas manos sobre las mías que la sujetaban como pernos de fuego. Me sentí desfallecer. Cuando quise ubicarme y decir algo, ya habíamos llegado a la calle principal de ese San Juan al revés que es La Perla.
       — Tengo chocolate, vainilla, manzana, bubble gum — nos dijo una anciana regordeta casi como cantando. Mis escoltas eran locales, así que no tardaron más de un minuto en comprar el philly de chocolate y seguir andando.
       — Aquí es la línea, papo —nos advirtió, desafiante, un escuálido quinceañero. Dos segundos después estábamos rodeados de cinco vendedores que ofrecían lo mejor de su material:
—Gucci —voceaban—, Lexus, Infinity, Ricky Martin. — ¡coñooo! — gritó Ika—, una Ricky Martin hay que fumársela aunque sea por civismo. Todos estuvimos de acuerdo menos por la superestrella que por una falta repentina de aire ante la mención del amor patrio. Compramos la Ricky Martin. Alegres y bien surtidos, anclamos en La Placita, un rincón inverosímilmente bien cuidado en medio del averno. Nos acomodamos entre dos especies antagónicas de la fauna sanjuanera: pargos de Ocean Park y fupistas de Río Piedras. Didi hacía malabares tratando de cerrar el philly con elegancia, pero Mariel, desesperada, la tuvo que ayudar. La etérea Ika no paraba de hablar de un tatuaje que quería hacerse en la espalda, una especie de serpiente emplumada que empezara en el cuello y se perdiera en el dulce abismo de las guaretas. — Un tatuaje para ser mirado — le dije sin pensar. Ika vio a través de mí, medio perdida, y ensayó una respuesta que acabó de perturbar mi ya descontrolado juicio: —Exactamente. Para ser mirado…
Dejamos La Perla una hora más tarde. Mientras subíamos a la superficie de la ciudad “real” todo parecía más dramático, los colores más subidos, la gente menos obsequiosa. Caminábamos por el malecón que hacía frontera con la arcadia que dejábamos atrás cuando sobrevino lo insólito. Un enorme cangrejo detuvo en seco su torpeza y con el rápido cancaneo de las tenazas nos conminaba a no avanzar ni un paso más. Como raptadas, Selene, Ika, Mariel y Didi le salieron al encuentro con palabras infantiles. El inmenso artrópodo se agitaba más y más a medida que acercaban su anatomía estos extraños seres infernales. Titubeó unos segundos antes de correr en diagonal hacia la calle. En medio de la vía el infierno del crustáceo fue mayor al verse arropado por un Toyota de luces espectaculares. Quizás sea mi imaginación, pero me pareció que levantaba las tenazas en un último gesto de desafío.
         El aplastamiento del cangrejo nos sacudió a todos. Nadie volvió a proferir palabra. De alguna manera aquel impetuoso crustáceo nos mostraba algo, nos regalaba un exemplum, nos salvaba aquella noche.

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