sábado, marzo 28, 2015


Una ciudad para Antonio José Ponte

Entre los más fieros cronistas de la llamada Cuba “post-soviética” Antonio José Ponte (Matanzas, 1964) ocupa un lugar de principalía. En su producción predomina la mirada del paseante que recorre una Habana sitiada en su impredecible historicidad, una ciudad cuya ruina remite irremediablemente a los usos del poder y a las tribulaciones del individuo por inscribir sus señas en el terreno de lo político.

En uno de los ensayos de El libro perdido de los origenistas (2003), el titulado “Una ciudad para Lezama Lima,” Ponte vislumbra el itinerario que dibuja semejante mirada: “Hacemos y habitamos ciudades simbólicas, procuramos el modo de leerlas a la manera en que se leen los libros. Ojeamos calles como lo haría un lector, las hojeamos. Y hallándolas en libros, el lector quisiera recorrerlas, convertirse así en un peatón de Utopía”.

Para cartografiar las “ciudades simbólicas” que inventa Ponte es preciso remontarse a sus primeros textos publicados, aquellos poemas de juventud que recopila en Asiento en las ruinas (1992). Incluso en esta publicación temprana se puede apreciar lo que en adelante se convertirá en el motivo principal de su poética literaria: la pugna del sujeto por encontrar su lugar en una ciudad hostil. En los versos de Ponte La Habana es el arquetipo de esa ciudad que procura la exclusión de la persona poética: “Esperaba algún centro, atravesaba calles./ ¿Qué hacemos con los labios/ sino mentir esta vieja canción:/ dónde está el centro,/ la semilla que pueda levantar con mis manos?”

La lucha del individuo por encontrar su lugar en una polis reticente a identificarlo como actor social tomará un impulso eminentemente político en Las comidas profundas, reeditado recientemente en Puerto Rico por la editorial Folium.  Se trata de una obra breve en la cual el narrador se propone explicar “lo cubano” a partir de la carencia.

La narración arranca con la imagen de una mesa vacía en La Habana. El escritor que protagoniza esta historia utiliza la metáfora de la comida, eso que no tiene, para pasar revista a la historia cultural de la isla en busca de asidero ante una precariedad socioeconómica que parece amenazar incluso las lealtades cívicas: “Escribo sobre la mesa de comer. La mesa está cubierta con un mantel de hule, el hule con dibujos de comidas: frutas y carne asada y copas y botellas, todo lo que no tengo. Mi castillo en España es escribir de comidas. Sentarme a la mesa vacía y tapar con la hoja en blanco los dibujos de comidas y escribir de comidas en la hoja”.

Ese nacionalismo al que el narrador parece estar aludiendo es el mismo que se exacerba en la década del noventa. Cabe recordar que esta euforia por la cubanía contrasta marcadamente con el carácter “internacionalista” de la Revolución defendido décadas antes. Ponte reacciona ante este resurgimiento nacionalista describiendo Cuba como un “lugar imaginario”. Pero, curiosamente, para que ese lugar imaginario se consolide hace falta un doble movimiento: uno que va hacia el origen, la Historia, “la semilla por donde empezó todo”, y otro que apunta a un afuera a la vez geográfico y epistemológico.

La primera de estas dos articulaciones, el impulso hacia el origen, está representada en el motivo de la casa: “Sacan las últimas piedras de cimiento, excavan hasta el fin de los postes, luego los izan. Han llegado a lo más hondo de la casa, donde sus moradores nunca estuvieron. Ellos vivían la casa olvidados de cómo ésta entraba en la tierra”.

La mirada hacia el adentro es indicativa del tono melancólico que caracteriza al narrador, y que le hace exhibir cierto aire de superioridad en el sentido de vate o maestro. Pero lo que encuentran los excavadores bajo la casa son unos diminutos huesos de tortuga que en las páginas iniciales el narrador había introducido al citar unas líneas del Espejo de paciencia en la que se mencionan “aquellas hicoteas de Masabo, /Que no las tengo y siempre las alabo”.

La cita de Espejo de paciencia la toma Ponte del prólogo de Lezama Lima a la Antología de la poesía cubana (1965). Lezama Lima desarrolla la tesis de que la historia cubana comienza “dentro de la poesía”, y en este sentido el poema de Silvestre de Balboa “revela el nacimiento de modos y maneras cubanas, que a pesar de la influencia española tenemos que interpretar como algo cubano que quiere ganar su contorno y tipicidad”.

El “deseo por las comidas cubanas” patente en la narración de Ponte se revela así como un afán por concretizar afanes definitorios de la nacionalidad. En otras palabras, la incertidumbre alimentaria se convierte en metáfora de la vacilación ideológica: “No nos suelta el horror al vacío... El miedo a no saber de dónde vendrá la próxima comida, desasosiego por el almuerzo durante la comida, produce las cartografías más desesperadas”.

La ausencia de lo que antes era abundante, por un lado la comida, pero también las certezas en torno a la nacionalidad, activa en el narrador la necesidad de metaforizar. La metáfora adquiere así el carácter de un instrumento lúdico básico para el equilibrio mental del individuo. La metáfora multiplica la imago, incrementa exponencialmente el discurso hasta hacer de cada asomo de concreción un nuevo punto de partida. Ponte parecería proponer el interpretar la cultura cubana desde una óptica menos afincada en imperativos nacionalistas y sí más cercana a la contingencia propia de las interrelaciones: “el arco que viaja de A a B, nunca A ni B por separado”.

El maridaje entre poder político y cultura en la Cuba contemporánea sugiere que por espacio de cinco décadas se ha estado gestando una suerte de dolmen cultural. Ahora bien, la cartografía ejercitada por escritores cubanos de dentro y fuera de la isla no compagina con la lógica de exclusiones e inclusiones de ese mapa oficial de la cultura. En lugar de aceptar sistematizaciones, lo que prevalece en las poéticas de la década del noventa y del nuevo milenio es más bien un desencanto radical hacia los organigramas culturales del poder político.

En un artículo sobre la poesía cubana publicada en la isla en los últimos veinte años Francisco Morán aventura una interpretación que bien podría aplicarse a la literatura cubana en general: “En lugar de aquel  mapa signado por cerrojos, guardacostas y militantes intransigentes, tenemos hoy uno más poroso y contaminado. En efecto, la poesía cubana de las últimas décadas ha cuestionado todos los mapas, los ha desterritorializado y transformado en fugas; no en lugares de permanencia, sino de escapes”.

José Quiroga vincula esa nueva cartografía de la cultura teorizada por Morán a una estética orientada menos a provocar un quiebre ideológico con respecto al proyecto político de la Revolución que a subrayar un profundo estado de desencanto. Con esto Quiroga se refiere a la tensión entre poder y subjetividad en la Cuba de hoy, la tensión entre lo que la ciudad revolucionaria exige de sus sujetos (sacrificio, estoicismo) y lo que estos le devuelven con un dejo de amargura. Por su parte, el Rafael Rojas de Tumbas sin sosiego analiza las imbricaciones retóricas de diversos modos de pensar la cultura cubana cuando se institucionaliza el orden político revolucionario. Según Rojas, en la Cuba de hoy es posible identificar una clara distinción entre ideología y cultura.

Lo que Morán, Quiroga y Rojas describen con tanta lucidez, el surgimiento de una polis alterna que se perfila como némesis de la ciudad revolucionaria, se halla articulado, acaso de manera más contundente que en la producción de sus contemporáneos, en la obra de Ponte, en particular en su narrativa. Al criticar abierta u oblicuamente el orden social de la revolución, la escritura de Ponte no sólo contribuye a destacar las fisuras de la utopía, sino que parecería proponer la articulación de una nueva moralidad política.

Crítica para tiempos de poco fervor (2009)


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