martes, marzo 07, 2017


Los "principios" de Pedro Henríquez Ureña

Entre los comentaristas actuales de la obra de Pedro Henríquez Ureña el aporte de Arcadio Díaz Quiñones ha pasado prácticamente desapercibido. La omisión es inexplicable si se piensa en las aristas que el crítico puertorriqueño pone en evidencia en la biografía intelectual de Henríquez Ureña, y que constituyen aspectos poco atendidos o completamente obviados por sus exégetas.  

La contribución de Díaz Quiñones, contenida en un extenso capítulo de su libro Sobre los principios: los intelectuales caribeños y la tradición (Universidad Nacional de Quilmes, 2006), consiste en rastrear en la vida y obra de Henríquez Ureña las marcas de sus afanes por hacerse de una "tradición" que fuera a la vez prescriptiva de un canon cultural para Latinoamérica. 

La forja de esa tradición implicaba la identificación de lo que Díaz Quiñones denomina, a partir de la terminología del Edward Said de Beginnings (1975), un "principio". Para Said el "principio" implica un acto de voluntad propia por artificiar los comienzos de un saber determinado, contrario al "origen", que remite al mito y tiene por ello un cariz colectivo. El principio funciona por tanto como una marca arbitraria cuya función es producir un relato que modifique la tradición precedente al tiempo que legitime lo que cabe o no dentro de ese relato.   

Díaz Quiñones entiende que en Henríquez Ureña el principio comprendía una nueva narrativa de la cultura latinoamericana. A partir de esta premisa el puertorriqueño procura identificar las contradicciones con las que hubo de lidiar Henríquez Ureña para asegurar la coherencia de ese relato.

Uno de los ejes que privilegia Díaz Quiñones al explorar los dilemas retóricos que afloran en el pensamiento de Henríquez Ureña es la construcción de una "tradición nacional dominicana" que "era contraria al mundo afrocaribeño" (p. 174). Este es un filón que también han explorado, aunque con un dejo de acritud, Fernando Valerio Holguín en "Pedro Henríquez Ureña: utopía del silencio" (2012) y, de modo más ecuánime y con atención al contexto histórico, Juan R. Valdez en Tracing Dominican Identity (2011). 

Díaz Quiñones se cuida de matizar este elemento urticante en la idea de tradición dominicana del maestro aduciendo que "[n]ada de esto constituye una peculiaridad idiosincrática de Henríquez Ureña o de los dominicanos". En efecto, el escamoteo del elemento afrocaribeño en la narrativa nacional se halla por igual en la obra de otros intelectuales antillanos de ese momento, como por ejemplo la del puertorriqueño Antonio S. Pedreira (1899-1939) y la del cubano Fernando Ortiz (1881-1969). De hecho, Díaz Quiñones dedica un capítulo a Ortiz en el que da cuenta del tránsito radical del cubano hacia maneras más inclusivas de teorizar la cultura de su país. Como puede apreciarse en su obra tardía, Pedro Henríquez Ureña experimentó un tránsito similar.

Otra de las variables que privilegia Díaz Quiñones es el papel que la condición de eterno exiliado de Henríquez Ureña jugó en el curso de sus teorizaciones. El exilio convirtió al dominicano en modelo del intelectual moderno no sólo en lo tocante a su contacto con los "movimientos artísticos, intelectuales y políticos" (p. 175) de la época, sino en su concepción de la cultura como un archivo que habría de renovarse sin prescindir del todo del pasado, una consideración que lo acerca a las intuiciones teóricas de otro nostálgico intelectual del exilio: Walter Benjamin.

Las pesquisas de Arcadio Díaz Quiñones en torno a Pedro Henríquez Ureña revelan aspectos de sus derivas intelectuales que van más allá del acendrado hispanismo en el que todavía se detiene la crítica sobre el humanista. Díaz Quiñones retrata en Henríquez Ureña al "gran artífice del concepto moderno de la cultura hispanoamericana" (p. 167), pero tiene el tino de no convertir su lectura en una hagiografía. Ciertamente, no hay héroes impolutos. 

  

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