viernes, marzo 06, 2020


Cardenal

La muerte de Ernesto Cardenal ha producido numerosos comentarios en torno a su poesía, su activismo político y su ministerio. En Puerto Rico tuvo grandes amigos, sobre todo en la UPR. Allí lo conocí en octubre de 1997, cuando visitó Río Piedras por cuenta de un encuentro de poetas latinoamericanos. Junto con J. P., me tocó llevarlo a saciar sus ganas de visitar el mar. Siendo hombres píos tanto J. P. como nuestro invitado, intuí que lo propio era ir a Playa Santa. 

En el camino la conversación versó sobre la quinta encíclica de Juan XXIII. J. P. hacía galas de su dominio de la historiografía papal, mientras Ernesto matizaba con interés sus planteamientos, visiblemente sorprendido de que alguien tan joven se inmiscuyera en tales temas. 

Al llegar a Guánica almorzamos en el restaurante de una de las primas Montalvo. Ernesto devoró un chillo enorme hasta dejarlo en el espinazo. Lo hicimos reír al comparar su hazaña con la del protagonista de ‘El viejo y el mar’. Playa Santa era un plato de agua amarillenta que no invitaba ni a meter los pies, así que terminamos en Caña Gorda. 

El balneario estaba atestado de gente bien entonada por las Medalla y el Dewar’s. Ernesto se abrió paso hasta alcanzar una mesa ocupada por un grupo que lo invitó a sentarse entre risas llamándole “Santa”. J. P. y yo intentamos mediar en lo que se anunciaba como un inminente pleito con borrachos. Pero entonces Ernesto empezó a hablar con una dulzura que dejó a todos desarmados. Las risas de burla por su barba blanca de pronto cambiaron a sonrisas de admiración y confianza. J. P. y yo nos miramos, maravillados de la escena. Satisfecho su deseo de visitar el mar, el poeta roncó plácidamente de vuelta a San Juan. 

Volví a saludar a Ernesto años después en Santo Domingo. Su avanzada edad ya no le permitía encontrar el recuerdo del paseo a la playa en Puerto Rico, pero yo nunca he podido olvidar esa humilde lección de humanidad que nos obsequió aquel día.

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