viernes, septiembre 04, 2020


El cheesecake japonés

Mi hermana abona una extraña tradición: cada sábado se levanta temprano y hace una cola de duración extravagante para comprar un... un cheesecake japonés. Uno porque no le dan más, como en la cola del pan en Cuba. La razón es también peculiar. Como el cheesecake japonés es tan preciado, sus hacedores tuvieron que poner límite a la cantidad que se puede agenciar cada cliente. Mi hermana aguantó con estoicismo mis burlas hasta que se le ocurrió obsequiarme uno. Recibí el regalo con recelo. No lo abrí hasta que terminó su visita. Al cortar un trozo me chocó que el cuchillo saliera seco, cosa impensable en un cheesecake en regla. Reticente, ensayé la prueba del misterioso bocado. El contacto con las papilas gustativas y la nublazón de mis ojos fue un solo reflejo. El sabor me había transportado a un territorio adonde ya nadie podía seguirme, y esa sensación era, por supuesto, intransferible. Ahora soy yo el que espera pacientemente en la cola del cheesecake japonés y le pone conversación a los demás ungidos.

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